Conozco un solo sexólogo eficaz y su precio es módico: se llama viagra. La triste realidad es que el sexo es como el fútbol o la literatura: no se aprende, se hace. Un sexólogo puede pasarse horas explicándole a un hombre que lo que falta para que su mujer se entregue es diálogo, pero si esa misma mujer ve pasar a Brad Pitt se entregará íntegra aunque éste no pronuncie una palabra. Una sexóloga puede dedicar meses a invitar a una mujer a "crecer" para que su marido vuelva a desearla, pero si el mismo marido es invitado por una apetitosa mujer de 18 años, puedo asegurarles que no esperará a que "crezca" para aceptarla. Los sexólogos no sirven en realidad para ayudarnos a que el sexo funcione, sino para acompañarnos en la frustración cuando no funciona. (Todo lo que hacemos por un polvo)

Mi amiga Lavinia se quejaba de que los hombres no atendían sus necesidades. Su último novio le hacía lo que él quería, la sometía a su antojo, y no era capaz de escucharla. Paradójicamente el mismo hombre la abandonó y Lavinia, muy curiosamente, permaneció varios meses llorando por él, pero al mismo tiempo jurando que nunca más se entregaría a un machista dominador. Con el tiempo y un sexólogo consiguió un novio que la esperó hasta que estuvo lista para hacer el amor y se entregó a ella con dulzura, escuchándola, acariciándola remotamente, aguardando hasta el susurro de sus más tibios deseos para satisfacerla. "Era el hombre de mis sueños… Y me quedé dormida", me confesó Lavinia avergonzada, "Le mentí que estaba tomando una medicación. ¡Me quedé dormida mientras él me acariciaba suavemente, tal como sugería el sexólogo!".

Los sexólogos me recuerdan a los libros de expertos en juegos de azar por dinero. Si los expertos en juegos de azar fueran efectivos, no venderían su saber a discretas casas editoriales: serían millonarios y no andarían dando vergüenza con libros de ocasión. Lo mismo ocurriría con un sexólogo que realmente conociera el secreto de la felicidad en el sexo: se follaría todo lo que pudiera, y no andaría compartiendo sus conocimientos, que son de lo poco realmente valioso que los humanos pueden alguna vez poseer. Nadie quiere que los demás hombres se follen a las mujeres. Si encuentro una mina de oro, no voy a andar contándolo por la radio.

Hay dos factores que nunca fallan en estas lides, pero no se pueden aconsejar: para los hombres, tenerla grande. Y para las mujeres, un buen culo. Es cierto que no garantiza una segunda vez, pero ofrecerá muchas primeras veces. Tampoco garantiza una buena primera vez, pero peor aún es hacerlo mal y tenerla chica, o sin culo. Estas verdaderas perlas indiscutibles de sabiduría no me convierten en un sexólogo, apenas en un simple observador de la realidad. (¿Qué quieren las mujeres de nosotros?)

Yo no creo que Penélope Cruz necesite un sexólogo para que los hombres se la quieran follar, ni para hacerlos felices. A mí me ha hecho tristemente feliz muchas veces, desde la pantalla del televisor, sin el concurso de ningún sexólogo. Y hasta que no se invente la máquina de leer el pensamiento, supongo que muchos hombres continuarán siendo felices con ella mientras follan con sus mujeres. Ese es un consejo, no tan efectivo como el viagra, que de todos modos podemos transmitirnos de hombre a hombre sin necesidad de licenciarnos en sexología: piensa en Penélope Cruz.

Por otra parte, ¿dónde se estudia sexología? ¿En el Silicon Valley? ¿Se dicta la cátedra de Consolador 3? ¿Quién es el profesor de Mamadas? ¿Cuál es la diferencia entre una clase de sexología y una orgía?

Yo sé que sexólogos y sexólogas incitan a las mujeres a no fingir el orgasmo. Creo que es un error garrafal: las mujeres no tendrán más orgasmos por dejar de fingirlo. Cuando tienen un orgasmo, que lo disfruten. Y cuando no lo tienen, deben fingirlo para que la unión, que ya transcurrió, no sea tan triste. ¿Qué se gana con hacer sentir mal al compañero? Siempre se puede decir que no a la siguiente vez, ¿pero por qué no fingir una vez que el juego ya está en movimiento? Y las esposas, por supuesto, tienen la oportunidad de separarse, siempre que quieran. Pero si prefieren quedarse con él, incluso aunque no siempre, o nunca, alcancen el orgasmo: ¿que ganarán con evitar fingirlo? Por su parte, los hombres deberían agradecer cada orgasmo fingido, más que los auténticos. Un orgasmo pleno no depende de la voluntad. Mientras que al fingirlo, la mujer demuestra respeto y cariño por el hombre. Los ruidos femeninos en el orgasmo, como los de Meg Ryan en When Harry met Sally, son un excelente acompañamiento para la inevitable eyaculación del hombre, que sucede en cualquier tiempo y lugar, incluso durmiendo, sin mayor necesidad de estímulo. Por otra parte, tu esposa no se ha casado contigo porque quiera hacer el amor: ha hecho el amor contigo para casarse. Y lo que le interesa ahora no es hacer el amor contigo, sino que no lo hagas con ninguna otra. (Elogio de la mujer estúpida)

Como vengo diciendo en este artículo, en aquellos puntos en los que la mayoría de los heterosexuales coincidimos, como Penélope Cruz o un buen culo, no necesitamos que un sexólogo nos oriente. Mientras que en aquellos que son completamente singulares, un sexólogo nunca podría orientarnos. Por ejemplo, ¿qué pueden sugerirle a un hombre que disfruta de hacerlo con mujeres que usan la camiseta del equipo de fútbol enemigo? ¿O a mujeres que solo encuentran el placer con verduleros? En estos casos el sexólogo es como los expertos en marketing: adivinan el pasado. Pueden explicarnos por qué triunfó la Coca-Cola, pero nunca han logrado que otra gaseosa la supere. "A ti lo que te gusta es hacerlo con mujeres que cantan en do mayor", dice el sexólogo. "Es lo que acabo de contarle", responde el paciente, "Lo que quiero que usted me indique es cómo hago para que quiera hacerlo solo conmigo y no con sus otros cuatro amantes".

Muchos años atrás, antes de que todo este asunto llamado humanidad se echara a rodar, un ser todopoderoso transmitió el primer consejo sexológico que se daba sobre la Tierra: no lo hagan. Después se dio por vencido y se contradijo: "Multiplicaos". Desde entonces, ni los hombres ni las mujeres han necesitado de amenazas para llevar adelante ese mandato. Yo recomendaría a los sexólogos que se dedicaran a enseñarnos cómo evitar hacerlo cuando es inconveniente. Porque a hacerlo, parece, lo aprenden todos, mucho antes de terminar el secundario. (Elogio de la mujer madura)

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