Historias

Un hombre en tacones

Por: Hunza Vargas | Foto: pilar mejía

Tiene 36 años, es funcionario público y, de vez en cuando, le gusta llevar tacones. Acá cuenta cómo se ven la homofobia y la intransigencia a 10 centímetros del suelo.

Cuando voy en tacones por la calle escucho de todo, desde chiflidos hasta tipos que me gritan ‘¡mamacita!‘ o ‘¡maricón!‘ -en eso último no se equivocan-. Una vez una mujer me dijo "¡cochino!", pero no entendí por qué lo decía, pues yo iba regio, perfectamente limpio. En otra ocasión escuché que una señora le decía a un niño con el que iba, supongo que era su hijo, que no me mirara. Expresiones como ‘qué porquería‘ o ‘tenaz‘, y miradas de reproche son reacciones habituales. Aunque no siempre es así: también se me han acercado mujeres que me felicitan porque, según dicen, domino los zapatos mejor que ellas.

Para un hombre, salir con tacones no es fácil desde ningún punto de vista. Primero desde lo práctico, porque usarlos es complicado, hay que domesticarlos y acostumbrarse a la nueva altura. Eso se suma a que las calles bogotanas son muy irregulares y se debe tener buen equilibrio; subir y bajar escaleras o andenes es todo un tema. Y segundo, desde lo emocional, pues uno queda muy expuesto, todas las miradas se concentran en uno.Por eso, a veces prefiero andar acompañado, porque sé que la cosa puede ponerse pesada y salir a correr entaconado no es plan. De hecho, prefiero llevarlos en espacios que considero seguros, como la oficina. La primera vez que los usé fue en 2015, cuando trabajaba en el Ministerio de Salud. Al comienzo la gente no entendía por qué estaba más alto, pero cuando se daban cuenta, algunos se reían y otros miraban con reprobación. Pero no decían nada malo, porque la oficina es el reino de lo políticamente correcto.

Hace unos meses me posesioné en mi nuevo cargo en la JEP (Jurisdicción Especial para la Paz), en donde trabajo el tema LGBTI en relación con el conflicto armado. Como era una fecha especial para mí, quería hacer una especie de statement; simbolizar de alguna manera que el Estado está abriéndose a la diversidad. La idea no era verme como una mujer trans, porque no lo soy y las respeto mucho, y tampoco quería terminar haciendo una parodia. Quería ir un poco más queer, demostrar que lo masculino y lo femenino pueden ir juntos y eso no implica que yo deje de ser hombre.

Los tacones de ese día los había comprado en Chapinero. Son para mujer, no para drags ni chicas trans, cuyas hormas y diseños son diferentes. Una amiga que me acompañó ese día me dijo que parecían de secretaria, pero que estaban bonitos. Me pareció un comentario con un contenido social muy fuerte, como si las secretarias solo pudieran usar tacones feos. Por eso me los compré con más ganas. Como era octubre, la vendedora pensó que eran para un disfraz y estaba parchadísima, porque en esa fecha todo se permite. Si uno se disfraza y va de tacones por la calle en Halloween la gente se ríe. Pero cuando la fecha es otra, la reacción es completamente distinta. Hay miradas sorprendidas desde los buses y comentarios a espaldas.

El día de mi posesión llegué a trabajar en tenis, llevaba los tacones en la maleta precisamente para evitar el voltaje tan duro de la calle. Cuando me subí al ascensor, me di cuenta de que las personas cogían el celular y simulaban estar chateando, pero en realidad lo que intentaban era tomar fotos de los tacones. Y nadie decía nada. Solo vino a romperse el hielo cuando se subió alguien que me conocía e hizo un comentario sobre los zapatos. Ahí la gente empezó a hablar del tema. Todo eso pasó en lo que dura un trayecto en ascensor.

En la ceremonia quedé sentado en primera fila, frente a la presidenta, quien me miraba los tacones pero no decía nada; eso me pareció muy bien.Fue un mensaje de su parte de que acá todo el mundo es igual, un espaldarazo chévere a la diversidad en general. Finalmente eso es la JEP, un espacio en el que tiene que caber toda la sociedad.

Desde ese día los porteros del edificio se aprendieron mi nombre. Creo que se sorprendieron, pero luego les dio risa. Supongo que dirán ‘ahí está la loquita‘. Cuando puse la foto de la ceremonia en mis redes, fue toda una revolución, recibí muchos likes y mensajes; muchos más que lo habitual. Varias personas, sobre todo hombres, me dijeron que tenía muchos cojones para hacer algo así.

Hubo muchas reacciones ese día. La gente trata que no se le note que está incómoda, pero se le nota más, entonces lo mira a uno abriendo los ojos. Se fija en los zapatos, pasa a las manos y a la cara, pero al final no puede evitar volver a los zapatos. Imagino que se pregunta "¿qué es este marciano que tengo enfrente, con barba, pantalón, blazer y tacones?". Se sorprende mucho, le causa una especie de shock. Creo que tiende a sentir que está en peligro por tener a alguien raro al lado: un habitante de calle, una persona con discapacidad, un man en tacones, algo que se salga de la norma social. Quienes me ven se sienten interpelados, como si fuera con ellos. Y es muy divertido, porque lo único que estoy haciendo es caminar. Ni estoy gritando arengas ni estoy haciéndoles propaganda a los tacones ni a lo trans.

La gente reacciona desde los estereotipos y necesita poner al otro en una categoría. No poder hacerlo cuesta mucho trabajo. Incluso tuve un novio que me preguntó si yo era trans, como si usar tacones me convirtiera necesariamente en una. Terminamos por varias razones, y una de ellas es que yo le parecía muy queer. Obviamente no me interesa estar con alguien así.

En definitiva, además de que me parece chévere andar en ellos, cuando me los pongo siento que estoy haciendo un acto político. Los tacones son una especie de símbolo de la dominación de los hombres sobre las mujeres, así que, cuando un hombre los usa, es un contrasentido”.

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