Puede sonar tonto, pero no me da pena decirlo: me volví prepago por despecho. Tuve un novio que me dejó por otra y eso me dolió mucho, y aunque pasaron meses antes de tomar la decisión de optar por este trabajo, finalmente lo hice. Fue por desamor y si muestro aquí mi rostro públicamente no es porque yo tenga problemas de carácter psicológico. No soy drogadicta o alcohólica, ni tengo traumas porque me hayan violado o hayan abusado de mí cuando pequeña. Al contrario, tuve una infancia normal y feliz como cualquier niña.

(Los primeros 100 días de...un papá)

Simplemente tomé la decisión y vi que esta forma de ganarse la vida es muy normal. Hay muchas niñas que son prepagos y lo hacen como si fuera cualquier otro trabajo, sin sentir que está maltratada su dignidad. De hecho, la primera vez que hablé de este tema fue con una amiga que trabaja también como escort o acompañante. Fue una conversación muy natural, y me llamó la atención lo que hacía. Me contó que la llamaban muchos hombres para tener sexo, pero también para conversar o comer, todo por muy buena plata. Ahí tomé la decisión. Contacté a un amigo para que me ayudara a montar mi propia página, pues prefiero ser yo la que hable directamente con los clientes, ya que en Colombia hay decenas de páginas de acompañantes donde siempre hay un intermediario que, además, se queda con parte de la ganancia.

Mi primer trabajo fue con un amigo de una compañera de la universidad, quien lleva bastante tiempo trabajando como prepago, y él quería conocer a alguien diferente. Me recogió en el apartamento de mi amiga y acordamos ir a un motel. Yo estaba hecha un manojo de nervios, pero él era una persona muy educada, muy tierna, y me trató como un caballero. Nos tomamos un par de whiskies y rompimos el hielo con una buena conversación. Así que para llegar a lo íntimo fue muy fácil, como si hubiese estado con cualquier novio. Pasé rico y en ningún momento fue difícil. Al pasar los días me fui dando cuenta de que, más que un trabajo, esto es algo que disfruto, que gozo.

En estos cien días nunca me he arrepentido de lo que hago. Cuando me llaman, trato de ser muy educada y, sobre todo, trato de oír muy bien la voz de cada persona. Trabajo con dos celulares, uno personal y uno para los clientes y lo contesto directamente. Si me llama un hombre con voz tosca, ordinaria, como dándome órdenes, inmediatamente sé que no puedo atender ese servicio, me despido y cuelgo. Cuando es un tipo al que le siento una voz amable, prosigo al siguiente paso que es corroborar el lugar donde está. No atiendo nunca a nadie en direcciones que queden en el sur. Siempre en el norte y ojalá en hoteles finos. Lo siguiente es el encuentro. En cada servicio me pongo nerviosa, no lo voy a negar, y sé si le gusté o no al cliente apenas me abre la puerta. Si me mira con una sonrisa, sé que le gusté y que todo lo demás será cuestión de un par de tragos. Si pasa lo contrario, trato de hacer de tripas corazón, me tomo más de un par de tragos y a trabajar. Lo mínimo que espero es una atención de parte de ellos: un buen whisky, o al menos una cerveza. Lo que más me ha gustado de este trabajo es que me tratan como a una reina y además me pagan. Cobro un millón de pesos por estar conmigo.

(Los primeros 100 días de... un fisicoculturista)

Lo bueno es que trabajo cuando quiero. El viernes sí, el sábado no. Todo depende de cómo me sienta ese día. Pero todo es muy relativo, en estos cien días tuve semanas en que llamaban poco. Pasa también que recibo llamadas los domingos por la tarde e incluso los lunes. Eso sí, tengo mis clientes fieles, hombres que se han vuelto amigos, a los que veo cada ocho días y les contesto como cualquier amiga, con un “hola, mi amor, cómo estás”. No siempre se trata de sexo. Los hombres muchas veces me llaman para que les haga compañía, a comer en buenos restaurantes (es el caso de algunos extranjeros) y nada termina en la cama. Yo feliz porque me consienten. Los demás clientes con los que me he encontrado en estos primeros tres meses tienen entre 25 y 60 años.

Como al mes de estar trabajando me llamó un cliente que quería que le cumpliera una fantasía: él quería vestirse de azafata mientras yo le daba palmadas y lo mandoneaba. La verdad no sabía si reírme o salir corriendo, pero como era una persona de un alto nivel ejecutivo, pues no creí que fuera algo peligroso. Además, es en estos casos que uno se da cuenta de que existen muchas personas que aparentan una personalidad muy ecuánime, reservada, inclusive hasta moralista, pero que tienen ocultas muchas fantasías que no pueden hacer ni siquiera con sus propias parejas, sino que buscan un escape emocional con una prepago. Esto en el fondo me parece sano, pues al menos contratan a alguien profesional y no están por ahí dañando vidas en cualquier lugar de mala muerte. Así que me tomé un trago, pensé en todo lo que me había hecho mi ex y le di unas buenas bofetadas. No podía creer lo que estaba haciendo, además que eso le gustara tanto. Pero definitivamente comprobé que hay gente para todo. En este oficio se aprende mucho acerca del ser humano, de sus debilidades y de sus gustos interiores, que, por lo poco que me ha tocado ver, son muy variados. Existe mucha doble moral en nuestra sociedad, por eso no le veo ningún misterio a mostrar mi cara: si se enteran mis padres, sé que me entenderán algún día. No me quiero esconder. Si me ve mi exnovio, sé que le dará duro porque era muy machista.

Estoy segura de que todo lo que hago lo hacen muchas otras personas, pero a escondidas. Por ejemplo, en el segundo mes conocí a un personaje de la farándula muy querido que me contactó para que le hiciera un servicio. Me sorprendí mucho cuando llegué a su apartamento porque a mí personalmente me encanta, fue muy cordial, cariñoso y amable, como lo que refleja en los medios, pero a medida que iba transcurriendo el tiempo del servicio, el personaje comenzó a beber mucho y a meter cualquier cantidad de droga. Su temperamento fue cambiando drásticamente y me confesó su gran debilidad por el alcohol, las drogas y las prepago. Inimaginable en alguien que se muestra muy diferente ante la sociedad, se irrita con facilidad ante las multitudes y desprecia todo su medio. Me di cuenta de que era un hombre bastante solitario y que lleva una vida muy triste.

(Los primeros 100 días de... un viudo)

He atendido parejas también (lo he hecho varias veces), pero nunca con dos hombres u orgías. Me gustaría estar con dos mujeres, sin hombres, nunca lo he hecho. Más que la experiencia como tal es algo de voyerismo: ver a dos mujeres limpias, lindas, sensuales, es seguramente un placer. No falta el cliente loco, afortunadamente solo me ha tocado uno, que me prometió la vida entera, que me fuera a vivir con él, que me sacaba de “esa vida”. Pero yo no soy boba tampoco, y sé para lo que me quería. En este momento mi vida está muy bien, y con respecto a relaciones, no quiero saber nada, me estoy dando unas vacaciones en ese sentido.

Hasta ahora no me quejo de lo que he tenido que vivir en mi nuevo rol. Creo que soy una mejor persona ahora. Siento que mi mundo se ha abierto de una manera diferente a lo que siempre creí. Yo les aconsejo a las personas que se liberen un poco de sus propios demonios interiores, que dejen la envidia y los prejuicios tontos y que sean fieles a sí mismos. Ser prepago para mí es un proyecto de vida. Quiero de aquí a un año, más o menos, tener el dinero suficiente para comprar mi propia casa y mi camioneta. Además yo pienso algo: si uno lo da por amor, ¿por qué no darlo por plata?

(Los primeros 100 días de... una monja)

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