Mi chascarrillo hizo carrera en la revista para la que trabajo y por eso me pidieron que contara la experiencia de dictarle clases al nuevo campeón. Todo había dejado de ser un chiste en la etapa 19, cuando lo vimos llorando, luego de ponerse la camiseta amarilla. Por primera vez en la historia, un colombiano se iba a ganar el Tour de Francia. Alguien me dijo: “Esa escena de él conmovido frente a las cámaras recuerda a Pelé con apenas 17 años, en el Mundial de 1958, llorando emocionado cuando logró su primera Copa Mundial de Fútbol en Suecia”. La comparación tiene todo el sentido. Egan es el ganador más joven del Tour de Francia del último siglo. Es lo mismo que ganarse el trofeo mundialista.

Sí, fui profesor de Egan, pero en la carrera de Comunicación Social y Periodismo en La Sabana, y de una materia llamada Documentación Informativa. La cita fue todos los viernes de la segunda mitad de 2013, en un aula del primer piso del edificio G en la sede de Chía. Egan, un joven delgado, de no más de 1,70 de estatura en ese momento, empezó a cursar su primer semestre gracias a una beca que la Gobernación de Cundinamarca le había otorgado por cuenta de sus grandes éxitos en ciclomontañismo.

Así que el joven llegaba a la clase acostumbrado a las lides de la fama, celebraciones de triunfos en competencias nacionales y regionales, además de entrevistas con medios de comunicación.

Puedo dar fe de que a la clase, que era a las siete de la mañana, llegaba agitado de pedalear desde su casa en Zipaquirá, y que se mostraba algo distraído, con un talante alegre pero tímido. Una de sus compañeras de entonces, Laura Huertas, tiene el recuerdo claro: “Muchas veces llegaba tarde y usted le tomaba del pelo”. “¿Alguna vez le dije a Egan que lo veía ‘pedaleando mucho mi materia’?”, le pregunté. “Profe, usted siempre hacía esos chistes”.

Ante la fragilidad de mi memoria, tuve que hacer lo que toca: excavar en los recuerdos de sus compañeros de clase, es decir, a hacer la reportería. El asunto no es menor en esta historia. “Documentación Informativa” era una materia sobre cómo documentar y citar fuentes. Si bien se refería estrictamente a los aspectos técnicos de citación (como normas APA y todo eso que aburre del trabajo académico), yo tenía el enfoque particular de que documentar incluye entrevistar. Les ponía trabajos específicos como visitas al Congreso y a instituciones públicas, como los concejos de las ciudades o las asambleas departamentales.

Ahora, seis años después, me tocó hacerlo a mí. Thomas Blanco, hoy periodista deportivo de El Espectador, me habló de los problemas que Egan tuvo con la materia Lenguaje Visual; Valeria Molano se acordó cuando él les dijo que iba a dejar la carrera porque tenía una oportunidad muy buena en el ciclismo: “Era superhumilde, querido, tímido y teso, porque tenía que hacer las dos cosas al tiempo”. Yo lo rajé básicamente porque no volvió a clase. Hizo bien. No quiero ni imaginar y se me eriza la piel de solo pensar qué habría ocurrido si Egan hubiera decidido seguir con el periodismo.

Ya sabemos que fue Pablo Mazuera quien lo convenció para que se quedara pedaleando. Esa historia es bastante conocida. El asunto es contar cómo me fue con Egan en clase. Seguí indagando y acudí a Vanessa Izquierdo, la mejor amiga que le quedó de la Universidad. Le pregunté si recordaba alguna anécdota y dijo algo que inmediatamente llamó mi atención: “Recuerdo que nos pusieron a hacer una historia de nuestros compañeros. Se trabajaba en grupos de cuatro personas y consistía en que cada uno iba a la casa del compañero, entrevistaba a los papás o los familiares, y hacía un informe o una presentación. Yo hice ese trabajo con Egan y Carmencita Rois. Fue Carmencita quien escribió la historia de Egan”. El profesor que les asignó ese trabajo fui yo, desde la primera clase.

La Sabana les abre las puertas a estudiantes de diversos orígenes geográficos y sociales. Allí les he dictado cátedra a personas de Bogotá, Cundinamarca, Antioquia, Nariño, Arauca, Amazonas, La Guajira... prácticamente de todos los departamentos del país. También he tenido alumnos de otros países como Venezuela, Ecuador o Chile. Cada uno de ellos trae su propia historia: hijos de exministros y senadores; de vigilantes o empleadas domésticas; inclusive, de colegas periodistas. Así que me interesaba impulsar esa clase de interrelaciones; que mis alumnos rompieran toda barrera con sus compañeros.

Entonces, me puse en contacto con la señorita Rois para que me contara la historia de su entrevista a Egan. Resultó ser la prima hermana de Juancho Rois, el famoso acordeonero de Diomedes Díaz que murió en un accidente de aviación en 1994. Ella venía de San Juan del Cesar en La Guajira, conocía a muy pocas personas, y Laura Huertas, que estudió con ella en el colegio Clermont de Bogotá, le presentó a Vanessa Izquierdo y ella, a su vez, a Egan Bernal... El grupo para el primer trabajo estaba listo. Rois iría a la casa de Bernal para entrevistarlo a él y a su familia. Recuerda perfectamente que fue un miércoles, y que salió de la universidad y cogió una flota a Zipaquirá. “Yo solo conocía la Catedral de Sal, y como soy muy despistada, Egan iba haciendo el seguimiento de mi recorrido por celular. Cuando llegué al punto acordado estaba esperándome en su bicicleta”. Anduvieron casi 10 minutos hasta una calle larga y empinada. En la cumbre, estaba su casa con algunas habitaciones aún en obra gris. Allí los recibió Flor Gómez, mamá del ciclista, y de una vez empezaron con el tradicional tour: recorrieron las zonas comunes, sala, comedor, cocina; subieron al segundo piso, donde quedaban los cuartos de Flor y su esposo, Germán Bernal, y el de Ronald, hermano menor de Egan. Más arriba, en el altillo donde dormía el hoy campeón del Tour... de Francia, estaban colgados todos los diplomas y las medallas de sus triunfos. Eran muchos. Después del reconocimiento del terreno, empezó la entrevista: “¿Por qué decidió estudiar Comunicación?”. “Porque cuando la gente me pregunta qué hago, no me gusta decir que solo practico el ciclismo”, respondió. La mamá intervino y contó cómo Egan se inició en el deporte gracias a una fundación. Además, hacía énfasis en que quería que sus hijos fueran hombres de bien. Luego vino la invitación a almorzar. “Me acuerdo que el menú fue arroz, papa, yuca, cubios y un huevo”. En la mesa siguió el interrogatorio, y se enteró de que el papá trabajaba como vigilante. De ese glorioso día quedó como testimonio una foto de Egan y Flor sentados en la cama con la periodista Carmencita Rois.

Jeraldine López, una alumna del profesor Norbey Quevedo, también lo eligió como personaje para su trabajo final en la clase de Entrevista. Lo tituló con una de las frases más reveladoras del Bernal de esos días: “Si tuviera que elegir, elegiría el deporte”. Menos mal. Aunque ya conocía que su ruta era sobre ruedas, siempre presentó sus trabajos, y por las calificaciones que le puse se puede concluir que pasó muy bien la prueba. En el primer corte, Egan Arley Bernal Gómez sacó 4,4 sobre 5,0; en el segundo 4,7. Pero en el examen final le aparece un 0,0… Lo rajé porque nunca volvió. No me arrepiento. Su sabia decisión hoy le abre las puertas de una nueva clase de triunfos a un país acostumbrado a la derrota y con una especie de tara para los grandes éxitos. Subido en el podio de los grandes, el antiguo alumno ahora le enseña a su profesor que no hay metas imposibles. Egan nunca llegó a tiempo a mi clase, pero le madrugó a todos en el Tour de Francia... y se llevó el premio mayor.

*Editor Jefe de Revista Dinero