Simón Vélez es definitivamente eso que los anglosajones llamarían “un original”. A pesar de ser un aristócrata manizaleño se viste como un campesino de la zona cafetera. En Bogotá, en medio del jet set en el que se mueve, su sombrero y su ropa desaliñada evocan la figura de Juan Valdez. Su vida privada es igual de exótica. Ha tenido relaciones con varias mujeres y varios hijos, pero ninguno de ellos con quienes ha convivido. Como es considerado uno de los mejores arquitectos del mundo por su manejo de la guadua, él explica ese estilo de vida en los siguientes términos: “Soy como los osos panda: vivo del bambú y no puedo reproducirme en cautiverio”.

(Les presento a Marisabel Gutiérrez)

A pesar de ser un legendario mujeriego es, paradójicamente, ante todo, un hombre de familia. Claro que ese concepto es diferente para él que para el resto de los mortales: su familia hoy son sus hijos y sus nietos, a quienes les ha hecho a cada uno su propia casita vecina de la suya en La Candelaria.

La noticia que sorprendió a todo el mundo hace poco es que este machista empedernido se acaba de casar. Ese oso panda que bordea los 70 años y que nunca había aceptado las reglas del juego de la sociedad terminó claudicando ante una hermosa mujer mitad europea y casi 40 años menor que él. Se llama Stefana, es de origen serbio y llegó a Colombia como una arquitecta recién graduada que quería hacer una pasantía con el gran maestro. El trabajo en equipo acabó convirtiéndose en amor y hace apenas dos semanas un notario los convirtió en marido y mujer. La diferencia de edad, en lugar de separarlos, los ha unido y él ha conocido con ella una felicidad doméstica que no había vivido en sus décadas de seductor. (N de la R. SoHo)

En una cena la pareja conoció a Bono, el cantante de U2, quien quedó estupefacto con una de las obras de Vélez y le regaló un anillo de bodas.

Simón Vélez vestía una camiseta chorreada de algo que se acababa de comer debajo de una guayabera de flores y un blazer. Llevaba un sombrero aguadeño que había perdido la banda negra y que permitía que sus ojos llenos de fuego apenas se asomaran. Me abrió una puerta escoriada por los grafitis en una calle empinada de La Candelaria, miró a los lados, y como acelerando todo lo que vendría me hizo pasar.

Su hogar se abre detrás de esa puerta oxidada, de la misma manera en que luego de esa frase lapidaria –“¿quien anda ahí?”– se abre toda la portentosa tragedia de Hamlet en la obra de Shakespeare. Su casa es difícil de describir. Es en realidad un conjunto de casas; una pequeña Venecia en la mitad de la ciudad, con canales de agua rebosantes de plantas acuáticas. Encima de los jardines, planchones de guadua con moradas deleitables, íntimas, todas a la espera de gente que hace doctorados en el exterior, que viene de vez en cuando; sus hijos, sus nietos. Deseé con furia que Simón Vélez me adoptara y me dedicara una de esas casas en donde hubiera podido escribir sin parar.

No hay nada fastuoso en ese lugar en el que la piedra parece confundirse con el cielo. Por todos lados hay restos de la ciudad que le traen los paseantes que se roban un dintel o parte de una columna en la oscuridad de la noche. La casa de Vélez es a la ciudad lo que los refugios de perros a los caninos urbanos; un lugar para alféizares extraviados, bajorrelieves caídos en la indigencia. Algo tiene de restaurante paisa sobredimensionado: reservaditos de guadua, parafernalia dispersa.

(Les presento a mi amiga Chelo)

En un lado del complejo se alza un jardín salvaje que nunca ha conocido las tijeras o el nombre Monsanto. Simón me explicó que uno de sus secretos es orinar en ese jardín, nunca en el baño. Si pudiera cagaría allí mismo, pero todo tiene un límite. No podría confinarse en un apartamento por ese simple hecho: su necesidad de mearle al mundo. Y como en los restaurantes paisas, todo es básico, como desafiando lo endeble de la forma humana; el pasamanos de la escalera para subir a su cuarto es varilla de hierro sin más; los bordes del lavaplatos, vieja tubería en cobre. El problema de la arquitectura, según Simón, es el uso de materiales que no tienen límites; el concreto no los tiene.

“Lo que da las limitaciones de escala humana es el material. Cuando hay limitaciones hay que trabajar con tradición y con sentido común… la arquitectura antigua era bella porque tenía esos límites dados por los materiales. Lo que no tiene límites es espantoso, como un equipo de sonido sin cota en el volumen, como un picó de esos de Cartagena”.

Lo comprendí entonces, Simón Vélez es un domador de la guadua. No la quiebra, pero la cultiva con la matemática, la curva y la doblega con la voluntad… siempre hasta cierto punto. Nunca había considerado cuál sería mi guadua, mis límites. Me preguntaba si el mismo Simón los tenía. No parecía haberlos averiguado, mucho menos con las preguntas idiotas que yo llevaba. Le lancé algunas, como por ejemplo si no había aprendido la lección de los tres cerditos, esa que dice que uno no debe construir en paja; la guadua es justamente eso, una paja lucida, gigantesca. “El problema de los tres cerditos era la relación tan íntima, vivir tan juntos, me dijo, porque las casas de madera se queman con furia”.

Salimos a tomar desayuno. Ya sentados de frente en el restaurante, me impactó la mirada prístina de niño terrible que tenía, obstinada y fija, demasiado rápida para mis lentas inferencias. Estaba ardiendo en preguntas, rebosante de conexiones como el punto en donde las guaduas se unen en los remates. Algo me dijo y yo reí, él rio de la gracia que me hacía su ingenio, yo reí más duro hasta que remató con una carcajada certera y explosiva.

“La arquitectura es simplemente ropa más grande. Yo soy un sastre. (…) Uno descubre que es arquitecto cuando hace un espacio que tiene espiritualidad”.

(Les presento a mi amigo Lili Ibarra)

Simón Vélez se acaba de casar con una estudiante de pasantía, Stefana, una hermosa serbo-americana a la que le lleva los años que la guadua al cemento. El hecho es que se amaron con amor urbanístico, consistente en que en distintas etapas de su relación habían habitado diversas casas de la rara Venecia y el conocerse consistió en irse mudando más cerca hasta que vivir juntos fue inevitable; la consabida imprudencia de la madera y los cerditos. El día anterior a la entrevista habían estado en una reunión con Bono –el de U2, no se trata de una franquicia de panaderías– y él los había casado. Se quitó de uno de los dedos de irlandés millonario e independentista este anillo que tiene la forma del corazón sostenido por dos manos y se lo regaló. Intenté hablar de sexo en el comienzo del matrimonio y pensando en Melania Trump hice la estulta pregunta de si las mujeres de la Europa Oriental eran tan pasionales como parecían, a lo cual me respondió que eso debía yo preguntarlo a las mujeres de la Europa Oriental. Pero había un monólogo interior de Vélez que clamaba por salir y no era sobre sexo sino sobre arquitectura. Me demoré en dejar que simplemente fluyera. 

His and Hers: En un salón de la casa cada uno tiene su propio desnudo. El de Simón, pintado por Luis Caballero hace más de 20 años, y el de Stefana, un autorretrato durmiendo de espaldas.

“La arquitectura tiene que ser como la culinaria, usar más fibra, carne y verduras”.

Me lo dijo comiendo huevos con mazorca. El punto no admitía más prueba.

“Salmona era totalmente carnívoro, mineral. Salmona es uno de los cinco mejores arquitectos de Soacha”.

Para ese entonces, me había rodeado de esa risa y yo ya nada podía hacer más que buscar en mi mente otras preguntas. Me negaba a hacerle una entrevista para Escuadra. Me salvó Stefana, que lo llamaba preguntando a qué hora regresábamos.

“I am very agressiv becos i am toking against di mayor. Those mayors are tifs”, le dijo antes de colgar, mientras me advertía que ella había logrado descifrar su inglés. Así es que de nuevo fuimos al complejo Vélez.

Vélez dice que ser arquitecto es como ser sastre, pero con ropa más grande. Los espacios de los creadores, dice, deben tener espiritualidad. Los suyos dan fe de ello.

En la casa lo esperaba Stefana. Parecía una gratificación. Resaltaba en ese universo antiguo armado de fragmentos y recuerdos de la ciudad. Su belleza también es nueva y antigua, neoyorquina y europea. Me costó imaginarla así, pura, entre los trancones de Bogotá, fuera del restaurante paisa. Con perdón de Simón, pero tres días después, mientras recomponía las ideas para este texto, soñé con Stefana en tierra caliente, solo por figurármela como la guadua, quizá. Dentro de su ciudadela, Simón le ha dado una torre para que pinte; no solo es una arquitecta, sino una pintora elocuente. En el vértice de una torre coronada de guadua, vinculada por la dureza de una escalera de caracol en hierro burdo, Stefana pinta como el robusto Buck Mulligan se afeita en lo alto de un faro al comienzo del Ulises, de Joyce.

Tomamos café los tres. Me contaron una historia que los tenía a las carcajadas sobre un mico que para evitar los cólicos, aprendió a medir en su culo los corozos que se comía antes de engullirlos. El mico saca cosas de la naturaleza y las introduce en su cuerpo esperando que salgan: Simón Vélez saca cosas de su cerebro que resguarda debajo de su aguadeño y las introduce en la naturaleza, esperando que se queden ahí. De nuevo el problema de los límites que me asaltaba como un aviso al final de la carretera antes del abismo.

(Les presento a mi amiga Diana Mesa)

Varios días después, en mi casa de cemento sin límites, aún todo me daba vueltas en la cabeza. Me di cuenta de que también yo quería ser un niño con la camisa chorreada, un sombrero gastado por la verdad del sol, con el poder de que las plantas me obedecieran, los ojos furiosos y la gracia de ponerlo todo junto. Y sin fronteras visibles. Porque sentía que las palabras no se me amoldaban como a Vélez los cañutos.

Una cosa sí tenía clara. La obra de Simón Vélez no parecía tener más límites que los de la guadua y quizá solo debía temerle a la absolutamente improbable explosión demográfica de una horda de pandas salvajes, que al haberse tomado el planeta a miles de años de distancia, y habiendo comido todos los templos del arquitecto de Manizales, quizá incorporarían a una remota mitología la leyenda de casas que se podían merendar, como nosotros lo hicimos con las de jengibre en el cuento de Hansel y Gretel.

Por lo demás, en lo que se refiere a esa paradójica obra de Vélez, nadie ha de probársela en el culo para constatar su extraordinaria belleza.

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