El género de espionaje suele ir a la fija con hombres armados en corbata. Pero no va a encontrar nada de eso en esta miniserie que cuenta, en seis capítulos, la historia de Eli Cohen, un topo del Mossad –servicio de inteligencia israelí–, que se infiltró en los altos mandos de Siria en los años 1960. El personaje es interpretado por el británico Sacha Baron Cohen, quien no tiene ningún parentesco con él y ha dado una sorpresa con este papel totalmente ajeno a los roles mordaces, ridículos y extravagantes que ha interpretado en sus comedias.

El verdadero Eli Cohen hizo una labor de infiltración tan impecable, que llegó a ser el principal asesor de la cartera de Defensa de Siria, país que lo condenó a la horca en 1965.

Eli Cohen nació en Egipto y, tras su expulsión de allí por ser judío, emigró a Israel, donde después de un intento fallido por entrar al Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales, fue reclutado por su director, Meir Amit, para que se infiltrara en el Gobierno sirio, gran enemigo de la nación hebrea. Según el plan, se haría pasar por Kamel Amin Thaabet, un empresario que regresaba al país luego de vivir unos años en Argentina. En la serie, para crear su fachada, Cohen viaja a Buenos Aires, donde conoce al próximo presidente de Siria, Amin al-Hafiz, de quien llegará a ser su confidente, con lo cual comienzan sus labores de espionaje y su gran ascenso.

La actuación de Baron Cohen le ha tapado la boca a más de uno. Aunque no deja de ser extraño verlo en otra faceta, el papel no podía estar mejor pensado para él, pues es tan camaleónico como su personaje. En su carrera, el actor ha imitado cientos de acentos y cambiado radicalmente su imagen para sus papeles. Tanto así, que es difícil verlo fuera de escena, siempre está metido en su rol y eso es justo lo que Eli Cohen debe hacer para no ser descubierto. De ser un humilde empleado de oficina, se convierte en un hombre capaz de codearse con gente de alta sociedad, políticos y militares. La transformación se ve desde el primer capítulo y por eso es imposible no engancharse.

La serie muestra la habilidad con que Cohen supo conquistar a los círculos políticos y la alta sociedad de Damasco.

Las cosas, como era de esperarse, van escalando y aunque Eli logra tener acceso a información privilegiada, todo tiene su precio. Mientras tanto, en casa, su esposa, la judía iraní Nadia Majald, quien queda embarazada cuando el agente sale a su misión, no deja de añorarlo y de preguntar qué se trae entre manos. Él también la extraña y el director, Gideon Raff, lo recuerda constantemente, al mostrar el dolor de su soledad, el haber tenido que renunciar a su identidad y vivir una vida que no es suya.

El espía ha recibido múltiples críticas favorables, pero los comentarios negativos tampoco tardaron. La principal queja es que la serie asegura basarse en hechos reales, pero presenta ciertas imprecisiones, como que Eli Cohen no conoció a Al-Hafiz en Argentina, según lo adujo este último. De otro lado, el cargo de viceministro de Defensa, que supuestamente llega a asumir Cohen, no existía en la época.

De todos modos, la producción es, sin duda, refrescante para el género. No solo no tiene los elementos clásicos, sino que muestra un lado menos glamuroso de los espías, más humano, aterrizado y doloroso.