Las mariposas, en inglés moscas de mantequilla; en francés, papillon, que las relaciona con pavillon, la bandera (esa mariposa de trapo), y en italiano farfalle, que es una pasta, atrajeron el amor de algunos individuos duros de corazón como el señor Stein, que en la novela Lord Jim, de Conrad, entre guerras y traiciones se entrega también a cazar mariposas, o como Churchill que en Cartwell, alternaba los afanes parlamentarios con el cuidado de su colección de lepidópteros, orgulloso de las especies que había obtenido en Sudáfrica, India y Cuba. Churchill abandonó el pasatiempo cuando lo cogió el odio a Hitler y la obsesión por pulverizar a Alemania. Stein siguió emocionándose hasta el fin de su amarga existencia con las escamas de las frágiles alas de sus mariposas que aún sin vida desplegaban su pompa no mancillada por la muerte.
Comparados con sus mariposas, los hombres eran nada para él. Una vez después de asesinar a tres individuos cuyos despojos describe impávido, este enroscado como un perro, este de espaldas, un brazo sobre los ojos como para protegerse del sol, el tercero alargando una pierna para luego quedar inmóvil con una sacudida, advierte la débil sombra de una mariposa sobre un montón de barro: entonces late su corazón, se le aflojan las piernas y está a punto de sentarse en el suelo, conmovido. Había deseado esa mariposa con toda su alma. Por ella había emprendido viajes, pasado privaciones, la había visto en sueños. Los hombres muertos no le interesan. Hasta desprecia esos seres que no saben quedarse quietos sobre su montón de barro, y un día quieren ser diablos y otro, santos. Entre sus mariposas, en el último párrafo de la obra, Stein envejecido se prepara para dejar este mundo con un ademán de adiós a su querida colección de alas. Hoy, los ecólogos repiten que en la unidad de las cosas el estremecimiento de una mariposa en Australia puede provocar un sismo en Perú. Proust en La muerte de las catedrales ya había dicho que si avanzaba una depresión hacia las Baleares, o temblaba en Jamaica, en París los reumáticos, los asmáticos y los locos sufrían crisis, pues el universo era una gran solidaridad, estrecha e indeseable. Y Lorca, invirtiendo la fe de los astrólogos, había pensado también que nuestras maldades conmueven las estrellas.

Manolete, el torero español empitonado en Linares mientras hacía un volapié por un toro llamado Islero, héroe en el santoral de los miuras, dijo que las mujeres, como las mariposas, revolotean alrededor de todo lo que brilla. Pero las mariposas revolotean por igual sobre todo lo que hiede y sobre lo que perfuma. Se posan con idéntica fruición en el estiércol, las peras podridas, la ropa de los leprosos y los lirios recién abiertos. Las flores nuevas anuncian ya su podredumbre. Y las descomposiciones recuerdan el aroma de la vida.

No es extraño que ese lepidóptero glotón y promiscuo, de los holometábolos, haya despertado interés en biólogos, filósofos y poetas por su belleza y su compleja metamorfosis en varios episodios desde el huevo, cuya época larval desemboca en la oruga y esta en la crisálida antes de entregar el resultado rutilante de la mariposa. Los creyentes en la resurrección y quienes confían en reencarnar usan su metamorfosis como verbigracia de sus creencias. Aquellos piensan que vivir es un sueño del que despertamos en la muerte. Y estos, que el morir nos conduce a otra existencia en una sucesión aterradora de momentos. El vilano, la nube, la luna, la mariposa y la mujer son imágenes de la veleidad en el romanticismo decadente.

Chuang Tsu, el sabio taoísta, dudó si había soñado con una mariposa o si era una mariposa que soñaba con Chuang Tsu. Y otro chino, maestro del haiku, y miope de remate, creyó ver en una mariposa una flor volviendo a la rama. A pesar del aire inocente son astutas. Algunas ostentan esos grandes ocelos de las alas para simular los ojos del búho y desanimar a sus predadores. Pero aunque parecen más cómicas que peligrosas en la imitación del rapaz, sin garras para sustentar el engaño, demuestran un gran sentido político en su reconocimiento del poder de las apariencias.
Muchos alucinados lo arriesgaron todo por una mariposa albina del Ártico, o por una azul en un torrente amazónico. Fabre, el entomólogo provenzal, descubrió en 1875 las feromonas cuando unos machos vinieron a cortejar una hembra que mantenía en una caja. Aristóteles había pensando que eran hijas del rocío. Y nos había separado en su arbitraria división del reino de los animales. Pero Fabre nos devolvió el parentesco.

Dicen que Nabokov repite en la fuga de Lolita con su cincuentón por los moteles de los Estados Unidos la marcha de don Quijote por las posadas de España. Se alega como prueba que mientras escribía el libro estelar dictaba sus rencorosas conferencias contra Cervantes en Cornell. Pero es un abuso hacer de Lolita un Sancho Panza con trenzas. Yo prefiero ver en Dolores la mariposa. La miro con sus gafas de sol haciendo cocos al padrastro obnubilado. Miro su cuerpo largo como las orugas que comen ciertos pigmeos o como el satúrnido que consumen los bosquimanos. Y me parece perdonable que se le haga agua la boca al más caritativo de los vegetarianos y al más casto de los mortales.

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