Zona crónica

Visita al forense más famoso del mundo

Por: Texto y fotos Marco Rivera

A Vidal Herrera lo apodan “el Muerto” y es, de lejos, el especialista en autopsias más famoso del mundo. Tanto que los guionistas de populares series de televisión —de CSI a Criminal Minds— le piden que los asesore. SoHo lo buscó en Los Ángeles para conocer cómo vive alguien que trata todos los días con la muerte.

Death is not the end, dice la canción de Bob Dylan, disculpando la cursilería. Pero para pocos la frase es tan cierta como para Vidal Herrera, alias “el Muerto”, especialista en autopsias de Los Ángeles, California. Donde nosotros los mortales comunes y corrientes encontramos la terrible finalidad de la muerte, técnicos de autopsia como Herrera, nacido en 1942, ven apenas el principio de una larga jornada, una historia por escribirse, un fascinante viaje en pos del significado último: ¿qué causó nuestra muerte? Una búsqueda casi mítica de la verdad más allá de las apariencias. Una intriga por desentrañar, con un misterio oculto bajo la sórdida fisicalidad de tejidos, órganos, músculos, tendones, fluidos, texturas… elementos aislados de un relato por construir, una verdad que espera ser desvelada.

Vidal es una suerte de superestrella en el mundo de las autopsias privadas. Ha realizado nada menos que unas 12.000 para su empresa, líder en el rubro, bautizada con un nombre que no tiene pierde: 1-800-Autopsy. La firma es promocionada como una compañía especializada de tanatología. Su lema: “Debemos proteger a los muertos y darles una voz”, según reza su folleto. El alcance de su reputación ha trascendido no solo las fronteras estatales de California sino las de Estados Unidos, pues sus servicios han sido solicitados para casos ocurridos en México, Canadá, Australia, Colombia, Japón, Indonesia y China.

¿Qué buscan sus clientes? Por lo general, una segunda opinión; algo esperable si consideramos que el 49 % de los diagnósticos originales son errados y que un 18 % de las muertes que ha analizado Vidal se produjeron por negligencia médica. Herrera y Cía. proporcionan en estos casos la certidumbre necesaria para poder llorar al ser perdido con un sentido de cierre. Por otro lado, no faltan los que buscan fundamento médico para demandas frívolas o retirarle un diente de oro al cadáver.

Su página web usa términos especializados misteriosos y macabros, como “diagnóstico neurológico post mortem”, “mesothelioma” u “obtención de cerebro y médula espinal”, pero en realidad lo que ofrece Herrera es desentrañar el misterio de la narrativa oculta del cuerpo muerto.

La pericia de Herrera es tal que se ha convertido en el hombre al que hay que acudir (el go-to guy) en materia forense para toda compañía productora de cine o televisión que pretenda hacer una serie o película sobre criminología con un mínimo de credibilidad. La asesoría del señor Herrera es un lujo codiciado en estos tiempos de casi pornográfica fascinación mediática con la medicina, como atestigua un pelotón de producciones: Bones, Criminal Minds, NCIS y la pionera moderna del género, la franquicia CSI. Dos o tres veces por semana tiene que garantizar, con su opinión especializada, la veracidad de guiones y actuaciones relacionadas con el medio forense. El guionista podría, por ignorancia, no haber previsto la cantidad de sangre que produciría una incisión, o una actriz podría sostener de manera timorata el bisturí o no aplicarlo en el ángulo apropiado.

La pared frente a su oficina funge justamente de micromuseo de esta faceta de su trabajo, con sendos autógrafos del elenco de House, Crossing Jordan y NCIS. Pero la relación de Vidal con la industria del espectáculo no siempre es tan cordial. Él mismo tuvo que vetar un intento de llevar su vida a la pantalla grande, debido a que la compañía cinematográfica se rehusó a satisfacer la única condición que imponía Vidal para dar su autorización: que el actor que lo encarne fuera latino. La productora tenía ya en mente a una superestrella nada latina para el rol: Will Smith. Los gringos siguen esperando.

Will Smith no olvidó el desplante. Cosas del destino quisieron que años más tarde ambos coincidieran en otro proyecto, cuando se le encargó a Herrera entrenarlo en procedimientos de forenses y trabajo con cerebros en la mesa de disección, para el film Concussion. Debía realizar autopsias de verdad junto al actor. Al ser presentados, Smith le dijo: “Así que tú eres el que me rechazó”.

Herrera ha encontrado en la actualidad la fórmula perfecta para mantener más distancia en su relación con Hollywood. Creó MorguePropRentals.com, una subdivisión de su negocio dedicada al alquiler de utilería para filmaciones: materiales de morgue, depósitos de cadáveres, mesas de autopsia de acero quirúrgico… incluso habilitó una réplica exacta de una sala de autopsia como set en uno de los depósitos de su local.

En la ficción y en la realidad, el objetivo siempre es el mismo: darles voz a los que no la tienen. Porque los cuerpos cuentan una historia, dice Vidal. Los cadáveres hablan a través de especialistas como él. En la mesa de disección, la muerte es convertida en un umbral hacia el descubrimiento de la verdad: el establecimiento de una causa de muerte (o COD, por su sigla en inglés, cause of death), la desestimación de diagnósticos previos, la satisfacción para familiares necesitados de respuestas.

1-800-Autopsy fue instituida a fines de los años ochenta, justamente para responder a estos interrogantes y para llenar un vacío que el sistema oficial ha renunciado a cubrir por falta de recursos. Los médicos legistas públicos antiguamente efectuaban autopsias para el 50 % de las muertes ocurridas en Los Ángeles, pero hoy por hoy las limitaciones presupuestales han reducido esa cifra dramáticamente a un 2 %. Todo esto, mientras 290 personas mueren a diario en la ciudad. El mercado cautivo existía, solo esperando que alguien llegara a hacer su agosto.

Y ese alguien fue Vidal Herrera.

El conocimiento para hacerlo lo aprendió empíricamente, desde los peldaños más elementales de la profesión forense. Desde sus inicios como ayudante sin sueldo en el depósito de cadáveres de un hospital público hasta su paso estelar por la Oficina del Forense del Condado de Los Ángeles, Vidal amasó un espectacular manejo del rubro.

Pero sería procesando escenas de crimen para el condado que Vidal se ganaría el significativo apodo que lo acompaña hasta hoy, reflejo de su identificación casi total con su especialidad laboral: el Muerto. En los años setenta, era uno de los contados especialistas latinos que trabajaban para las fuerzas del orden público. Su capacidad de comunicarse en español con los familiares de las víctimas en las escenas de crimen que procesaba le dio notoriedad entre sus colegas gringos, que empezaron a llamarlo así: “Muerto”, en español: where is Muerto? Bring on el Muerto.

De padres mexicanos, pero criado en un hogar de acogida durante su infancia, paradójicamente (y terriblemente), Vidal había sido forzado a renunciar a su español por sus padres sustitutos, quienes no encontraron mejor idea que encajarle un reglazo cada

vez que hablaba en su idioma. English only! era el mantra de estos hijueputas, que efectivamente tuvieron éxito en reprimir su bilingüismo. Cuando regresó a vivir con su madre biológica, no pudo recuperar tampoco el dominio del español, porque la doña, dice él, se reía de su hijo cuando intentaba hablar en español chapurreado.

Milagrosamente, entonces, le nacía hablarlo de manera espontánea para comunicarse con los familiares confundidos o compungidos que encontraba en su trabajo. Sin inhibiciones ni amenazas ni vergüenza. Chicano militante en su juventud (es decir, estadounidense de ascendencia mexicana orgulloso), es consciente de la privación de derechos que padece el inmigrante hispanohablante y esta era una forma de reivindicar su comunidad: darles voz a los que no la tienen.

MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

El truculento mundo de las autopsias, con sus procedimientos escrupulosos, sus rituales minuciosos, la cartografía de incisiones, conforma una versión moderna de un lenguaje divinatorio, férreamente anclado en la ciencia y en un conocimiento meticuloso del cuerpo humano. Para profesionales tan obsesivamente dedicados como Herrera o su protegido y potencial sucesor, Édgar Artigas, toda la muerte es un lenguaje que se vive incluso como un festín sensorial. Hay pasos de este ritual que se podrían llevar a cabo hasta con los ojos cerrados. El tacto solo, me dice Artigas, de por sí les brinda información relevante sobre el estado de los órganos y la salud del occiso. Aun los aromas percibidos una vez que se practica la incisión rutinaria en forma de “Y” para abrir el tórax son portadores de datos significativos, agentes de transmisión de conocimientos sobre el cuerpo examinado. Édgar hasta puede oler el cáncer y sus diferentes formas.

Para ambos investigadores, esta familiaridad, esta contigüidad con la muerte es una pasión intensa, paradójicamente vital. En Édgar, es una continuación lógica de su pasión por la ciencia y las matemáticas y de su formación académica en la Ucla (Universidad de California, en Los Ángeles); en Vidal, es la coronación de una colorida trayectoria digna del cine negro.

Vidal Herrera surgió de las canteras de la Oficina Forense del Condado de Los Ángeles, bajo la supervisión de Thomas Noguchi, apodado el “Forense de las Estrellas”, quien podría considerarse su antecesor en cuanto a presencia mediática. Tras una rigurosa formación que incluía instrucciones como limpiar paredes embarradas de fluidos humanos o cumplir tareas con los ojos cerrados, pasó de voluntario a asistente (diener, por el alemán leichendiener, “sirviente del cadáver”, el peldaño más bajo en la escala del mundo forense) y después a investigador forense adjunto de campo. Corría el final de los años setenta, un periodo de criminalidad rampante en las grandes metrópolis estadounidenses, con Los Ángeles aterrorizada por asesinos en serie que parecerían salidos de los programas de televisión para los que Vidal ahora da asesoría. Y todos ellos, apodados con siniestros apelativos, como “el Estrangulador de la Colina” o “el Acosador Nocturno”. Acaso la contribución más espectacular de Vidal fue el descubrimiento de la huella digital que condujo a la identificación del infame Richard Ramírez, “the Night Stalker” (el Acosador de la Noche).

Luego, en 1984, el pico de su carrera como investigador fue sucedido por un evento trágico que marcó su vida para siempre. Vidal se encontraba procesando una escena de suicidio. Parecía una escena más. Pero al intentar levantar el cuerpo de la víctima, de unos 130 kilos, sufrió una grave lesión en la columna. Declarado oficialmente discapacitado como consecuencia, fue forzado a una jubilación adelantada y a vivir un infierno de rehabilitación, postración en una silla de ruedas, dependencia de los analgésicos, desempleo, síndrome de estrés postraumático… La espiral parecía irreversible.

LA MUERTE LE SIENTA BIEN

El cuartel general de 1-800-Autopsy es todo un santuario erigido en honor a la idea de la muerte. Estantes, sillas y escritorios tienen un esquema basado en rojos y negros, los colores de la compañía, que representan sangre y muerte. La decoración contiene las tradicionales calaveras del ilustrador mexicano José Guadalupe Posada, afiches del grupo de rock Grateful Dead, una reproducción de la carátula del álbum In Utero de Nirvana (no sé si por el arte alusivo o por el suicidio de Cobain) y pósteres de películas gore. Una aglomeración de ataúdes en miniatura ocupa la sala de recreo: son los envoltorios en que enviarán regalos a sus clientes.

Quizá sea una válvula de escape para justamente mantener la cordura en medio de tanta muerte. A una tasa de 750 casos por año, unos 20.000 muertos han pasado por la sala de autopsias de la compañía: desde cuerpos NN hasta celebridades como Marvin Gaye o Dennis Wilson, el baterista y niño bonito de los Beach Boys. Desde casos de rutina hasta verdaderos desafíos profesionales.

Édgar Artigas recuerda el peor: determinar, a instancias de los familiares, si un hombre atropellado por un tren había cometido suicidio o si había sido asesinado. El cuerpo, arrastrado por las vías del ferrocarril, había quedado tan despedazado que llegó en nueve bolsas. Realizar la autopsia, que por lo general toma unos 90 minutos, en este caso se prolongó a una maratón de cuatro días. Y de nuevo, el cuerpo como una historia en espera de un narrador: el técnico en autopsias establece, por ejemplo, si un dedo mutilado pertenece a la mano izquierda o derecha, solo con fijarse en la orientación del vello.

Los profesionales de 1-800-Autopsy no le hacen ascos a un reto. Mientras converso con Vidal, llega de visita un antiguo colega para pedirle un favor: retirarle el marcapasos a un cuerpo que va a ser cremado. Este escriba, ignorante en la materia, se entera de que la batería de un marcapasos haría explosión si permaneciera en el cuerpo sometido al proceso crematorio. Como si fuera lo más normal del mundo, Herrera se ausenta por unos diez minutos y regresa triunfal, con una suerte de trofeo para alardear: el corazón del finado pesaba el triple de lo normal.

El humor es un sano antídoto para aligerar esta cotidianidad tan cercana a la muerte. Las formas que adquieren sus hobbies lo delatan: a lo largo de los años ha coleccionado suficiente parafernalia forense de segunda mano para armar cuatro salas de autopsia y, como una forma de pasar el tiempo, adapta ataúdes para convertirlos en sofás.

Es como un círculo vicioso: todo regresa al tema de la muerte, y de pasada se convierte en una ramificación del negocio. A la lucrativa agencia de alquiler de accesorios para cine y televisión, ahora se suma CoffinCouches.com, la venta de sofás-ataúd. El primero apareció en un episodio de True Blood y a la fecha ha vendido más de 200, nada menos que a 6500 dólares (casi 20 millones de pesos colombianos). Las ganancias van a fines benéficos.

MAGICAL MISERY TOUR

Mi visita se cierra con un tour por las instalaciones de la empresa. Vidal y Artigas me muestran un ejemplar de sofá-ataúd y otro en construcción. Y luego, con orgullo, el depósito de cadáveres y la sala de autopsias. El aroma del formaldehído me nubla la mente durante segundos, mientras caigo en cuenta de que Édgar abre una de las cámaras del frigorífico y me muestra un cadáver. Envuelto en una mortaja llena de pliegues, el cuerpo parece indefenso y anónimo, desprovisto de identidad. Al ojo, Édgar puede establecer su estatura, su peso y que es una mujer.

Al otro extremo de la mesa de autopsias, una cámara digital almacena la documentación del trabajo del día. A la derecha de la mesa de disección, un estante atiborrado de frascos con cerebros destinados a análisis neurológico. Hacia el fondo de un depósito contiguo, un estante con las muestras que por procedimiento se toman de cada órgano extraído.

Al otro extremo de la cámara fotográfica, que apunto para interponer alguna barrera entre la muerte y yo, Artigas describe, didáctico, el contenido de uno de estos frascos. Me explica que eso que parece una crema rosada cruzada con superficie lunar, marcada por dos blandos cráteres en miniatura, no es sino una muestra de las impresiones que deja el tacto sobre un pulmón con enfisema. En estos trocitos de muerte en los que solo puedo ver recordatorios de horror ante el vacío de la inexistencia, Artigas y Herrera ven vías de acceso hacia la verdad última.

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