Llevo tres años con mi novio y hace una semana le fui infiel. No planteo justificarme diciendo que me pegaba, me trataba mal o era mal polvo. Ninguna de las tres. De hecho la pasamos muy bien pero a veces siento que nuestra relación es más de amigos y ya. El sexo con él no es malo, pero tampoco es el mejor. El problema de durar tanto con una persona a tan corta edad (tengo 23) es que la rutina carcome por dentro.

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También debo admitir que antes de conocer a Andrés, mi novio, me encantaba salir a citas casuales constantemente. No todas terminaban en sexo, pero sí me encantaba coquetear y disfrutaba de ese juego de tire y afloje que se vive cuando uno conoce a alguien que le llama la atención: las llamaditas, el sexting y en general descubrir a alguien nuevo. Así que, después de tres años, por más amor que haya, sentía que me faltaba algo. ¿Pasión? No sé.

Hace cuatro meses empecé un trabajo nuevo y conocí a Jorge. Un tipo alto, negro y fornido de 27 años. Lo pillé, a las dos semanas de presentarnos, revisando una foto vieja mía de Instagram porque, sin él seguirme, me llegó la notificación de un like que quitó segundos después. Yo fui la que finalmente le dio follow porque no tenía nada que perder y sabía que le había llamado la atención. Desde entonces empezamos a hablar en las noches y sonreírnos en el día (sí, en la oficina). Sin embargo, no era la clase de mujer (o eso creía yo) que de frente le iba a poner los cuernos a su novio. Así que nunca avancé, ni pretendí nada más que unos coqueteos casuales.

El primer viernes de diciembre me quedé hasta muy tarde trabajando y él también. Él es un negro muy sabroso que ama la salsa entonces sonaba en todo el piso todo lo que estaba poniendo. No me importaba y seguí trabajando. Ni me había dado cuenta que no había nadie más. Fue cuando me paré al baño que lo vi y fui hacerle la charla. No recuerdo cuánto hablamos y cuánto nos reímos pero terminamos besándonos. Al principio lento y suave pero después terminó incluso manoseándome un poco. Debo admitir que me excité muchísimo. Aún me toco pensando en ese día.

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Así duramos unos días en los que nos besábamos cuando no había nadie o cogíamos el ascensor vacío para tocarnos un poquito. Yo no quería que avanzara más porque “los principios” no me dejaban. Pero todo se fue al carajo cuando un martes salimos al tiempo y caminamos por el Virrey -cerca de nuestro sitio de trabajo- y me propuso ir a tomarme unos tragos en su casa en Chapinero. Le dije que sí sin pensarlo.

Ya en su casa, nos besamos pero nada muy atrevido. Hablamos del trabajo, de la gente que conocíamos y ya. Nada muy trascendental. Me preguntó que si sabía bailar salsa y le dije que me defendía. Bailamos. Bailamos mucho. Entre más nos movíamos, más estaba claro que necesitábamos estar cerca. Era un manoseo bien bravo que intercambiábamos con el supuesto baile (yo de los nervios me quedé al final quietísima. Me caí y toda la vaina. Qué boleta).

Ahí me puse a pensar en mi supuesta moralidad. Es decir, no, yo nunca había puesto cachos pero siempre me pregunté cómo se sentiría. Entonces empecé a justificarme de a poquitos: yo soy de las que se ve todos los santos días con el novio, así que era una señal del destino porque justo ese día Andrés había viajado a Tunja donde unos parientes. Justo ese día, también, Jorge había salido temprano del trabajo -normalmente salía después de las 10 de la noche-. Bonus track: tenía puesto mi mejor brassier y estaba -se podría decir- linda. Y mientras yo pensaba en todas esas estupideces, Jorge se había encargado de quitarme la blusa delgadita y rosada que tenía ese día y ya… a lo que íbamos.

Si no es el mejor, está en el top 3. Creo que influyó el hecho de que era algo “prohibido”. Lo hicimos por lo menos tres veces en múltiples posiciones. Lento y rápido. Fuerte y suave. Hasta me bañé con Jorge. Calculen. Además, el man duraba mucho y me hizo venirme por lo menos cinco veces. Todo el edificio se enteró que él había traído a su conquista y no me importó. Yo había disfrutado y ni vivía por la zona. Al fin y al cabo, yo tenía novio ¿no?

Sobre eso: no, no he sentido culpa, no le he contado nada a mi novio y hace tres días tuve sexo con él. Me vine rapidísimo porque solo podía pensar en el torso negro, musculoso y grande de Jorge.

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