Una buena analogía para definir al mezcal es la del abuelo. Piense en este espirituoso como ese anciano sabio y paciente lleno de enseñanzas, y piense en el tequila como ese nieto guapo y popular del que todo el mundo habla. Pero claro, sin el primero no existiría el segundo, y es momento de conocer un poco más de la historia de este destilado que, según datos arqueológicos, ya existía en América 400 años antes del nacimiento de Cristo. (Insurgentes, el nuevo sitio de tacos en Bogotá que tiene que probar)

Empecemos por decir que el tequila no es más que un tipo de mezcal que se produce con un maguey específico llamado agave azul tequila Weber. Por su parte, mezcales como el Alacrán que le presentamos acá se hacen de manera mucho más tradicional, algunos a partir de agaves jóvenes y otros, los más exclusivos, con agaves silvestres. Para su preparación los maestros mezcaleros se basan en recetas, procedimientos y rituales que se transmiten entre familias de generación en generación.

En el caso de Alacrán, el maestro Lucio Morales ha sido el encargado de ponerle su impronta al sabor durante los últimos años en el palenque San Dionisio, de Ocotepec (Oaxaca). En 2016, antes de retirarse y pasarle el testigo a su hijo Óscar, creó una botella conmemorativa que ganó la medalla de oro en el San Francisco World Spirit. (Aprenda a hablar de tragos sin ser esnob)

¿Por qué le estamos contando esto? Porque seguro usted todavía es de los que creen que el mezcal hay que pasarlo con sal y limón y le busca el gusano para comprobar su autenticidad. Con eso no solo queda mal, sino que irrespeta siglos de tradición mezcalera. 

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