Hace años una hermana por parte de mi mamá, Cecilia, me pidió el favor de que la ayudara con una de sus hijas, porque estaba pasando por un mal momento económico. La casa donde vivíamos con Roberto, en Cartagena, tenía un cuarto de más y yo no tuve ningún inconveniente en aceptar que Gina viviera con nosotros. Ella era mucho menor que yo cuando entró a vivir a mi casa y terminó yéndose con el hombre con el que yo había vivido por más de ocho años.

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Apenas ella llegó empecé a notar detalles extraños: de pronto era una mirada, otras veces la ropa que se ponía era un poco indiscreta o en ocasiones era simplemente muy coqueta, pensé que era algo normal en sus 19 años. Después, empezaron a ocurrir cosas que me hicieron dudar aún más.
Por ejemplo, cuando él llegaba del trabajo ella corría a recibirlo, se le metía en el carro y se quedaban varios minutos hablando. Al principio intenté no darle mucha importancia, pero después, cuando se empezó a volver una rutina, me preocupé un poco. Yo le reclamaba a mi marido, le preguntaba qué era lo que tanto hablaban y él me decía que Gina tenía un noviecito y que solo le estaba pidiendo consejos. Otras veces estábamos Roberto y yo en nuestro cuarto, cuando ella entraba sin avisar y se acostaba en nuestra cama. Eran pequeñas señales que decidí ignorar. 
La verdad, nunca imaginé que esto fuera a pasar, porque yo pensaba que Roberto era como un tío para Gina (en ese momento él tenía 38 y yo 25 años). Pero a medida que pasaba el tiempo la duda me asaltaba cada vez más. A veces cuando yo regresaba a la casa, notaba que ella salía disparada de mi cuarto para el de ella. Comencé a interrogar a mi marido, pero él siempre negaba todo y se la pasaba inventando alguna excusa. Al principio tenía temor de juzgar a mi sobrina: me decía a mí misma que los celos me estaban haciendo imaginar cosas. Luego me di cuenta de que no era así, que Roberto se le estaba insinuando y que ella le correspondía. 
Intenté arreglar la situación y me fui a hablar con Cecilia. No quise contarle lo que estaba pasando, por eso le dije que Gina tenía un novio, que ya no la podía controlar y que tenía que llevársela de vuelta a su casa. Al principio no entendió lo que estaba pasando, pero me comprometí a ayudarla por otros medios y finalmente se la llevó. Sin embargo, eso solo empeoró la situación. Roberto empezó a armar parrandas en la casa de mi hermana para verse con Gina, y mientras tanto, yo me quedaba sola.
El momento decisivo fue cuando encontré en la cartera de Roberto una foto de Gina dedicada para él. Ahí cogí la foto, le saqué una copia y me fui para donde mi hermana. Le conté lo que estaba pasando pero ella decía que era mentira e, incluso, cuando le mostré la foto, no me prestó atención. Ahí vi que la cosa estaba perdida. Yo me separé de él. Duré años sin hablar con mi hermana a raíz de este incidente, y hasta hoy no me he vuelto a hablar ni con mi sobrina ni con Roberto. Cecilia me pidió perdón, y aunque no tengo una buena relación con ella, a veces hablamos.  
Me sentí traicionada, pero en mi dolor le pedí a mi Dios que me ayudara. Después de que me separé, vivieron juntos y tuvieron dos hijos. Ahora me alegro de no haber tenido un hijo con Roberto, porque hubiera sido difícil explicarle lo que su prima había hecho con su papá.

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