Las voces del secuestro de Caracol Radio, les ofrece a 2.801 plagiados la esperanza de un contacto virtual con su familia. Myriam de Mora le envía mensajes por esa vía a su hijo, secuestrado en 2006.

Una noche en las voces del secuestro

Por: Sinar Alvarado.

Vienen de soportar el frío de la madrugada, de atravesar dos puntos de control con vigilantes, cámaras y detectores de metales. Luego caminan por corredores solitarios, entre oficinas y vestíbulos abiertos que duermen en la oscuridad. Cuando llegan al piso nueve del edificio vacío, los periodistas encienden luces, aparatos y pantallas: se preparan para arrancar. Y mientras el reloj de la cabina marca las dos y veinte, cuando el televisor número uno muestra imágenes de un partido de fútbol femenino, Herbin Hoyos, el conductor del programa, se sienta ante su micrófono para iniciar la transmisión en vivo de los casi cuarenta telegramas llorosos que compondrán esta noche Las voces del secuestro.

Sentado, dando la espalda a una sala de redacción en penumbras, Herbin coordina desde su puesto al equipo que lo acompaña (María Isabel, Catterinna, Andrea, Lina, Jenny y Carlos). Justo en el centro de la cabina hay una gran mesa en forma de V. Ubicado en el vértice, bajito y locuaz, con un pantalón repleto de bolsillos y forrado por una gruesa chaqueta que le aprieta el cuello, el conductor va pidiendo datos y dando órdenes a las muchachas.

—¿Todo listo, pregunta Hoyos mientras repasa los rostros con su mirada. ¿Me tienen los primeros a tiro?

Todos miran sus computadores, revisan mensajes que llegan por correo electrónico, por teléfono, por chat. Y los van pegando en una hoja de Word que será la bitácora de la jornada, con los datos de la persona que llama, el nombre del secuestrado a quien irá dirigido el mensaje, el lugar y la fecha exacta de su desaparición.

Un jingle sale de los parlantes repitiendo un estribillo que pide "ya no más". Herbin engola ligeramente su voz y empieza, como cada madrugada de domingo, enviando un saludo desde el edificio de Caracol Radio a esos miles de cautivos que, según dice, "nos escuchan a esta hora en las montañas de Colombia".

Cada fin de semana algunos familiares de rehenes acuden a esta cabina como invitados. Aquí leen sus mensajes sin depender de la lotería a la que usualmente los somete el sistema de llamadas. Existen casos de gente que llama, se comunica, permanece una hora esperando turno en la línea y de pronto la comunicación se interrumpe. Entonces, después de llorar y maldecir tan mala suerte, el paciente corresponsal vuelve a discar y a formarse en la larga fila de los que ansían un momento al aire.

Se necesita que el conmutador reciba mil cien llamadas simultáneas para que colapse, y en fechas como el Día del Padre o de la Madre, el Día del Amor y la Amistad o en Nochebuena, esa desproporción ha ocurrido.

Esta noche han venido varios. Está Emperatriz Guevara, una anciana que viste de negro cerrado, sus cabellos color plata, que guarda luto por la muerte de un hijo al que aún no ve (Julián Ernesto Guevara, secuestrado el 11 de enero de 1998, muerto en poder de la guerrilla y cuyos restos todavía no devuelven). Cuando interviene, Emperatriz lee un largo preludio de su mensaje: "buenos días doctora Íngrid, buenos días Álex y Beto, buenos días abuelitos, buenos días James Silva, buenos días…". Así va repasando a casi todos los secuestrados que conoce, los más populares o lo más mencionados, o simplemente esos cuyas familias son más activas en la larga cadena de interesados que se han vinculado a este programa en los últimos trece años. A fuerza de compartir causa y desvelos, esta gente ha formado una comunidad de militantes. Todos se conocen, se llaman, se saludan.

También están Rafael Mora y su esposa Myriam, que se sumaron a "las voces" desde que su hijo mayor (Juan Camilo Mora, administrador de 27 años, secuestrado el 19 de enero de 2006) fue raptado por un par de supuestos policías en un edificio de Santa Cecilia, en el occidente de Bogotá. Ella se aprieta las manos, parece que espanta el sueño cuando mueve con velocidad sus grandes ojos abiertos:

—Desde entonces a nosotros la vida se nos ha vuelto esto: pegarnos al teléfono los domingos en la madrugada para mandarle un mensaje a Juan Camilo, y volver a llamar una o dos veces por semana para grabar otro mensaje si no hemos podido comunicarnos el fin de semana.

Lo más cercano a una prueba de vida que los Mora han recibido fue precisamente una llamada. Entró al celular de Myriam el lunes 27 de agosto a las dos y treinta y cuatro de la tarde, y como ella no pudo responder, esta fue a parar al buzón. En el mensaje se oyen algunos gritos, frases que parecen ser órdenes apresuradas. Y se escucha con toda claridad el tableteo, el tatatá de ametralladoras o fusiles o quién sabe qué armas que escupen balas en medio de un combate. Se perciben respiraciones agitadas, movimientos, prisas. Y se sospecha que alguien, el que llama, quienquiera que sea, levanta el teléfono en algún punto lejano de la selva para transmitir esos sonidos, ese mensaje urgente deseando que acá, en este extremo de la línea, haya un corresponsal con la oreja pegada al aparato: escuchando.

Esta noche ha venido, además, la familia del teniente coronel Luis Mendieta (secuestrado el 1° de noviembre de 1998), que representa algo así como el paradigma del activismo antisecuestro: son protagonistas de un documental dirigido por el periodista Jorge Enrique Botero; Jenny, la hija del coronel, trabaja como voluntaria en el programa; su madre, María Teresa, ha viajado a Venezuela y se ha reunido con Hugo Chávez en medio de las gestiones que buscan un intercambio humanitario.

Junto a todos ellos, sin familiares cautivos, pero venidos acá por pura solidaridad, los tres policías cantantes: unos hombrazos duros, de actitud marcial, que sin embargo se ablandarán en las próximas horas.

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La oficina de Herbin Hoyos, ubicada a solo diez cuadras del edificio de Caracol Radio, tiene todas las paredes tapizadas con diplomas y placas de reconocimiento. La mayoría de los carteles habla de labores humanitarias, del trabajo que esta organización, liderada por él, hace por los secuestrados, por la erradicación de minas, por casi cualquier cosa que tenga algo que ver con la guerra colombiana. Sobre las mismas paredes abundan, también, las fotografías: Herbin en Afganistán, en Gaza o en Irak, siempre protegido por un grueso chaleco; Herbin ligeramente agachado, sonriente, abrazando con orgullo al difunto Yasser Arafat.

Sentado detrás de su escritorio, atendiendo con frecuencia uno de sus tres celulares, Herbin —ahora, de día, vestido de saco y corbata— narra el episodio que dio origen al programa. Cuenta que él mismo fue secuestrado por las Farc después de una "invitación" que le hicieron en el mes de marzo de 1994. Que se lo llevaron para que asistiera a una cumbre guerrillera, para que saliera del monte con un mensaje de los insurgentes dirigido a la opinión pública.

En una de sus primeras noches cautivo, en las montañas del Tolima, Herbin fue conducido a una choza donde había otros secuestrados. Allí, confundido en la oscuridad, vio a un anciano que se guarecía bajo un cobertizo; un refugio precario donde el viejo, enroscado sobre sí mismo, se aferraba a un pequeño radio, matando así las horas de ocio. Fue él quien le preguntó al periodista recién llegado por qué los medios de comunicación no hacían algo para los rehenes.

Herbin se reclina en su silla, se acomoda la corbata y dice con cierta solemnidad:

—A partir de ese momento yo no pude dejar de pensar en las palabras del viejo.

Así transcurrieron sus dos semanas en poder de la guerrilla: durmiendo mal en campamentos de paso, caminando entre la maleza, atravesando ríos sobre puentes hechos con troncos caídos. Hasta que el ejército les dio alcance. Hasta que se produjo una breve escaramuza y los guerrilleros, desesperados por escapar de sus perseguidores, decidieron abandonar al reportero allí mismo.

—Apenas regresé hice un programa donde conté mi secuestro, y empezaron a llegar decenas de llamadas.

Desde esa emisión, explica Herbin, Las voces del secuestro ha reunido un equipo de trescientos colaboradores en todo el país, con corresponsales, investigadores y productores. Un conjunto que ha realizado poco más de setecientas emisiones y ha recibido casi 320.000 llamadas, mientras en más de un centenar de países una red de emisoras repite la señal. Además, el grupo mantiene un portal con noticias y estadísticas de secuestros en Colombia, y el programa completo forma parte de diversas iniciativas no gubernamentales en el área de Derechos Humanos.

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A las tres y nueve de la madrugada, cuando el televisor número dos entrega a Paris Hilton, risueña, despreocupada, bajando de su Jaguar, Herbin lee media docena de nombres como quien pasa lista de asistencia. Así les avisa a esos secuestrados, en caso de que estén escuchando, que en los próximos minutos algún familiar les hablará. Todos los que llaman, para no repetirse ni olvidar datos importantes, sin improvisar, aplican la técnica del mensaje leído. La mayoría recurre a la religión, eleva plegarias y recomienda a los cautivos que se armen de paciencia y confianza en Dios. Que resistan, que no desmayen, que en algún momento tendrá que producirse la liberación. Hablan como esos bomberos que, frente a las llamas, sí, queriendo socorrer a la víctima atrapada, pero viendo el infierno desde afuera, dicen con una ética difícil que jamás podrá ser justa: aguante, amigo, no salte.

Acá, en los treinta metros cuadrados de la cabina, salvo en los recesos esporádicos, domina una atmósfera de abatimiento. Cuando los televisores regalan postales del mundo libre, cuando las muchachas cruzan chismes e historias, al ambiente se relaja enseguida, y esos latigazos alegres parecen diluir por momentos la pureza del pesar.

Hay quienes llaman y envían a sus familiares breves reportes del mundo negado. Que las ciudades han crecido mucho, que hay nuevas vías y centros comerciales enormes; que se casó la prima Julia, la hija del tío Miguel; que tu hijo menor, querido Pablo, nos ha salido medio flojo pa‘ los estudios, pero ahí va; que todos en el barrio me preguntan por usted, que no lo hemos olvidado; que te sigo siendo fiel; que después de tantos años, papá, me ha crecido una barba igualita a la tuya. Y que aguanten, les insisten.

A medida que siguen llegando llamadas, estas van dibujando en alta resolución el mapa de la república. Desde Remedios, desde San Carlos, desde Caucasia y San Luis, desde todos los municipios; desde Medellín, Paipa y Riosucio acuden los infinitos reportes del miedo. Y no hay, no parece haber rincón de Colombia seguro para nadie. Ni siquiera en los cielos: en el transcurso de la noche llegará una llamada para el senador Jorge Gechem, secuestrado el 19 de febrero de 2002 en un avión de la aerolínea Aires que cubría la ruta de Neiva a Bogotá.

Y Herbin cuenta la historia de aquella inocente reportera japonesa, que llegó una noche a reseñar el programa y, mientras escuchaba a decenas de madres, maridos, hermanos y amigos que se iban comunicando a través de las diez líneas telefónicas, la enviada no entendía tanto alboroto y se atrevió a preguntar quién era ese secuestrado importantísimo al que tanta gente llamaba para saludar. Se quedó como de piedra y soltó una lágrima cuando Herbin y las muchachas —ay, cómo te lo explicamos— le dijeron que no era un secuestrado: que cada llamada, querida colega, corresponde a solo una de las 2.801 personas (es la cifra actual de prisioneros en manos de la insurgencia, según las estadísticas de la Fundación País Libre. El año 2000 fue el que más registró secuestros, con un total de 3.572. Y en doce años, desde 1996, el gran total suma 23.666 ciudadanos privados de su libertad) que a esta hora mueven botones y perillas en algún rincón de la selva para sintonizar este programa.

Y que no se sabe, mientras no aparezcan o den señales de vida, si de verdad cada destinatario está escuchando.

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El propio Herbin, lo sabe poca gente, también fue un guerrero. Pagó el servicio militar, y como soldado tuvo que enfrentarse a tiros con algunos miembros de esa guerrilla que ahora, veinte años más tarde, mantiene cautiva a la audiencia de su programa. Cuando recuerda su paso por el ejército —unas noches más tarde, cuando comamos una pizza juntos—, Herbin luce evidentemente incómodo: no es este el trabajo que le genera más orgullo dentro de su hoja de vida. Pareciera, incluso, que el antiguo combatiente, convertido en hombre de radio, intentara lavar su pasado violento con estas labores humanitarias.

Después de salir del ejército, Herbin se fue a España a estudiar periodismo. Y en un viaje de vacaciones que hizo con un amigo a Irak, empezó su carrera de reportero de guerra cubriendo informalmente la Guerra del Golfo. Desde aquella primera aventura, saltando entre varios países, pero siempre radicado en Colombia, Herbin Hoyos ha desarrollado toda su carrera ligado al mundo de la guerra, metido de cabeza en el conflicto.

En todo momento, no importa el día ni la hora, los celulares de Herbin siguen timbrando. Uno de los aparatos lo usa exclusivamente para comunicarse con los familiares de los secuestrados; resuelve a través de esa línea todo lo que tenga que ver con el problema de los prisioneros. Además de conductor del programa radial, Hoyos es una especie de gestor, de negociador de rescates, de enlace entre las familias y la guerrilla de las Farc.

Desde que recibió un atentado en 1998, Herbin debe desplazarse siempre seguido por un par de guardaespaldas. Casi siempre viaja a bordo de una camioneta blindada; o solo, en una moto enorme, pero siempre acompañado por ese par de tipos sigilosos.

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En el televisor número tres, a las cuatro y cuarto de la mañana, un centenar de mujeres chinas se ejercitan en una tranquila plaza de Beijing. Mientras se interrumpe el programa durante cinco minutos para que un periodista lea algunos titulares de noticias, todos aprovechan para tomarse un descanso.

Al volver del receso canta un agente de la policía de carreteras. Canta y llora, se le quiebra la voz cuando entona un verso de esa tristísima tonada, de las más tristes que ha podido escoger, que se llama Mi viejo. No se asoman intentos de humor durante la transmisión. Nadie ríe al aire, nadie hace un chiste. Todos los mensajes llevan melancolía, nadie se atreve a bromear. En el mejor de los casos, las comunicaciones son joviales y esperanzadas, pero, concentrados en la seriedad de la desgracia, ninguno de los que llama parece considerar apropiada una dosis de irreverencia.

Son las cinco y veintinueve cuando el televisor número uno exhibe escenas que muestran a dos hombres en batas fabricando quesos en un galpón inmaculado. Quedan sonando, entre tantos reportes del terror, algunos casos. El de Delio Arango (63 años, secuestrado el 29 de agosto de 1996), el de esa pareja de ancianos que todos llaman "los abuelitos": Gerardo y Carmenza Angulo, secuestrados el 19 de abril de 2000 en La Calera. O el de Jaime Salem, que llamó desde los Emiratos Árabes para leer un mensaje a su hijo Mahmud (secuestrado en Santa Marta el 3 de enero de 2000).

En la sala de redacción que está al lado de la cabina, tres reporteros han llegado hace veinte minutos para empezar a cubrir el primer turno de noticias. Por las grandes ventanas ya se mete la luz de la mañana, se ve el tráfico todavía ligero que empieza a trajinar la carrera séptima. Herbin y las chicas bostezan, hablan con deleite del desayuno que en pocos minutos comerán. Bromean, se va relajando el ambiente de pesar.

Después de que dos policías ejecutan un dueto improvisado, Herbin empieza a despedir el programa. Uno a uno repasa los nombres de todos los integrantes del equipo de producción, y recuerda que seguirán transmitiendo mientras haya secuestrados en el país. Admitiendo, quizá sin verlo de ese modo, que también ellos, quienes hacen el programa, están atrapados: que también viven atados por el secuestro. Que seguirán acá durante las madrugadas frías y solitarias de cada domingo, que "las voces del secuestro" son también las suyas. Y que solo, repite Herbin, "el día que liberen al último secuestrado, ese día se acaba este programa".

Antes no.