En consecuencia con el caso “hipopótamo”, que tanta algarabía y unidad nacional ha causado en este país de locos, he llegado a una conclusión que modifica lo que he aprendido durante mis 32 años de vida: todo sugiere que el hecho de pensar diferente a 45 millones de Colombianos no significa que esté equivocado. Todo lo contrario, ahora estoy seguro que tengo la razón, aunque solo unos pocos compatriotas, los verdaderos conservacionistas y conocedores de temas ambientales, piensen igual que yo. Sacrificar un hipopótamo en Colombia no es una falta de conciencia conservacionista, ni tendría que ser objeto de tal revuelo publicitario y periodístico.

La prensa es un arma de destrucción masiva, más aún cuando la desinformación se transmite de manera tan rápida y patológica como una enfermedad venérea. Por eso la trascendencia de la noticia ha llegado a límites insondables, y por medio de ella se crucifica el manejo que se le dio a esta situación.

Los hipopótamos en Colombia son animales exóticos, importados hace aproximadamente tres décadas para ocupar una famosa finca de un finado narcotraficante. Como en el arca de Noé, se transportaron desde algún país africano, en número de dos ejemplares, un macho y una hembra. Desde el momento de su llegada estos divertidos animales comenzaron a reproducirse, pues su gran capacidad para soportar el estrés por confinamiento hace que no se modifiquen sus patrones hormonales, y se dieron nacimientos de individuos de una forma desmedida. Los zoológicos aceptaron algunos ejemplares, intentando controlar la sobrepoblación que comenzaba a vislumbrarse sin tener que llegar al recurso de la eutanasia.

A pesar de lo impactante de esta especie exótica, de su imponencia individual y de su innegable belleza estética (igual que muchos otros animales), existe un desconocimiento generalizado sobre su situación real. Primero que todo, no es viable la opción de llevar a los casi 25 ejemplares que se estipula existen en el país, a los zoológicos. Estas instituciones tienen Planes Maestros basados en sus necesidades y presupuestos. Por medio de ellos pueden determinar con claridad qué animales podrían o no podrían tener. En el país sólo hay dos o tres zoológicos con capacidad para mantener, en números limitados, los ejemplares de hipopótamo. La lógica es sencilla: ¿si sólo tengo espacio y jaulas para micos, como puedo albergar un hipopótamo?

Como segunda medida, ningún país africano permitirá la reintroducción de animales que han nacido en otras latitudes -que en nuestro caso tienen además un alto grado de consanguinidad, por ser hijos de una misma pareja- porque pueden ser portadores de un sinúmero de patógenos que quizás allá no existan, convirtiéndose en potenciales diseminadores de enfermedades exóticas para una región. Además, ¿quién pagaría el transporte? Tengamos en cuenta la escasa distribución de recursos destinados a la conservación de especies, que sólo permite la protección de los animales nativos. ¿O por qué creen que todavía existen circos con animales en Colombia? Es triste constatar la irracionalidad de Caracol Televisión transmitiendo desde un circo, y la de miles de colombianos que llevan a sus hijos a este tipo de espectáculos degradantes.

Como si fuera poco, lograr el cautiverio de los hipopótamos no es fácil. Basta decir que no existen en Colombia veterinarios especializados en la captura de este tipo de animales, ni el medicamento necesario para anestesiarlos, la Etorfina, pues su distribución es restringida por la FDA por ser 10.000 veces más potente que la morfina (¿Se imaginan cuantas dosis personales se harían en Colombia con un solo frasquito?).

Sé que muchos se desmoronaron al escuchar la noticia del sacrificio del hipopótamo, pero hay que entender que la situación con estos animales es casi la misma que con los perros callejeros. Piense en esto: "había dos perros en el barrio hace unos años, y no quise llamar al centro de zoonosis porque les podrían haber aplicado la eutanasia. Ahora hay más de 500…" ¿No hubiese sido mejor eutanasiar a dos ejemplares que a 500?. Esta es la cruda realidad para los que piden a gritos que los hipopótamos puedan vivir mucho mas tiempo en nuestro país… Yo, a estas personas, las llamo “proteccionistas”, porque si bien sufren con el dolor de los animales, aportan opiniones y soluciones que difieren de lo real o lo posible pues desconocen la realidad latente que se muestra con datos técnicos.

En conclusión, los hipopótamos en Colombia no son los animales bonitos e idiosincráticos que la gente quiere creer que son. Muy por el contrario, un número en ascenso exponencial por las altas tasas reproductivas y por las óptimas condiciones medioambientales en las que se encuentran, significa una catástrofe ecológica latente: un hipopótamo consume casi 80 kilos diarios de vegetación dulceacuícola, así que 40 hipopótamos comerán diariamente una tonelada y media de plantitas y, en unos años, mil hipopótamos acabarán con especies nativas de plantas que actualmente pueden estar en vía de extinción real. En todo caso, que no se asusten los proteccionistas: está lejos la eutanasia del resto de ejemplares, pues los medios de comunicación no lo van a permitir. No me equivoco si me adelanto a afirmar que los demás hipopótamos van a perdurar en el tiempo convirtiéndose en plagas. Como las palomas o las ratas.

Una anotación al margen: ¿Sabían ustedes que los hipopótamos prácticamente no tienen depredadores naturales, y que son los animales que mas gente mata, sin intervención de patógenos o vectores, en el mundo? Cuando un hipopótamo ataque en los confines de nuestro país a algún curioso o turista que se le acerque, el concepto que tenemos sobre ellos será muy diferente.

Sé que no tienen la culpa. Si alguien es culpable aquí, que le caiga el guante a don Pablito Escobar y su afán por pavonearse en su finca. Pero piensen en esto: las especies nativas, las plantas y animales colombianos afectados por los hipopótamos, tampoco tienen por qué pagar esa culpa, que es lo que terminará sucediendo.

Yo soy conservacionista y trabajo con y por la fauna silvestre. Me duele la muerte de Pepe, claro, al igual que la de cualquier animal, porque yo no mido el dolor dependiendo de lo grande que sea el ejemplar. Pero me dolerá aun mas que se invierta en este país de locos siquiera un peso por ellos mientras sigue rampante el abandono estatal ante los 40.000 titis cabeciblancos extraídos de su medio natural para ser usados con fines biomédicos en laboratorios de experimentación de países primermundistas; mientras nadie protesta porque Don Mario Uribe ha talado la mitad de los bosques de predios de fincas en el departamento de Córdoba donde no habita un hipopótamo pero sí miles o millones de animales silvestres nativos colombianos como perezosos, primates, felinos y osos; y mientras la conciencia ecológica de los noticieros sea la misma que hace tres o cuatro meses elevó a la categoría de héroe a un descerebrado que mató un jaguar en el departamento de Sucre. Y me seguirá doliendo que se invierta un peso por los hipopótamos mientras, sin ir muy lejos, sin ser conservacionistas sino proteccionistas, sigue siendo deporte nacional la fiesta brava, y mientras no se hace nada por acabar con los circos, donde los animales exóticos son maltratados

Así las cosas, ¿por qué todo sigue igual? ¿Por qué esta insurrección de lo absurdo por un bicho lindo y gordo, pero sin importancia real para Colombia? ¿Por qué los presupuestos se destinan a la guerra y poco o casi nada a la conservación? ¿Y por qué ese magro monto debería ser destinado a proteger, recuperar, conservar y sostener a los hipopótamos? País de locos…

Yo, en todo caso, aunque no crea en un dios a diferencia de un 98% de la humanidad, aunque no crea en Uribe a diferencia de un 70% de los Colombianos, sé que todo este cuento de los hipopótamos me da pie para no sentirme equivocado cuando la gran mayoría piense lo contrario.

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