“Ya no sé cómo ser gracioso”, le confesó Robin Williams a su maquilladora. Todos los días, en el set de rodaje de la película Una noche en el museo: el secreto del faraón, el actor de 64 años lloraba de angustia al no recordar sus diálogos. Era el verano de 2014 y su salud se deterioraba. En octubre del año anterior le habían diagnosticado párkinson, o al menos eso parecía. Según revela Dave Itzkoff en su libro Robin, el actor consultó a varios especialistas cuando notó que su voz menguaba, que le temblaba el brazo izquierdo, sufría de indigestión, tenía dificultades para orinar, problemas de visión y de sueño. Una pesadilla.

Los rumores acerca de sus constantes llantos y cambios repentinos de humor se extendieron. Que era presa de una depresión profunda, que nunca había logrado superar el alcoholismo. La única verdad era que el genio de la comedia vivía un infierno interior. Muy entrada la mañana del 11 de agosto de 2014, su asistente, Rebecca Erwin Spencer, extrañada porque no se levantaba, golpeó su puerta con insistencia. Cuando forzó la chapa con un clip y abrió, se encontró a Williams ahorcado con su cinturón. Un suicidio.

Itzkoff , periodista cultural de The New York Times, hizo una investigación exhaustiva, casi devota, para escribir la biografía póstuma. Sostuvo largas conversaciones con Susan Schneider, la tercera y resignada esposa de Williams, quien al final soportó sus crisis de paranoia, las constantes alucinaciones y el insomnio que los condenó a pasar las noches en habitaciones separadas. “Nunca sabré la verdadera profundidad de su sufrimiento o cuán dura fue su lucha. Pero estoy segura de que vi al hombre más valiente del mundo interpretando el papel más difícil de su vida”, dijo la artista plástica, quien quedó viuda a los 50 años sin tener claridad acerca de la enfermedad de su marido. Según relató, Robin estaba limpio y sobrio: “De alguna manera, rociamos esos meses de verano con felicidad, alegría y las cosas simples que amábamos: comidas y celebraciones de cumpleaños con la familia y amigos, meditar juntos, masajes y películas; pero, por encima de todo, simplemente coger la mano del otro”. Solo tres meses después, la autopsia reveló que su desbarajuste físico y emocional era provocado por una enfermedad neurodegenerativa llamada demencia con cuerpos de Lewy, que afecta la memoria y las habilidades motoras.

Itzkoff, quien conoció a Williams en 2009 durante su gira del stand up Weapons of Self Destruction, describió su vida en 544 páginas, cuidándose de caer en un tono lastimero. Ahí están presentes sus constantes viajes de infancia, la ausencia de su madre y la herencia alcohólica del padre. También la decisión de irse a vivir a Los Ángeles en la década de los setenta, en donde encontró el camino de la comedia que transitó con sus voces, improvisaciones y acentos, pero también con drogas. Se ven reflejados sus ángulos: el ganador de un Grammy y de un Óscar; un tipo triste y costosamente divorciado, frente a un reincidente feliz; el macho demandado por herpes y operado a corazón abierto…

Como dijo alguna vez David Letterman, era como un hombre dentro de un hombre, y eso se puede leer en Robin. “Es el retrato de un ser de gran talento, que intentó construir su vida y su carrera mientras era abatido por una cacofonía contradictoria de voces e impulsos”, comentó la comediante y escritora Merrill Markoe en The Washington Post. Una buena síntesis.

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