A comienzos de septiembre, la actual ministra de Justicia declaró en una cadena radial que serían los policías los encargados de determinar, de ahora en adelante, si un adulto es adicto a alguna droga. Por su parte, el ministro de Defensa ha repetido que el glifosato no es dañino para la salud humana. En ambos casos, las declaraciones las han hecho personas que saben que la mejor ciencia disponible contradice las estupideces que están diciendo. La ministra sabe, o debería saber, que desde hace décadas hay psiquiatras, neurólogos, psicólogos y más gente estudiando las adicciones. Y, sin embargo, ella declara solemnemente que la responsabilidad de clasificar a un adulto como adicto recaerá en los policías de la patria. Por su parte, el ministro sabe, o debería saber, que el Ministerio de Salud recomendó la prohibición del uso de glifosato con base en las opiniones mejor informadas sobre los efectos del herbicida para la salud humana.

Pero esta clase de absurdo no es privilegio de países subdesarrollados. Para poner solo otro ejemplo: en Estados Unidos hay una proporción importante de gente (y de gente poderosa) que piensa que hacer algo para mitigar los efectos de la acción humana en el ambiente es una tontería, dado que el regreso de Jesucristo está cerca y, con Él, el fin del mundo. Algo que vienen anunciando los cristianos desde hace más de 2000 años (la mejor respuesta ante estas cosas la dio Maimónides en el siglo XII: “El señor regresará, pero puede que se demore”). (Lea también: Los búnkers para el fin del mundo)

Usando un dudoso principio hermenéutico que los filósofos llaman Principio de caridad, asumiré que ninguno de los ministros está mintiendo abiertamente o siendo cínico. Asumiré también que hay gente adulta, mentalmente sana, rica y poderosa que, sin embargo, cree que alguien resucitó hace más de 2000 años y que regresará muy pronto para acabar con todo y juzgarnos. Así que mi pregunta es: ¿Por qué gente con tanto poder y, por tanto, recursos, se engaña de esa forma a sí misma e intenta engañar al resto?

Pienso que parte de la respuesta puede dárnosla la poesía. Hay una razón por la que nadie puede vivir mucho tiempo sin dormir; por la que ninguna cultura o sociedad puede arreglárselas sin religión o sin dioses; por la que la mayoría preferimos las mitologías a la ciencia. Un pájaro que habla en los Cuatro cuartetos de Eliot la sugiere con un enfoque raro pero certero: dado que solo podemos vivir en el presente, es imposible para nosotros soportar demasiada realidad. ¿Imaginan lo que sería cargar con el peso de todo el pasado, el presente y el futuro? Dado que el presente es apenas un instante inasible (intenten atraparlo, para que vean), es imposible soportar toda esa carga parados sobre una viga tan frágil.

Esto muestra por qué son tan peligrosos los delirios en manada. Mientras cada uno de nosotros se mantenga en su dosis particular de desatino, hay un control mutuo, ya que a todos nos parecen ridículos los absurdos que no compartimos. El apocalipsis comienza cuando la gente delira en grupo, cuando comenzamos a usar el “nosotros” solemnemente, cuando les creemos a quienes tienen poder. (Lea también:  Manson El final de un mito satánico)

¿Hay algún remedio contra esto? Filósofos, místicos, mujeres y hombres de ciencia y religión lo han propuesto de distintas maneras. Consiste en recordar todo el tiempo que podemos estar equivocados, que las ideas defendidas con más pasión también han resultado falsas. Consiste en adherirnos sin mucha intensidad a nuestras causas, al mismo tiempo con fe e incertidumbre. Pero, como habrán adivinado, es un remedio parecido al intento de apagar un incendio con una meada.

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