Fue un año intenso... 1968 vio a los comunistas ganarle a Estados Unidos la Guerra de Vietnam, los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, la Primavera de Praga, el asesinato de cientos de estudiantes mexicanos en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco… Y, sin embargo, solo los sucesos ocurridos en la comuna de París pasaron a la historia con un rótulo indivisible que los ligó con ese año para siempre: mayo del 68.

Hoy, medio siglo después, Daniel Cohn-Bendit (o ‘Daniel el Rojo’, como se le conocía), el joven que fue la cara de esa rebelión, es un hombre de 73 años que arrastra una sombra de promesas rotas y de utopías incumplidas. No es ni la sombra de aquel otro que arrastró a las multitudes que paralizaron la capital francesa con barricadas y marcaron sus paredes con grafitis ingeniosos como ‘La imaginación toma el poder’, ‘En los exámenes, responde con preguntas’ y ‘Olvídense de todo lo que han aprendido, comiencen a soñar’.

Manifestación de los partidarios de Charles de Gaulle en los Campos Elíseos, después de que decidió disolver la Asamblea Nacional.

Más que un simple activista, Cohn-Bendit era un transgresor experto en el arte de la comunicación. En esos días de explosión social supo estar en los momentos indicados para hacerse ver y oír de los medios hasta convertirse en una celebridad. Su despegue como figura pública coincide con la aparición de un movimiento de estudiantes que ya prometía ser, pero al que le faltaba una mecha para encenderse.

Todo comenzó el 8 de enero. A François Missoffe (ministro de Juventud y Deportes del gobierno de De Gaulle y del todopoderoso primer ministro Georges Pompidou) se le ocurrió —en pleno invierno— inaugurar una piscina en el polvorín que por entonces era la Universidad de Nanterre. Se trataba de una institución llena de alumnos contestatarios que se nutrían de la realidad con solo mirar por las ventanas la pobreza de los barrios marginados vecinos. A su llegada al alma mater, Missoffe fue recibido con rechiflas por los estudiantes. Uno de ellos, con cara de niño, fue más allá, increpándolo porque en su libro sobre el perfil psicológico de los estudiantes franceses no se tomó el trabajo de tratar el tema de las relaciones sexuales. El funcionario se fue con el rabo entre las piernas y Daniel Cohn-Bendit, el chico atrevido, pasó a ser un personaje de periódico. 

Así mismo, la universidad se convirtió en un punto de encuentro de los sectores más beligerantes del estudiantado parisino y sus alrededores. Había trotskistas y liberales, maoístas y anarquistas, y algunos más que se confesaban apolíticos. Los comunistas, en cambio, dieron un paso al costado y ni entonces ni más adelante comprarían el discurso de ‘Daniel el Rojo’. Los que sí lo hicieron, quizás por conveniencia, fueron los dirigentes de los principales sindicatos. Esa alianza inédita cogió mal parado a un gobierno débil y desgastado que respondió muy a su manera: cachiporras, gases lacrimógenos, detenciones arbitrarias y el cierre e intervención policial de las universidades de Nanterre y La Sorbona, algo que parecía impensable en ese país. Es ahí cuando el ciudadano común comenzó a preguntarse si, más que la insurrección de unos cuantos agitadores henchidos de resentimiento —como aseguraba la versión gubernamental—, se trataba de una rebelión que amenazaba con desbordar las simples protestas.

Faltaba una imagen. Daniel y sus compañeros la protagonizaron tras la detención de seis camaradas que protestaban contra la intervención estadounidense en Vietnam. Desde ahí, el Movimiento 22 de marzo, día de la marcha contra la guerra en Asia, ganó cuerpo y cara. En especial la de Cohn-Bendit, que con sus gestos desafiantes frente a los piquetes de Policía se convirtió en objetivo. Las autoridades buscaron entonces la manera de acorralarlo legalmente y la idea de expulsarlo de la universidad fue la primera de varias en ese sentido. Es así como el joven rebelde terminó frente a un tribunal disciplinario.

—El 22 de marzo, a las 15 horas, ¿estaba usted en Nanterre? —pregunta el presidente del juicio.

No estaba en Nanterre —responde Daniel.

—¿Dónde estaba?

—Estaba en mi casa, señor presidente.

—¿Y qué hacía usted en su casa a las 15 horas?

—Hacía el amor, señor presidente. Eso que probablemente usted no haga nunca.

Esa nueva humillación al poder significó, en la misma proporción, otro salto en la popularidad de Daniel. Era un hecho que a su habilidad para sacar provecho de las situaciones se agregaba la torpeza de las autoridades para manejar la situación. Aunque siempre había una posibilidad de empeorar ese escenario, como sucedió enseguida cuando algunas pesquisas permitieron llegar a la conclusión de que Daniel Cohn-Bendit era un apátrida y, por lo tanto, sujeto de expulsión de territorio francés.

Ese capítulo de la historia comenzó en 1933, cuando sus padres, judíos alemanes, habían huido a Francia con papeles falsos, única forma de salvar sus vidas ante la persecución nazi. La familia se radicó en París y luego marchó al suroeste, a Montauban, donde nació Daniel sin ser registrado, pues los padres temían que su condición de ilegales les trajera consecuencias negativas. En 1958 regresaron a Alemania y allí Daniel adoptó la ciudadanía alemana, con lo que se libró de prestar el servicio militar y se presentó, al lado de los suyos, como la víctima del nazismo que era. De ahí surgió una mensualidad nada despreciable de 700 francos con los que volvió a París a vivir en un buen barrio.

Cohn-Bendit en sus días como codirector del Partido Verde en el Parlamento europeo.

En plena revuelta de mayo el gobierno firmó la expulsión del alborotador que tantos dolores de cabeza les producía. El titular no se hizo esperar: ‘Francia expulsa a judío alemán’. Otro descalabro para De Gaulle y Pompidou y un nuevo grafiti que inundó las paredes: ‘Todos somos judíos alemanes’.

Ya en ese momento la crisis y el tamaño de la protesta habían tomado proporciones inmanejables. Fue entonces cuando el gobierno aceptó negociar con estudiantes y sindicatos fundidos en una sola fuerza. El resultado: incremento del 35 por ciento en el salario mínimo y del 12 por ciento a ingresos superiores. Aparte, jornada laboral de 40 horas obligatorias para todos los empleadores.

Tras la firma de esos acuerdos, conocidos como los de Grenelle, en las calles la gente afirmaba que la Revolución había vuelto a triunfar. Pero eso no era tan cierto, pues casi en silencio, Pompidou se había apuntado un round decisivo al subir a los obreros en la palma de una de sus manos y asfixiar a los estudiantes en la otra.

Solo faltaba un golpe de opinión para redondear la obra. Pompidou convenció al propio De Gaulle para que convocara a los viejos y a quienes le reconocían su dimensión de héroe nacional a “defender el orden”. Los Campos Elíseos se quedaron pequeños. Con el favor popular al alza convocaron elecciones y el gobierno arrasó en las urnas. La popularidad de De Gaulle y el miedo a la llegada de un gobierno de izquierda (o quizás ambas cosas) empujaron la definición del pulso a favor de las tradiciones y las buena costumbres.

Barricada en la Facultad de Medicina ubicada en la rue des Saints-Pères, el 16 de junio.

Ahí terminó la era de ‘Daniel el Rojo’ y apareció Daniel Cohn-Bendit , ‘el progre’, que, ya con los años, terminó de eurodiputado verde. Y surgió otro más: el hombre objeto de debate por haber dicho frases tan provocadoras como esta en su libro El gran bazar, escrito en 1975: “Ocurrió varias veces que algunos niños me abrieran la bragueta. Reaccioné de diferentes maneras, según las circunstancias, pero el deseo de aquellos niños me planteaba un problema. Yo les preguntaba: ¿por qué no juegan juntos, por qué me eligen a mí y no a otros niños? Pero si insistían de todos modos, los acariciaba (...) Podía sentir perfectamente cómo las niñas de cinco años habían aprendido a excitarme”.

Entonces, el rebelde de los sesenta se convirtió en el sospechoso de pederastia de 2013. “Nunca abusé de nadie (...) Me pueden criticar por lo que he escrito, pero no me persigan por lo que no he hecho”. Con esas palabras intentó una defensa de unas frases que él mismo atribuyó a la pretensión de “provocar” a los sectores más retardatarios. Una disculpa poco exitosa de un hombre que, ya entrado en años, admitió estar “furioso, nervioso y decepcionado”. Y quizás bien distante de la gloria del 68, de aquellos tiempos marcados por el “Prohibido prohibir. La libertad comienza por una prohibición”, lema con el que una generación, encabezada por él, quiso, sin suerte, cambiar el mundo a fuerza de palabras y adoquines.

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