Rolling Stones

Persiguiendo a los Rolling Stones

Por: Daniel Riera

Daniel Riera estuvo en los conciertos que ofrecieron los Rolling Stones hace unas semanas en Brasil y Argentina. Esta es la crónica firmada por un periodista con alma de fan.

18/2/2006, 22:50, Río de Janeiro.
Parece románticamente gracioso o gracio-samente romántico que Keith Richards tome su guitarra y se ponga a cantar un tema que se llama This place is empty delante de más de un millón de personas, en el concierto más grande de toda la historia de la música, sobre un escenario de 22 metros de alto, 28 metros de ancho y 60 metros de profundidad montado frente a la playa de Copacabana, en Río de Janeiro. Y ahí estoy yo ahora: en el centro del universo, frente al escenario, delante de todo, y ahí están ellos, tocando gratis para la gente y los veo en tamaño natural, como si estuviera en un teatro, y no lo puedo creer.
18/2/2006, 19:07, Río de Janeiro.
Me fundo frente al escenario en un abrazo de seis brazos con mis amigos Diego Perri y Marcelo Sonaglioni. Diego y Marcelo son coleccionistas y fans y entienden de qué se trata lo que vamos a vivir dentro de menos de tres horas. Hay gente en los balcones de todos los edificios de la Avenida Atlántica, hay gente sobre la avenida y gente sobre la playa y gente en los yates sobre la costa. Hay lenguas que caminan por todas partes. Hay un dirigible sobrevolando la zona y hay un dirigible, de pronto, en la pantalla gigante (bien gigante), un dirigible con una lengua, una lengua que sobrevuela una gran metrópoli, una lengua que se apresta a aterrizar sobre nosotros, y ahí está Keith, señores, Jumping Jack Flash, nada menos, y en seguida Jagger dice Hola, Rio, hola, Brasil y empieza It ‘s Only Rock ‘n‘ Roll, y no sé a quién mirar, porque si lo miro a Mick me lo pierdo a Keith y si lo miro a Ronnie me lo pierdo a Charlie. Es increíble: los vi en el 94, los vi en el 95, los vi en el 98, y este show es mejor que todos los anteriores. Me parece que hay un par de pifies en Wild Horses. ¿Por qué, entonces, estoy llorando?

17/2/2006, 12:30, Río de Janeiro.
Estoy frente al hotel Copacabana Palace junto a cientos de fans que esperan desde la vereda que alguno de ellos se asome por la ventana y salude, sonría, haga un gesto, una señal, cualquier cosa, lo que sea, mientras en frente, sobre la playa, terminan de montar el escenario donde mañana veré a la banda. Me topo con un paraguayo que los vio 41 veces. Me dice que van a tocar solo media hora, que por eso aceptaron reducir su cachet.
-¿De dónde sacaste eso?
-Es un hecho. Ya lo sabe todo el mundo -dice el paraguayo, imperturbable.
-¿Y por qué solo media hora?
-Porque el cachet que les pagaron alcanza solo para eso.
-No puede ser, sería una catástrofe.
-Es lo que yo digo. Va a ser una catástrofe.
Lo que sabe "todo el mundo" es que el show tiene que terminar antes de la medianoche, porque en caso contrario, la empresa promotora deberá abonar una multa de 125 mil dólares. Lo que no queda claro es antes de cuál medianoche debe terminar el show, porque el 18 de febrero en el Brasil hay dos medianoches: a las 12:00 de la noche hay que atrasar el reloj una hora y vuelven a ser las 23:00 No deja de ser maravilloso que la noche de las dos medianoches sea justo la noche que tocan los Rolling Stones. En el lugar donde los Stones brindan el concierto más grande de la historia de la música, el día tiene 25 horas.
17/2/2006, 16:30, Río de Janeiro.
Desde uno de los balcones del Copacabana Palace, Ron Wood saluda a la multitud, agita los brazos, payasea. Se agradece. Están ahí. Estoy acá. Somos vecinos. Durante dos días, ellos y yo viviremos sobre la misma avenida. El 19 de febrero, ellos y yo nos iremos a Buenos Aires.

18/2/06, 22:30, Río de Janeiro.
La versión de Midnight Rambler es uno de los grandes momentos de un show pródigo en grandes momentos, un show que en sí mismo es un gran momento.

17/2/2006, 14:30, Río de Janeiro.
Me cuelgo, orgulloso, mi credencial en el cuello e ingreso sin problemas en el Copacabana Palace. En eso baja Bobby Keys con la esposa. Bobby es el saxofonista de los Stones desde antes de que yo naciera. El saxo de Brown Sugar, por ejemplo, lo toca él. Pero está con la mujer y están saliendo de paseo... ¿Qué puedo hacer antes de que se vayan? Bueno, grito Ey, Bobby, y Bobby se da vuelta y sonríe, y sonrío. Le digo Nice to meet you y le extiendo la mano. Me la estrecha, como un caballero. A ver si nos entendemos: los dedos que tocan el saxo en Brown Sugar o en Can‘t You Hear Me Knocking se estrechan contra los míos. Los mismos dedos con que Bobby toma por la cintura a su esposa hasta que salen del hotel y se pierden con rumbo desconocido.
21/2/2006, 18:30, Buenos Aires.
Llego al estadio tres horas antes del concierto, pero la gente que tiene tickets para el campo forma una fila de siete cuadras. Me topo con una pareja amiga que llegó a las 5:00 de la tarde. Me ayudan a ahorrar una cuadra y media. Logramos entrar recién a las 9:30 de la noche. Quince minutos después se apagan las luces. Afuera hay cuadras y cuadras de gente que compró su ticket y no logró entrar. Afuera hay un descontrol que puedo imaginar pero no ver, porque felizmente quedé del lado de adentro. Suena el teléfono celular de mi amiga. Su madre quiere saber si está bien. La televisión está mostrando en directo una batalla entre policías y espectadores. Los Stones arrancan con Jumping Jack Flash.

 

 

18/2/2006, 23:50, Río de Janeiro.
Termina el concierto y caminamos detrás del escenario, hacia el sector de prensa. Nos permiten cruzar por el mismo puente gigante que va desde el escenario hasta el Copacabana Palace, el mismo puente por el cual vino y se fue la banda. Desembocamos frente a la piscina del hotel, en una fiesta de puta madre con baile, tragos, mujeres hermosas. Subimos al entrepiso: el corista Bernard Fowler besuquea a una menina, el tecladista Chuck Leavell se sirve un plato de fideos; la sexy Lisa Fischer come solita, sentada en el suelo, recostada contra una columna.
El salón está decorado con fotos en blanco y negro, autografiadas, de los visitantes ilustres. Por lo que veo, aquí estuvieron todos: Carmen Miranda, Sartre y Simone de Beauvoir, John Wayne y, entre muchos otros, claro, Mick Jagger. ¿Y si me robo el cuadro firmado por él? No puedo descolgarlo sin que nadie me vea, por menos luz que haya en este salón. Existen grandes, enormes posibilidades de que me caguen a trompadas, me metan preso, me deporten, quiero decir, robar es un delito y si uno, para colmo, está en un país que no es el suyo, el problema se agrava, sería el fin de mi carrera profesional, tal vez, y aún así evalúo el robo con seriedad, porque no deja de ser una foto autografiada de Mick Jagger. Y además está enmarcada.
Ey, esa que está ahí es Jo, la mujer de Ronnie. Ey, ese es Ronnie. ¡Ronnie! Está tomando una cerveza. Parece contento. Ese que está ahí es Keith. ¡Keith! Está con Patti, su mujer.
-Está hermoso -dice Marcelo, muy seriamente. Asiento.
Y ese que está ahí es Jagger. ¡Guau! Los tres están sentados en unos sillones en una especie de Vip improvisado, separados del resto de la fiesta por un corredor de sogas rojas y una mesa de madera repleta de manjares. Nos asomamos al borde de la soga, al borde de la mesa. Nos gratifica el solo hecho de saber que están tan cerca. Entre la mesa con los manjares y la pared hay un espacio delgadísimo. Una chica que debe medir 1,75 y debe pesar 45 kilos lo advierte y pasa por allí sin inconvenientes. Mis proporciones son diferentes a las de ella. Quiero decir, yo mido 1,79 y peso 95 kilos, no creo que pueda... Me atasco entre la mesa y la pared, y un security de proporciones parecidas a las mías, pero de masa muscular más sólida, me viene a echar con los mejores modales. Come on, man, enjoy the party, you can‘t stay here. Jagger se pierde por una puerta por la cual no podemos seguirlo. Keith sale del megavip con Patti rumbo a un ascensor. Diego lo persigue con su pocket. Cuando lo alcanza, tiene la delicadeza de pedirle permiso para retratarlo. Keith le hace un gesto que quiere decir No, por favor, estoy cansado. Diego respeta la voluntad de Keith. Nos hemos jurado no robarles una foto jamás: los amamos demasiado para eso. La puerta del ascensor se cierra. Ronnie se queda un rato más, por suerte. En cuanto Ronnie decide irse, la fiesta ha perdido su razón de ser: las mujeres hermosas se nos antojan feas, los manjares se vuelven insípidos, las cervezas se calientan y nos vamos. En Buenos Aires habrá otra oportunidad.

21/2/2006, 22:25, Buenos Aires.
Los vasos de Coca-Cola vacíos no son buenos para derribar a las chicas que están subidas al hombro de sus novios. Lo mejor son las botellas de agua mineral de medio litro. Cuando sienten el impacto, las chicas comprenden que deben bajarse para que puedan observar el show quienes están detrás. Mi puntería es buena. Por eso puedo ver sin interferencias cuando Jagger se sienta al piano para cantar Worried About You.
En el medio de Midnight Rambler, Keith se apoya sobre el hombro de Mick. La pantalla gigante registra la escena y el mundo se paraliza.

23/02/2006, 18:00, Buenos Aires.
Diego me dio un pase que me permite acceder al lugar más cool de todo el estadio: el Rattlesnake Inn, un lounge al lado del camarín de la banda. Estoy presente en el momento en que entran al estadio. Keith y Ronnie están despatarrados en uno de los carritos que se utilizan para sacar fuera de la cancha a los jugadores lesionados en los partidos de fútbol. En el carrito de atrás van Charlie Watts y el bajista Darryl Jones. No sé por dónde habrá entrado Jagger: tal vez, simplemente haya llegado antes que nosotros. A las 7:00 de la tarde abren las puertas del Rattlesnake Inn. Diego me cuenta que Charlie se pasó aquí buena parte de la previa al show del 21, que Ronnie y Keith se hicieron ver un poco (no demasiado) y que Mick se mantuvo escondido. Adelanto la cena. Me sirvo ojo de bife, pastel de carne, kebab, un poco de tarta de frambuesa. Luego empiezo a caminar. Todos menos Charlie salen del camarín al Rattlesnake Inn y del Rattlesnake Inn a los pasillos del Monumental: Mick está de negro, Ronnie y Keith, de azul... Lo bueno de que hayan salido es que volverán, y cuando vuelvan, los veré de nuevo.
Vuelven, sí, los veo de nuevo. Pasan directamente al camarín. Si tan solo se quedaran aquí unos minutos... No está permitido tomar fotos, pero me han dicho que el 21, Ronnie accedió a retratarse con un par de fans que se lo pidieron educadamente. Marcelo y Diego están muertos de pena: sencillamente, no aceptan que no suceda nada. De pronto, Jane Rose, la mánager personal de Richards, los ve con cara de pollos mojados y les dice Come on. Muerto de envidia, los veo perderse por la puerta negra. Emergen con una foto con Keith y la satisfacción del deber cumplido.
Ey, ese que está ahí no es... Qué pregunta estúpida, claro que es Charlie Watts. Si lloro antes de pedirle la foto lo voy a asustar, tengo que calmarme. Lo saludo, Hello, Charlie, nice to meet U (nadie me echa, qué bueno), with all respect (no me huye... ¡genial!), You know, the emotion. tartamudeo. I don ‘t wanna bother you (¡me sonrió!). Would you let me take me a picture with you? Me contesta Yes, Ok, no problem. Viene Santiago, amigo, ex manager de Charly García, con su camarita. Le atravieso la espalda con el brazo a Charlie (Watts), nos sacamos la foto. Ya está. Thank you very much, Charlie. Podría hablar una hora y media sobre él, pero me quedo sin palabras. Ahora sí, me largo a llorar como un niño. Ahora estoy hecho. A las 20:50, una hora exacta antes del show, desalojan el Rattlesnake Inn. Los Stones se quedan solos, concentrados, y yo me voy a mi platea a esperarlos.

23/02/2006, 21:50, Buenos Aires.
Uno de los tipos que está tocando sobre el escenario es mi amigo, el baterista, el que se saca fotos conmigo. Este show es mejor que el del 21, que era, a su vez, mejor que el del Río. Este show es, por lo tanto, el mejor que vi en mi vida. Llueve mucho, mucho, y ellos salen con sombreros y con pilotos, y, con la excepción de Charlie, tocan con esos sombreros maravillosos. La pantalla altera su rutina cuando tocan Rain Fall Down y, por supuesto, muestra imágenes del diluvio que se cierne sobre Buenos Aires.
Hoy se les da por tocar Angie -y ahí es tanto lo que lloro que una chica se acerca a consolarme-, hoy se les da por tocar Gimmie Shelter, hoy vuelven a tocar Get Off Of My Cloud... De un concierto al otro hay nada menos que seis temas diferentes. Cuando, en la mitad del show se mudan al centro del campo, descubro que mi ubicación en la platea General Belgrano es la más adecuada para el escenario "B". Jagger está desaforado devolviendo las remeras sudadas, empapadas, que le arroja el público. Afuera, la policía está desaforada reprimiendo a los miles de muchachos que trataron de pasar sin su entrada.
Después de la secuencia de superclásicos que termina en Satisfaction, los saludos a la gente y algún tibio amago de fuegos artificiales opacado por la lluvia, la lengua roja que lame la pantalla gigante anuncia que, ahora sí, todo terminó, que quién sabe cuándo volveré a ver a los Rolling Stones.
Al día siguiente, lo llamo a Santiago para que me mande mi foto con Charlie Watts. Santiago me dice qué lástima que nos desencontramos ayer, te llevaba a la fiesta.
-¿Qué fiesta? -le digo.
-La del Four Seasons. Fuimos a las 3:00 de la mañana con Charly (García). Después apareció Maradona.
-No me digas nada, no sigas -le digo, y cuelgo el teléfono.