Es una criatura extraña, si se quiere versátil, que se dobla fácil sobre el eje del placer. Porque, ambiciosa, tiene dos placeres: el de la carne —“Yo soy muy caliente”— y el espiritual —“Mor, yo me voy a un retiro espiritual este fin de semana”—, y los dos conviven sin rabiar en ese cuerpo magro y aindiado que conserva una inocencia dulce, la risa fácil. Habla de sexo como si pudiera echarle fuego a una casa, habla de Dios como si pudiera caminar sobre las aguas. Algunos podrán encontrar en eso el punto máximo del cinismo, pero ella halla el punto medio entre la identidad y la paz, entre el deber y el placer.

Camina por el barrio Calatrava de Itagüí con la ingravidez de la mujer que se sabe bella. No da pasos, levita como si caminara por la Quinta Avenida, inmersa en la filmación de una película, de una comedia romántica. Los vecinos hablan, cuchichean, mientras ella pasa, se monta en el carro y dice: “Muchachos, allí volteamos a la derecha”. Pero Yudy Regina Pineda Vásquez no sabe cuál de las pequeñas calles la lleva a su casa o si vamos en contravía hacia un choque inevitable contra una moto. La tienen sin cuidado las reglas de la vida práctica, parece. Cuando entramos por la calle, ella grita con una risa que remueve las bases de las ventanas que nos metimos mal, que, en efecto, vamos en contravía. Pero ya no importa, al fondo hay un parqueadero. Los vecinos la miran: los hombres barrigones, las señoras con la escoba en la mano, los muchachos con la adolescencia reventándoles la cara, las muchachitas con la adolescencia ídem. La señalan, la juzgan. Ella es una criatura extraña que camina con el mentón arriba pero que parece dudar cuando da un paso, como si de pronto lo que tuviera enfrente no fuera cemento firme, sino un hondo abismo.

Vive en un segundo piso, donde otros amigos tienen una pequeña empresa en la que ofrecen algún servicio remoto vía internet. Lo mismo que ella. La diferencia radica en que ellos no se desnudan. La habitación de Yudy es pequeña, con persianas que la aíslan del pasillo en el que están los equipos de sus amigos. Hay un computador, una cámara de alta definición, un par de luces y algunos consoladores. Mientras hablamos el calor se derrama sobre nosotros como un jarabe y ella se ríe porque aquel parte de su estrategia de seducción. Los clientes, cuando la ven sudar copiosamente, creen que la calentura, la pura arrechera, la excitación, la tienen así de empapada, pero todo es producto del encierro y de la falta de un ventilador. Yudy Regina, para no dar más rodeos y por si el lector no se ha dado cuenta, es modelo web, se desnuda para satisfacer el deseo de quien esté dispuesto a pagar unos cuantos dólares para saciar su fetichismo. (Lea también: 7 Datos de curiosos de la industria webcam en Colombia)

Nació en un caserío indígena de Ituango a comienzos de la década del noventa. A veces dice que es indígena, otras que sus padres sí tenían rasgos indígenas, pero que nunca la criaron bajo ninguna norma étnica; dice que todos saben en ese pueblo del norte de Antioquia que el caserío Pío X es de los emberá y que todos los que llegan de allá son indígenas hasta la médula. No es muy evidente el trazo indígena en su cara, pero sí en los ojos enormes, que miran el mundo como si estuviera recién hecho, y en el pelo largo y liso, seguramente negro en su color natural, hoy con visos castaños y rubios.

Cuando Yudy tenía 2 años su familia dejó el caserío y se fue a vivir a Dabeiba, en el occidente de Antioquia, la puerta del Urabá. Por entonces estudiaba en un colegio femenino y recibía la visita de monjas que dictaban el catequismo y buscaban niñas que sintieran el llamado de Dios. Yudy habló con sus padres y a los 10 terminó en el convento, donde ayudaba a las religiosas con los quehaceres diarios e impartía educación religiosa a otros niños. Veía a sus padres todos los fines de semana y creía que el sacrificio valía la pena.

“Conocí a un niño en la catequesis y nunca se me olvida el nombre —pero no lo dice porque sabe que en lo oculto está el encanto—. El niño tenía como 11 o 12 años, era un poco mayor que yo. Me empezó a mandar cartas, a mandar chocolatinas y esas tarjetas que se llamaban credenciales. Entonces ya empezó a gustarme y yo primero le decía que no podía, que era prohibido. Pero el niño me empezó a gustar, de hecho hablábamos mucho y todo eso que pasa cuando uno se enamora. Una vez fuimos al baño y allá nos dimos un besito y desde ese día vi que no era lo correcto, me di cuenta de que ese deseo iba en contra de lo que yo estaba haciendo. A los días hablé con la hermana y le dije que no podía estar más en el convento porque había cometido un pecado, que no estaba firme en todo lo que me habían pedido hacer y todas esas cosas”.

Yudy cuenta su enamoramiento de adolescencia como si hubiera sucedido ayer: se enrojece, ríe estrepitosamente, se tapa la cara, gaguea. Podría ser una pose: la de una mujer que se finge menor como si atacara un fetiche, como si invitara al hombre con el que habla a que la proteja hasta el fin del mundo. Pero la historia la cuenta varias veces y no puede disimular la risa, el rubor que le enciende las mejillas como dos manzanas brillantes en sus pómulos altivos. Dejó entonces el convento, volvió a la escuela y cumplida la ley del deseo su niño se hizo humo, se le desvaneció el gusto entre las manos.

Después de Dabeiba, a los 14 años, llegó a vivir a Itagüí, donde se hizo acólita en una iglesia hasta que cambiaron al sacerdote y renunció: colgó los hábitos a los que había renunciado tanto tiempo antes. Luego quedó en embarazo, se salió del colegio. “Mi mamá respetó mi decisión, yo decidí salirme, posponer. No, con el papá no nos hicimos novios. Fue un momento como de locura, de atracción y ya. Nada más”. Luego validó el colegio, se ganó una beca para estudiar en la Universidad Autónoma de las Américas, en la que estudió secretariado ejecutivo: “No continué el estudio que quería porque no tenía todos los recursos”, dice con su voz de quiebres sutiles: su voz es la de tantas mujeres de Medellín, la voz que simula una juventud atolondrada, una inocencia hecha de maquillaje. Pero su historia es tan inconclusa, tan sin retorno, que esa simulación queda hecha añicos por el encanto de la retórica. Dice que debe tomar pastillas de cuando en cuando, que suele deprimirse. Me la imagino extenuada después de sus jornadas de trabajo acudiendo a una píldora que la prive del mundo por unas horas.

Se hizo promotora de ventas y trabajó en Nestlé, cumplió metas, habló de yogures deslactosados, de quesos, de cereales milagrosos que recuperan los hábitos digestivos y quitan kilos como un cirujano con oficina en la Milla de Oro de Medellín. Y un día, cuando estaba en un supermercado en el barrio Laureles, una amiga le dijo que le tenía el negocio, era simple y rentable: empelotarse ante una cámara, usar unos cuantos vibradores o, simplemente, conversar de cualquier intrascendencia con un extraño. “Recuerdo que ese mismo día fui a la entrevista porque quedaba cerca. El muchacho se llamaba Miguel. Me hicieron la prueba de cámara, me quedé esperando a que me dijeran si sí o si no. Empecé a reírme, a bailar un poco ante la cámara y ya ellos me dijeron que sí, que me aprobaban. Empecé allá en un horario nocturno, desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana. Trabajé como cinco meses. Allá gané muy poco porque no nos pagaban un buen porcentaje y tocaba transmitir desde el estudio”. Estuvo varios meses sin trabajo, se deprimió, se medicó, y la misma amiga volvió a aparecer, le habló de Juan Bustos —quien hoy puede ser el hombre más importante en la industria de las webcam en Colombia, director de la primera universidad para webcamers—, quien la entrevistó, le vio la espalda, los senos, la aceptó y le prestó dinero para que comprara un buen computador. (Lea también: Amarna Miller y la doble moral frente al porno)

Le pregunto por qué sus vecinos la miraban mal en la calle. “Mor, es que hace unos días… ¿Tú conoces a Amaranta Hank? Bueno, hice una película porno con ella que se llama Mundial de tijeras, la hicimos por los días del Mundial de Rusia y ese video empezó a rodar por aquí, se lo enviaban… Es que te voy a contar, eso fue una locura. Una locura total. Locura total. No sé, empezaron a enviar el video entre los unos y los otros. Yo pasaba y las chicas por acá decían: ‘Es que tú no la has visto en el video’. Me trataron de lesbiana. Que el video se lo iban a mostrar a mis hijos. Hablé con ellos antes de que se lo mostraran. Les expliqué en qué trabajaba y cómo trabajaba. Les expliqué que el hecho de que estuviera ahí no quería decir que fuera lesbiana. La niña me lo ha respetado demasiado. Lo que me dijo fue: ‘De malas la gente, mami, yo la apoyo’. Siempre me ha apoyado. De hecho, cuando no me conecto me dice: ‘Mami, por qué no se conecta’. Quedé en boca de mucha gente. ¿Qué me dices? Nooo, no, en la iglesia no me dicen nada. Me confieso mucho con el padre. No quiere decir que porque trabaje en esto no puedo entrar a la casa de Dios, él dice que la casa de Dios es para todos. Yo entro normal, lo más decente que puedo estar. Cuando salgo de allá siento una paz enorme”. (Lea también: Las actrices porno que han posado en SoHo)

Dice que quiere hacer otra película, que si Dios quiere será pronto. Es una mujer extraña, encantadora, que se desliza como un funambulista por la cuerda delgada de la cordura espiritual y el desafuero del cuerpo. Puede incendiar una casa, puede caminar sobre el agua.

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