Los sex shops japoneses tienen una característica que los hace únicos: bajo un envoltorio pop y naive, aguardan las perversiones más delirantes que podamos imaginar. El edificio M’s Pop Life pasa desapercibido, es uno más entre la maraña de altas construcciones de la zona geek de Tokio. El acceso es a través de una pequeña puerta corrediza de color verde con vidrios opacos y un notable fluir de personas.

En la planta baja, y tras un mostrador, hay algunos objetos soft para parejas, como un juego de mesa, revistas y DVD. El local está limpio y bien iluminado, nada que ver con las atmósferas decadentes de los famosos sex shops de Berlín o Ámsterdam. Por el contrario, los pasillos son muy estrechos. La ingente cantidad de productos invade todo el espacio. Desciendo al subsuelo por las estrechas escaleras, cual Orfeo a los infiernos. ¿Qué esconderán en este pequeño inframundo? Me encuentro una enorme cantidad de DVD milimétricamente ordenados. La imagen es evocadora. Estoy completamente solo, rodeado de miles de mujeres y hombres desnudos petrificados en el tiempo. También se escuchan los gemidos –leves, casi imperceptibles– de una joven que es penetrada en una película que pasan en un iPad.

Al lado de la puerta hay dos máquinas expendedoras. Me acerco y no lo puedo creer. Primera gran sorpresa de la jornada: venden bragas usadas. Sí, usadas. A un precio de 20 dólares. Vienen dentro de un huevo transparente con la foto de la propietaria. Bienvenido al reino de la lujuria. Ahora sí.

Me tomo mi tiempo, paseo con parsimonia por este bulevar de carne humana. Hay un arquetipo que se repite una y otra vez: chicas jóvenes japonesas muy delgadas, con unos enormes y turgentes pechos. Los ojos también grandes y redondos, la nariz pequeña y respingada, la piel de un pálido blanco. Todo con una pátina artificial, como si fueran muñecas. Es curioso, porque el prototipo de mujer japonesa que se ve en la calle apenas tiene pecho. Luego me explicaron que se trata de un fetiche nacional.

También existe una sección de arneses. Unos para que la mujer penetre al hombre (o mujer), con dildos intercambiables.

Otro dato que indica que inexorablemente estamos en el País del Sol Naciente, es el bokashi, que consiste en pixelar las partes íntimas de los cuerpos desnudos. Aplica para fotos, videos o cualquier tipo de imagen sexual explícita. El código penal japonés considera ilegal la distribución de material indecente, de esta manera se cumple la ley.

Otra particularidad del porno nipón es la presencia del vello púbico. Las producciones audiovisuales norteamericanas y europeas nos han inculcado animadversión hacia lo natural, sin embargo, en Japón es muy habitual.

Continúo mi recorrido. En las estanterías reposan varias perversiones. Hay películas de mujeres que orinan sobre los hombres, otras, en las que aparecen con un pulpo entre las manos (imagino dónde va a acabar), hay carátulas con hombres disfrazados de bebés en una suerte de guardería pornográfica, mujeres con el rostro y el cuerpo enfundado en látex –tan solo con un pequeño orificio para la boca y para respirar– y películas anime –de dibujos animados típicos japoneses–, donde aparecen monstruosos falos acechando a jóvenes damiselas.

Asciendo por las escaleras, vuelve la gente y la música K Pop. La primera planta está dedicada a los hombres. Vaginas, vaginas y más vaginas. Es un mar, no, un océano de vaginas de látex. Hay cientos, de todos los tamaños. Son hiperrealistas. Representan la vagina a la perfección. Cada estría, cada pliegue de la piel. Siempre hay alguna de muestra para poder tocarlas y comprobar su realismo y su suave tacto. También hay bocas, pechos y anos, para soñar –de manera fragmentada– con paraísos artificiales.

En esta planta, dedicada al onanismo masculino, también sobresalen unos huevos de plástico. En su interior, hay una masa de silicona con un orificio para introducir el pene. Digamos que es una versión portátil y más discreta que la vagina realista. También abundan las dakimakura, las muñecas inflables de tamaño natural. Son costosas, entre 250 y 300 dólares. Bueno, si tenemos en cuenta que para muchos usuarios será una compañera de vida (hay casos de japoneses que conviven con ellas), no es tanto dinero.

La segunda planta está dedicada a las mujeres. Es el paraíso del vibrador. La variedad y modelos son abrumadores. Los hay de todos los colores y formas. De látex, silicona, jelly, PVC o metal. Con forma de mariposa, conejito, gato e, incluso, oso panda. Los hay minimalistas, realistas, costumbristas y futuristas. Los hay curvos, en espiral, y dobles e incluso triples. A control remoto, de pilas, con Bluetooth. Muchos de ellos llevan incorporado un segundo vibrador para que se encargue del clítoris. Parece que es tendencia.

En esta sección hay varias chicas y parejas, en su mayoría japonesas. El público oscila entre los 20 y los 40 años. En uno de los pasillos hay un par de latinos. Por el acento son chilenos. Son jóvenes, de unos 25 años. Ella, de cabello castaño y lacio, piel morena y rostro con pecas. Él, de pelo negro, piel blanca y un poco de acné. Están elogiando las bondades de un dildo con conejito rampante, a dos metros de mí. El sex shop propicia estas singulares situaciones. A ella le encanta, y le explica que la parte de arriba es muy importante para el orgasmo. Él afirma con la cabeza sin dejar de mirar el artefacto, como quien recibe una misión para salvar al mundo. Yo sigo con mi vals entre penes de goma.

Avanzo un poco y llego al barrio de los dildos anales. Hay uno de ellos que me sobrecoge. Es un plug negro y grande que se parte en dos mitades. No entiendo bien cómo funciona, pero se ve que a su usuario le causará gran dolor. Otros finalizan en forma de cola de caballo y de gato. A continuación aparecen los dildos dobles: los dos extremos finalizan en forma de pene. Para que la pareja, pueda penetrarse al unísono allá donde más les guste.

Sigo ascendiendo hacia el nirvana de la lujuria. Solo llevo dos plantas y ya estoy saciado por varios meses en cuanto a imaginería sexual. En la planta tercera están los objetos ideados para el sexo soft. Juegos de mesa, dados sexuales, muñecos de tela con forma de pene y pastillas para que el brío no decaiga. Las hay con viagra, taurina, ginseng y cuerno de unicornio. Una de las cajas ofrece 19 horas ininterrumpidas de sexo. Ni una más ni una menos.

Todo en este sex shop es a lo grande. En esta planta también hay geles suficientes para embadurnar de pies a cabeza a la Estatua de la Libertad. A continuación, un enjambre de preservativos. Los hay de fresa, limón y menta. Con la bandera arcoíris, transparentes y con luz. Comestibles, XXL, XS y para mujer. Allí mismo hay unos plásticos para cubrir los dedos –al estilo ginecólogo– y unas sábanas del mismo material para proteger cama y mobiliario de alguna inesperada lluvia.

Hay un arquetipo que se repite una y otra vez: chicas jóvenes japonesas muy delgadas, con unos enormes y turgentes pechos. Es una fantasía erótica.

La cuarta planta está dedicada al bondage y a las prácticas sadomaso. Prevalecen los productos de cuero negro. Hay látigos y fustas como las de equitación; una de ellas con la silueta de un corazón en el extremo, para que la pasión se quede bien incrustada en la nalga. Hay toda una sección de cuerdas. No olvidemos que el shibari, o arte de atar con fines eróticos, es originario de Japón.

También existe una sección de arneses. Unos para que la mujer penetre al hombre (o mujer), con dildos intercambiables, otro más sofisticado tiene un dildo doble, para que la mujer sea penetrada mientras ella le hace lo propio a su pareja.

En esta planta hay DVD más subidos de tono, con escenas de sadomasoquismo y bondage. Aparecen varias japonesas atadas resistiéndose a hombres que les infligen sufrimientos con cera de una vela, fustas y cuerdas. Además, hay lencería con medias de malla, ligueros, vestidos y corsés de látex negro y rojo.

Tampoco faltan las esposas de todo tipo y unos curiosos succionadores de pezones, para vivir la experiencia del vacío y sus insospechadas cotas de placer. Hay una versión para la vulva y otra para el pene. Esta última parece un objeto destinado a una expedición espacial. Está automatizado, se puede programar el tiempo e intensidad. Al subir tanta escalera tienes la sensación de estar dentro de una centrifugadora de perversiones. Por el camino aparecen muñecas inflables vestidas con ropa sexi, carteles de modelos con poca ropa. Algunas son chicas normales. Me cuenta el vendedor que, si las clientas se dejan fotografiar con la ropa que han comprado, para luego difundirla en sus redes, les hacen 30 por ciento de descuento en la compra.

En la quinta planta hay cientos de braguitas y sujetadores. Son de colores estridentes y acompañan alguna transparencia o muy poca tela. Los brasieres también ofrecen un amplio abanico, desde los más modositos con encajes y elegantes diseños, hasta otros minúsculos. Hay una extranjera, puede ser australiana, contemplando con su pareja una minúscula tanga. La levanta al aire y le pregunta a su compañero, que está ruborizado.

Luego de haberme sumergido en tantos espacios de lujuria, creo que ya no me queda nada más que ver. Pero todavía falta una última planta. ¿Qué esconderá? ¿Zoofilia, sexo con enanos, orgías a domicilio? Bueno, al final no era para tanto. La planta sexta, la cumbre de este ascenso, está dedicada a los disfraces, uno de los grandes fetiches de la sociedad japonesa.

En este aspecto –como en otros muchos– nos llevan ventaja. El espectro de disfraces es asombroso. El más repetido, cómo no, es el de colegiala: falda hasta la rodilla azul o a cuadros, camisa de un impoluto blanco y si es con dos coletas, pues mejor que mejor. También exhiben un amplio abanico de personajes de cómic en versión sexi, como Doraemon, los Caballeros del Zodiaco o Power Rangers. En cuanto a las versiones más tradicionales, hay disfraces de empleada doméstica. También hay de enfermera –un clásico–, de chica sexi, de azafata de vuelo y uno de barrendera, no me pregunten por qué... Ya saben, los caminos del exceso son inescrutables.