El artista colombiano celebra veinte años de carrera con Migratio Animae, una exposición en el Centro Cultural del Ferrocarril en Pachuca, Hidalgo. Su obra, entre la escultura, la tecnología y la introspección, se ha convertido en una cartografía viva que conecta territorios y sensibilidades.
El viaje artístico de Joaquín Restrepo no se mide únicamente en kilómetros recorridos ni en ciudades visitadas, sino en estaciones interiores. Su proyecto Cartografías de la memoria ha tejido un mapa personal y colectivo a lo largo de dos décadas, donde cada exposición es una parada que oscila entre lo íntimo y lo universal. Desde Amor Fati —nacida como aplicación móvil en plena pandemia— hasta Migratio Animae, su más reciente instalación en Hidalgo, el artista ha transformado lo virtual, lo físico y lo ritual en un solo lenguaje: el de la condición humana.
En Migratio Animae, Restrepo sitúa sus esculturas en la carrilera del Centro Cultural del Ferrocarril de Pachuca, un lugar cargado de memorias de tránsito, despedidas y regresos. Para él, la obra es un espejo que refleja tanto los movimientos geopolíticos del mundo como los desplazamientos interiores de cada individuo. “Migrar es abrir la puerta con la esperanza de lo nuevo, pero dejando atrás partes de uno mismo. Decir adiós duele”, confiesa. Y en ese duelo, el arte se convierte en un ritual para derribar fronteras visibles e invisibles.
Sus piezas han dialogado con espacios tan diversos como un apartamento de J Balvin en Medellín, un claustro en Bogotá, un panóptico en San Luis Potosí o la base de la gran pirámide de Cholula. En cada contexto, Restrepo adapta su obra a la arquitectura, pero la verdadera conexión surge del núcleo humano: la memoria, el miedo, el encuentro, la pérdida. “No me interesa imponer las esculturas en un lugar; busco que respiren con el entorno y se vuelvan inseparables de él”, afirma.
El equilibrio entre la tradición escultórica y la innovación tecnológica es otra constante en su práctica. Aunque recurre al modelado 3D, la inteligencia artificial y la realidad virtual, nunca abandona el trabajo manual: el metal fundido, la madera, el barro. “La tecnología no sustituye, acompaña. Para mí, la tradición es el corazón. El taller es donde la obra encuentra su piel, con todo y la huella del error humano”, explica.
Lejos de concluir, el viaje de Joaquín Restrepo continúa expandiéndose. Lo que viene, asegura, no es tanto una cuestión de velocidad como de permanencia: que sus esculturas se conviertan en parte de la identidad de los lugares que habitan. “Si dentro de diez años alguien no recuerda un dato, sino una sensación, un silencio, un gesto… entonces la obra habrá cumplido su propósito.”
Con más de noventa esculturas viajando entre continentes y memorias, Restrepo sigue sembrando presencias en cada estación. Sus obras, como los templos antiguos, parecen haber estado siempre ahí: quietas, respirando, esperando a ser descubiertas.