Hace dos años su nombre se volvió viral y saltó a la prensa internacional. Su historia era atractiva: la de una periodista y escritora colombiana que había decidido convertirse en actriz porno. A sus 24 años, la cucuteña Alejandra Omaña —que había vivido una adolescencia atravesada por la pobreza y el contrabando en ese territorio de frontera—, renunciaba a las promesas de un periodismo precoz, pero también al cariño de su madre —quien le anunció que en adelante no la consideraría su hija—. Debutó con un video masturbatorio y una crónica que se publicó en esta revista.

Las producciones siguieron su curso, y en poco tiempo, Amaranta se consolidó como una estrella porno latina. Solo el año pasado viajó a ocho países, participó en cerca de cuarenta rodajes y tuvo sexo con las figuras del sexporn internacional, entre ellas Nacho Vidal, Ramon Monster, Rob Diesel y Apolonia.

Pero este año —que comenzó con el batacazo a la industria por el contagio de VIH de Vidal—, los planes cambiaron y Alejandra no quiere hacerlo más: “Me mamé del porno”. Está convencida, como la cineasta Erika Lust, de que la pornografía tiene que cambiar. Lo anunció a comienzos de julio pasado con un video en YouTube en el que da las razones, aunque después dice: “El porno me salvó la vida”.

El beso que se dio con Esperanza Gómez, la figura porno colombiana, recorrió las redes sociales con la frase de Amaranta: “Se va a morir Colombia”.

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La vida real de Alejandra ocurre a más de 2000 metros sobre el nivel del mar en la ladera oriental de Medellín. Ahí vive, en una cabaña de madera virgen que se corona sobre una pendiente rodeada de árboles, de perros y de niebla. Un refugio de calma que la ve amanecer desde hace seis meses y del que dice: “Me gusta mucho la montaña, nunca había estado tan feliz en una casa”.

Hasta ahí llega en una moto, que le sirve para viajar a la ciudad cuando lo necesita, y no perder la noción de la realidad. Aislarse se le hace tan natural que termina por asustarla.

Alejandra es un bicho raro, y podría ser porque tiene puesto un top que apenas le cubre el pecho —a las 9 de la mañana de un miércoles de julio— cuando la temperatura es de 12 grados; o porque habla y habla intentando recordar ese pasado violento de la adolescencia mientras se toma su primera dosis de Prozac; o porque tiene un pene de silicona café sobre la mesita del salón y otro consolador rosado de formas más modernas dentro de una pequeña hamaca que cuelga del techo. Pero en realidad, es un bicho raro porque nunca ha encajado en ningún lugar. Lo suyo fue sentirse ajena desde que era una niña. “Siempre me he aislado, como que siempre vivía triste y muy inconforme con todo”.

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Por estos días su nombre ha vuelto a ser noticia gracias a su proyecto de la escuela de porno. En realidad se trata de una propuesta en ciernes que nació de la demanda: “La gente me escribe para saber cómo pueden ingresar al mundo de la pornografía”.

El primer acercamiento pedagógico tuvo lugar hace unos meses en Medellín. Fue una especie de convención con talleres y charlas durante todo un día para ahondar en diversos aspectos del porno. “Hablamos de cómo descubrir las productoras abusadoras, las clases de erecciones (erección natural, química, mecánica), eyaculaciones, del proceso de monetización del video independiente, por ejemplo”.

Es común que muchos lleguen con la idea de que pueden convertirse en la próxima estrella porno. “Me interesa enfocar a la gente en lo real: si me llega un tipo chiquito, gordito, con el pene pequeño, yo no le voy a decir que se puede volver el actor. Más bien le digo que es posible explorar con producciones más aficionadas. Para el hombre, saber que puede ser actor porno es como una prueba de su virilidad”. Así que durante las charlas, se esfuerza en abrir el espectro, que la gente sepa que existen productoras grandes pero que también se puede trabajar de forma independiente, incluso con más perspectiva de negocio.

En el caso de las chicas, muchas quieren ingresar a esta industria como una forma de valorizar su trabajo en la prostitución. “Y lo que ocurre es que regalan su trabajo y las terminan explotando”. En la pornografía suele suceder que saquen provecho de ese deseo, pagando mal con la promesa de la fama. Pero también es cierto que por un rodaje de cuatro horas, una actriz puede cobrar en promedio 700 dólares. “Y una chica que tenga unas cuentas en las que haga videos amateur sola, puede hacerse desde 10, hasta 30.000 dólares mensuales”.

Entre los interesados hay un factor común: la desinformación. La gente tiene ideas del porno que no corresponden a la realidad y por eso uno de los lineamientos en su apuesta pedagógica es la contextualización: “Hablo de la importancia de no idealizarlo y que puedan sacarse de la cabeza esos videos de ocho minutos que ven de forma gratuita”. Pero también intenta ahondar en un aspecto central: el placer. “El sexo es tremendamente delicioso, imaginar que te vayan a pagar por tener sexo es superior. Vas a disfrutar y al mismo tiempo vas a ganar dinero. Es como un trabajo soñado ¿no? Pero nos enfrentamos al mito de que solamente hay que tener sexo con la persona amada, lo prohibido despierta el morbo. Entonces se vuelve un desafío, incluso a la gente que produce, que lleva una doble vida, le resulta excitante lo secreto”.

En su caso el trabajo sexual ha consistido en cumplir fantasías y poder dedicarse a algo para lo que sus talentos son notables. “Estar con Amaranta es aprender. Trabajar con ella es lo máximo. Es responsable y estricta, pero a la vez generosa y muy buena para motivarnos”, dice Ana María Gómez, una de sus pupilas y hoy una integrante de su equipo en diferentes proyectos.

Otra situación bastante común en el porno es que en la producción hay personas que se deslumbran o pierden la calma en medio de las escenas: “Una vez, filmamos en un cultivo de marihuana, y cuando estaba teniendo un squirt impresionante (eyaculación femenina), el camarógrafo —deslumbrado—, empezó a grabar otra cosa. No cuidan el plano, o dejan un trípode que alcanza a verse en la toma, eso también lo enseñamos”.

Fetichismo, bondage, gonzo, porno chic, posporno, son términos especializados de un género que en más de cuarenta años ha revolucionado el cine. Una industria multimillonaria que se las arregla para circular y satisfacer una demanda delimitada por la censura. Los números son contundentes: En 2018, fueron vistos 92.000 millones de videos triple equis en PornHub, el sitio porno más visitado de internet. Al año se calcula que la industria factura alrededor de 60.000 millones de dólares y una actriz en el ámbito internacional puede cobrar cerca de 1800 dólares por escena.

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Lo de bicho raro es cierto. A Alejandra no le interesan los estereotipos. Su nombre artístico es literario: “Amaranta” viene del personaje de Cien años de soledad y “Hank” es el alter ego de Charles Bukowski, su ídolo literario de juventud. Tiene inquietud narrativa, esto escribió en Relatos de Frontera:

Nuestra casa tenía una habitación de bloque. Era el lugar seguro bajo la lluvia. Allí dormíamos todos, yo junto a la única ventana. Allí mismo fue donde más adelante murió papá. El resto de la casa estaba hecho en adobe, con techo de caña y teja. Con andén alto, donde se sentaba papá a comprender el pueblo.

Amaranta se transforma ante las cámaras. Disfruta ser observada y despertar pasiones en los espectadores.

Reconoce que a pesar de haber crecido entre bandidos, sicarios y putas (cuando era adolescente trabajó en una discoteca en Cúcuta y se hizo la moza de un narco), siempre era vista de un modo distinto: “Era muy cerebrito y rara para la gente de la calle, tenía demasiada calle para la universidad y era demasiado puta para mi trabajo como periodista”.

La vida la llevó a establecerse en Bogotá, y allí comenzó a trabajar con medios y editoriales. Con el tiempo, harta de la hipocresía y de la doble moral que la asfixiaba, entró en una depresión. Desde los 13 años, después de la muerte de su papá, lidia con crisis depresivas agudizadas por fases de alcoholismo. A los 23, a punto de matarse con un cuchillo, supo que tenía que cambiar de vida. No era que ansiara sexo desenfrenado, quería libertad, volverse una descarada, que nadie esperara nada de ella y el porno era eso, “el límite”. Comprobó que ese había sido su gesto más punk cuando las crisis disminuyeron su frecuencia: de cuatro a la semana pasó a tener una cada quince días, o cada mes. Fue un proceso de liberación, que a la vez le trajo dinero y otra estabilidad. “El porno (…) es en realidad un ansiolítico”, dice Virginie Despentes en Teoría King Kong.

Se mudó a Medellín por recomendación de su mánager (que trabaja con la industria del webcam). Empezaron los viajes, y trabajar en Europa le dio por fin una visión clara de su historia, ahí entendió que la estigmatización y el bullying que había sufrido hacían parte de las lógicas del tercer mundo.

Una vez en el ruedo, nada la acobardó. Hacía desde la escena convencional —una mamada y cuatro posiciones: cowgirl, face to face, misionero y doggie—, hasta escenas lésbicas, doble penetración y orgías. “Una vez tuve sexo con trece personas sobre un escenario en El Salón Erótico de Barcelona”.

Para hacer una escena de sexo anal tardó un año, y luego, queriendo cumplir una fantasía, terminó viviendo una pesadilla. Estuvo con dos hombres negros para una doble penetración, pero el productor no le permitió usar lubricante. Resultó con una herida de cinco centímetros que la dejó una semana en la cama sin poder moverse del dolor. Lo que nunca hizo fue un gang bang (una sola mujer que está con varios hombres), porque “nunca llegó el momento”, dice.

Pero la peor experiencia fue la que tuvo en Praga el año pasado. Llegó a República Checa a trabajar en rodajes plagados de promiscuidad entre gente sin analíticas, anfetaminas y cocaína. “Cualquiera podía estar contagiado, uno no podía quedarse dormido porque se le metían a la cama. Yo no dormía, mi único aliciente era el dinero”.

Uno de los motivos para despedirse del porno fue el riesgo secundario en el que estuvo, luego de la noticia de contagio de Nacho Vidal. Había grabado tres veces con él, siete meses antes del escándalo. “Yo estuve a punto de viajar a España y justo fui a Cali a trabajar, entonces lo pospuse. Si hubiera viajado, es posible que hubiera salido contagiada. Me salvé, y lo tomé como una señal”.

Hace unos días rodó su escena de despedida. Fue un lésbico con la veterana del porno Sara Jay. “Me gustó y hasta me dio cierta nostalgia. Tengo pesar de no volver a hacerlo pero sé que nadie va a contratarme para trabajar con condón. No quiero ningún pene sin preservativo, no después de lo que pasó”.

El porno se lo ha dado todo pero también le mostró su cara más despiadada: nada habla tanto de desigualdad como el cuerpo de una mujer. Por eso su voz comenzó a ser crítica cuando las productoras no cumplían lo que prometían; cuando no eran transparentes a la hora de la negociación; cuando eran irregulares en el manejo de las analíticas y cuando no han sido respetuosas de los derechos y garantías que debería también suponer el trabajo sexual. “Para mí es importante que las chicas comprendan cómo funciona esto, yo las cuido, porque llega cualquier hijueputa que dice: ?Estas son colombianas, necesitan dinero, hagamos lo que sea con ellas?”.

Sin saberlo, sus condiciones anatómicas resultaron inmejorables para este oficio. Tiene una lengua muy larga y eso hace que sus mamadas tengan marca registrada. Además es hiperlaxa, una condición de las articulaciones que le permite tener una elasticidad más pronunciada que la mayoría de las personas, así que su cuerpo puede acomodarse con tremenda flexibilidad a las distintas posturas. A veces se acuerda de que, cuando era pequeña, vivía colgada de los árboles, soñando con ser bailarina o gimnasta, “me hubiera encantado”. Hoy esa niña está lejos y tomó otro rumbo, pero no se reprocha nada: “No sé si fue la pornografía, la madurez, la mierda que he comido, pero uno va entendiendo las cosas y me di cuenta de que mi mamá hizo lo que pudo por mí”.

Lo de su retiro tiene que ver con esa libertad que predica. Quiere dedicarse a la producción, a hacer radio, a seguir con su proyecto de podcasts; a la escritura —un cuento suyo apareció en Cuerpos, una antología de relatos de mujeres que se publicó este año y está escribiendo un libro sobre su experiencia en el porno—. Quiere sacar adelante la escuela, continuar con las fiestas sexuales y los shows. También hay un proyecto para lanzarse al Senado —le gustaría trabajar por los derechos de las trabajadoras sexuales y las enfermedades mentales—. Lo suyo es lanzarse al vacío, como si hubiera nacido para desafiar estas palabras de Teoría King Kong, de nuevo: “No podía ser una criatura escandalosa y mostrar después invención, inteligencia y creatividad”.

Dice que ya no le gusta irse de fiesta, que muy pocas cosas la sorprenden, que ya no hace swinger por miedo a contagiarse de algo, no consume drogas, no se toma un trago hace año y medio. Ahora tiene menos sexo y “hoy en día ni siquiera chupo un pipí sin condón”. No se arrepiente de nada: “Bueno, sí, y no es de que me hayan roto el culo, sino de haberme inyectado los labios. Eso no se ve bonito”. Ahora está leyendo La gran historia de todo, de David Christian, y junto a su cama tiene un libro de meditación zen y Los cuatro libros, de Confucio. Quizás su vida ha sido la búsqueda de una dimensión mística a través de la exploración de su lado más salvaje. Hoy se acuesta a las ocho de la noche y a las cinco de la mañana abre los ojos: “Tengo un estilo de vida medio jipisongo”. Alejandra es pansexual, ha sido poliamorosa, y a su modo, se las arregla para escapar de la dominación masculina. Adora la libertad que tiene para decidir cuándo es el momento de una nueva primera vez.

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El próximo evento de talleres y charlas tendrá lugar en Bogotá, donde Amaranta tiene muchos seguidores. “La escuela nace de la inquietud de la gente, porque incluso en lo económico no representa una gran diferencia”. Lo que sí es cierto es que el sexo vende, nunca nos deja indiferentes. “El deseo sexual es una mecánica nada complicada de poner en marcha”, dice la escritora francesa. Por lo pronto, su entusiasmo se mantiene intacto. .