En un famoso burdel al norte de Viena, Fanny —de cuerpo delgado y blanco, 1,55 metros de estatura, pelo rubio, ojos claros y senos de talla 36D suele atender entre siete y ocho clientes al día. Una hora con ella, la más buscada de todo el lugar, puede costar alrededor de 140 euros (500.000 pesos) y suele tener una lista de espera que, en ocasiones, alcanza los cinco días. Pero Fanny no es real. Es una sofisticada muñeca sexual importada de China con la capacidad y la tecnología para complacer los gustos y peticiones de los clientes, todo sin dar una queja o reflejar un sentimiento negativo. Por eso, y aunque está disponible hace menos de un año en el burdel Kontakthof de la capital austriaca, es la consentida de la casa. Su constante uso no es más que un reflejo de algo que, estemos o no preparados, ha llegado: el sexo con robots.

Kontakthof es solo uno de decenas de burdeles con muñecas sexuales regados por toda Europa, algunos incluso han limitado su oferta exclusivamente a estos productos. Las clásicas muñecas inflables —despeinadas, de labios rojos y boca gigante— están quedando cada vez más relegadas al pasado; primero fueron reemplazadas por modelos hiperrealistas y ahora por prototipos mucho más avanzados. Países como China, Japón, España y Estados Unidos cuentan con fábricas que están cambiando para siempre esta industria en pleno crecimiento, que ya genera ingresos superiores a los 30.000 millones de dólares al año.

Detrás de Harmony trabajan más de cinco ingenieros de robótica y la muñeca viene con un procesador tan avanzado como el de una computadora totalmente nueva.

Entre ellas está RealDoll, una de las empresas pioneras y más reconocidas del mercado. Fundada en 1997 ?su sede en San Marcos, California?, se dio a conocer en todo el mundo gracias al documental Guys and Dolls, emitido por la BBC en 2002. Además de la línea de ensamblaje de centenares de muñecas, la película se enfoca en los excéntricos clientes y en los particulares caprichos de diseño que la fábrica satisface a pedido. La atención al detalle es impresionante y la personalización es total: la estatura, el color de la piel, los ojos, el pelo, las cejas, el tamaño de los pezones y el clítoris son ajustables. Algunos compradores las piden con cicatrices en lugares específicos, con particulares disposiciones de vello púbico y hasta hubo quien encargó una con el aspecto de una anciana de 80 años. Dependiendo del engalle, la fabricación puede durar hasta siete meses por muñeca y costar entre 5000 y 50.000 dólares. La promesa que los fabricantes hacían en 2002 ?“son las muñecas más realistas del mundo”? es bastante cuestionable ante el crecimiento de la competencia. Hoy el verdadero reto es darles personalidad, algo posible gracias a la inteligencia artificial.

Puede sonar a películas de ciencia ficción, pero la interacción con los robots sexuales es una simple cuestión de tiempo y desarrollo de software. Matt McMullen, fundador de RealDoll, trabaja en el desarrollo de Harmony, una muñeca capaz de moverse por sí sola, mantener conversaciones, tener cambios de ánimo, responder a estímulos y adaptar su personalidad de acuerdo con el perfil indicado por su dueño a través de una aplicación en el teléfono. “Si existen robots que ayudan a limpiar la casa, por qué no crear unos que ayuden a lidiar con la soledad y la tristeza”, dice McMullen. Harmony, que también será totalmente personalizable, espera salir al mercado a finales de este año y tendrá un costo de, por lo menos, 10.000 dólares, cerca de 30 millones de pesos.

En Barcelona, el científico nanotecnólogo catalán Sergi Santos es otro pionero de la industria y el hombre detrás de Samantha, una muñeca sexual con características tan reales como la capacidad de subir su temperatura corporal y tener diferentes intensidades de orgasmo según la posición sexual. Mide 1,70 metros, pesa unos 40 kilogramos y sus medidas pueden ser 90-100-110 o hasta 120-60-90, según los deseos del propietario. Santos inició esta fabricación como proyecto personal: trabaja de una manera hermética y su pequeña compañía gira en torno a Samantha, la única muñeca que produce únicamente por encargo. Llevado por su conocimiento de robótica y por su innegable pasión por este nicho, le construyó al robot un avanzado software para convertirla en mucho más que una muñeca sexual. “Es la amante perfecta”, dice. Y no se equivoca: el cyborg viene con modos que van desde el romántico, que suaviza la voz y empieza a coquetear para excitar a su dueño, hasta el familiar, que cumple funciones básicas de un asistente personal como contestar llamadas o enviar mensajes. Un acompañante de tiempo completo. Totalmente personalizable, Samantha salió al mercado a finales de 2016, con un precio base de 6000 euros (cerca de 20 millones de pesos).

Estas son algunas de las muñecas disponibles en RealDoll. Pese a venir con un nombre preinstalado, los clientes pueden cambiárselo con facilidad.

Robots como Harmony o como Samantha están pensados para una producción por encargo gracias, en gran parte, a sus desarrolladas operaciones y su impresionante capacidad de interacción. Pero si hablamos de muñecas inteligentes de producción masiva, el mercado chino, de lejos, está a la vanguardia. Una compañía como WM Dolls, en Guangzhou, puede producir anualmente hasta 30.000 muñecas, también personalizadas, de acuerdo con los pedidos de los clientes. El software utilizado, sin embargo, cumple funciones más específicas enfocando su principal labor hacia al sexo: entender mejor al cliente, satisfacer su experiencia, su duración y sus posiciones. Ahí nació Fanny, tan solo una de las centenares de muñecas que la fábrica está enviando a burdeles que las encargan porque el sexo con robots ahora es más común y placentero.

Esta nueva tendencia ha puesto en el ojo del huracán la complejidad y la moralidad de estos actos. Mientras en China expertos aseguran que estas muñecas podrían ponerle fin a la escasez de mujeres que hay en el país —la población masculina supera en casi 30 millones a la femenina—, en Europa su uso ha recibido fuertes críticas. En París, por ejemplo, congresistas ordenaron el cierre de Xdolls, un lugar exclusivo de robots sexuales, argumentando que el trato que los clientes les dan a las muñecas incita a que hagan lo mismo con mujeres reales.

Este debate apenas comienza y queda mucha tela por cortar, en parte por la falta de reglamentación sobre el asunto y por las consecuencias inciertas del uso de la inteligencia artificial en este campo. Según expertos, reemplazar el sexo real por el artificial ya es totalmente posible, aunque puede derivar en adicción o, tal como sucede en la película Her, en el riesgo de enamorarse de estos objetos. Las relaciones interpersonales podrían cambiar para siempre y los seres humanos podrían desarrollar comportamientos atípicos, posesivos, solitarios y hasta psicóticos, según recientes estudios. Está claro que las muñecas ya no son un simple juguete.

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