Gardeazábal mete la mano en el costal más raro del poder y saca bolsitas hediondas con curas temblorosos, adivinas encarceladas y políticos que tienen chamanes de cabecera. Una crónica sobre este país en el que se busca que la brujería tumbe gobernadores y proteja a narcos.
Por Gustavo Álvarez Gardeazábal
Yo, que no creo ni en mi propia imagen frente a un espejo, no he sido ni de adivinos ni de brujos, pero por mi oficio de consejero de poderosos, he tenido que verificar episodios de esa índole y creer en lo que veo. Más aún, tengo dos experiencias de haber sido objeto de esos maleficios con distintos resultados y, respetuosa pero incrédulamente, las registro. Además, otras dos en las que pude verificar tanto el poder adivinatorio como la fuerza de la maldad contra un ser humano.
El primero de ellos sucedió cuando yo era un político en ascenso y estaba de gobernador del Valle en 1998, luego de obtener —hasta entonces— una increíble cantidad de votos, derrotando a la vaca sagrada de Carlos Holguín Sardi, a quien bajaron de ser candidato presidencial para que me ganara. Fue una gobernación que apenas duró dieciséis meses. Me metieron seis años y medio de condena por un dizque enriquecimiento ilícito de particulares —ni siquiera como funcionario—, bajo la acusación de haber vendido, siete años atrás, una estatuilla. Se trataba de una pieza que Quintero, el galerista barranquillero, me regaló en una avalancha de afecto a la que no correspondí, y que terminó adquiriendo una de las esposas de los señores de Cali. La estatuilla hoy, después de recomprarla, está en Tuluá, en el Museo de Taponcho. Buscaban atajarme para que no fuera más arriba y, como no me mataron, me suicidaron legalmente.
Pues bien, a quien me sucedió en el Palacio de San Francisco, Juan Fernando Bonilla, le tocó estrenar el penthouse adjunto al despacho de la Gobernación, con jardín incluido en el piso 14, que yo no alcancé a usar; pero como estaba casado con su prima María Cecilia, acuciosa profesional que creía en maleficios y amuletos, antes de usar el tal penthouse, lo mandó a examinar por una experta en poderes y misterios —una doctora Casas, quizás— quien, hurgando en paredes nuevas y jardines incrustados, dijo haber encontrado un par de bolsitas con los sortilegios que dizque me causaron la victimización y la destitución como gobernador. No recuerdo el inventario completo de la experta sobre el contenido de las bolsitas de tela. Sin embargo, me dio mucha risa que, además de hierbas, minerales, huesos y menudencias malolientes, hubiesen incluido un condón; seguramente quien hizo la brujería presumía que yo podría comerme un culo envenenado.
Ese penthouse, con la ayuda de piedras multicolores que atraen fuerzas magnéticas, debió haber quedado limpio. Sin embargo, hace unos tres años, cuando Clara Luz Roldán ejercía la gobernación y los males oncológicos, cervicales y estomacales la envolvían junto con la emergencia del covid y el estallido social, buscó un exterminador de brujerías. Fue un santo sacerdote católico quien, cruz en mano, exorcizó muebles y paredes. Dentro del baño principal —que había sido reparado una vez más cuando Dilian Francisca terminaba su mandato—, el cura exorcista y los obreros de mantenimiento hallaron tamaña bolsita con los mismos vahos malolientes de casi siempre. Poco después, en un sofá recién puesto por esos días, encontraron otra bolsa de tela con brujerías de menor calidad, ya que contenía hasta papelitos con el nombre de la gobernadora y de sus colaboradores más cercanos para causar el mal. Al verificar la información en tres fuentes diferentes, todos coinciden en que cuando destaparon el amuleto, el cura exorcista tembló y se oyó algo así como un rugido demoníaco.
En Colombia, mientras la Inquisición española arrasaba con las creencias indígenas, los dioses y las religiones de los esclavos y desde los púlpitos trataban de encontrar en la Nueva Granada brujas de la Edad Media europea, el vulgo le fue dando poco a poco carta de reconocimiento a la hechicería nativa de indios y negros. Sería un absurdo, pues, que quienes ejercen el más repetido y ancestral de nuestros oficios, el de la política, fueran a quedar exentos de ella. La tradición verbal se ha encargado de que esa conjunción entre políticos y brujería trascienda más allá de los marcos en los que se efectúa. La solemnidad con la que se redactaron siempre los periódicos y las revistas en este país, donde una de las condiciones para ser presidente era haber ejercido de poeta castizo, impidió que las noticias que confirmaban la presencia de la brujería tuviesen el sello de verdad que daba la letra impresa. Por eso, no se sabe cuántos miles de gobernantes, congresistas y candidatos han utilizado y sufrido o logrado las consecuencias de esos maleficios o hallado el portal para poder entrar en contacto con el más allá.
En algunas regiones donde la influencia de las culturas indígenas o afro ha entrado en combinación permanente por siglos en los comportamientos sociales, la presencia de brujos, hechiceros, adivinos y chamanes o babalaos ha sido más fuerte y contrastante. La cercanía o lejanía geográfica con los chamanes de la Amazonía o con los zánganos de la costa Pacífica o los sabedores de la Sierra Nevada impregna o destiñe los efectos dentro de la tradición social que los busca o los sufre. La clandestinidad que conlleva la búsqueda del brujo de cabecera o del amuleto eficaz lleva encerrada, obviamente, la esperanza del éxito, pero protege en silencio tanto a los que obtienen beneficio como a los que causan mal en persona ajena. Algunos políticos y gobernantes que atribuyen esos logros conseguidos a manos de la brujería callan para siempre o en sus borracheras íntimas lo cuentan y hasta recomiendan los servicios del nigromante de cabecera.
Sin embargo, como el uso de la brujería arrastra la utilización de apelar al lado oscuro de la existencia, los escrúpulos de conciencia se pierden al ordenar el maleficio o conseguir el amuleto para causar daño, lo que convierte a los usuarios de la hechicería en integrantes de los ejércitos de Lucifer o del Mandinga. Muy distintos son los que caen en el deseo humano de averiguar el futuro y buscan con igual empeño a los adivinos que les escrutan el porvenir. Al hacerlo no están apelando a las fuerzas demoníacas del mal y, si quienes les auguran el porvenir aciertan, se convierten en los mejores propagandistas. Hay habitantes ancestrales de los ríos que desembocan en el Amazonas especializados en sanar o en dañar, pero la modernidad los ha llevado a ofrecer ambos servicios a la vez, aun a riesgo de convertirse en brujos peligrosos. Usan entonces, discriminadamente, el yopo para acertar en las premoniciones o las virolas, las espinas mentales invisibles, para causar heridas eternas en las víctimas. El afán de todas las civilizaciones a lo largo de la historia de la humanidad por averiguar el futuro ha segregado a unos y otros y engrandecido a los adivinos. Quizás esa sea la causa de que en estos últimos años la astrología haya ascendido a niveles de comunicación de las redes. Ejercitantes de ese oficio, como Mauricio Puerta, nieto y bisnieto de tulueños, lo hacen con la lectura de la carta astral. Y como explicar el futuro de un político con solo dar el día y la hora de su nacimiento no conduce al uso indebido de los demonios, la sociedad actual permite que muchos de sus miembros crean en esos astrólogos y orienten a los políticos y gobernantes.
Yo no fui ajeno a esos intentos de brujería en forma directa. María Clara Naranjo, la dirigente azucarera y futbolística, me pidió que la recibiera en El Porce con la entonces diputada a la Duma del Valle, Juanita Cataño. Al llegar, en medio de una amena charla, me trajeron de regalo una ponchera de plata americana repleta de vinos. Yo la hice colocar encima del tonel de la destilería donde se guardan los licores y, sin levantarla ni moverla de allí, varios días después mandé sacar las botellas de la ponchera y guardarlas en otro sitio, dejando su reluciente diseño como el adorno lujoso que no había tenido en esa sala.
Un par de semanas más tarde, cuando atendía la visita de un otorrino que, teniendo finca cercana, se arrimaba a revisar el avance de la hiperacusia que desde varios meses antes me había quedado como secuela del zika, notamos los dos que corría un diminuto chorrito de agua que salía por debajo del barrilete donde teníamos la ponchera vacía. Llamé a mis empleados para buscar si teníamos una fuga de agua por la cercanía del baño. Nada. La señora de la cocina, que también acudió, dijo que el agua salía de la ponchera. La levantaron y, cuando la pusieron patas arriba, encontraron en la columna falsa la bolsita con lo que debía ser el maleficio. La habían colocado para que solo cuando la lavaran se descubriera en sus entrañas. Pedí que no la tocaran, que trajeran unas tijeras grandes de jardinería y, usándolas como grúa, la metieran en una bolsa de basura, la amarraran y fueran a caballo al Paso de Caramanta, unos kilómetros hacia el norte, donde el río Cauca golpea contra la carretera y allí botaran el pretendido embrujo. A mí no me pasó nada y di los nombres de los actores, el poder del maleficio debió haberse agotado sobre sí mismo.
Más contundente en esas materias me resultó la experiencia vivida con la líder de Buenaventura, Vicenta López, reconocida además por sus dotes adivinatorias. La había conocido cuando hice mi campaña a la gobernación y la gigantesca mujer, además de desplegar un trabajo incansable, atendía a borbotones a las gentes que llegaban a su casa siempre abierta en la isla de Cascajal. Cuando me tumbaron de la gobernación, me visitó muchas veces en mi sitio de reclusión, pero nunca se atrevió a adivinarme el futuro por una razón que demoré bastante en entender. Los adivinos no pueden asumir los deseos del cliente si él no se los solicita. Y como yo no me he asomado donde adivinos y tampoco me he sentado con astrólogos de calidad como Mauricio Puerta, el bisnieto de Tomás Uribe Uribe, el gran médico de Tuluá, hermano del general que hizo todas las guerras —y las perdió una a una—, no le pregunté a Vicenta por mi futuro en ninguno de los momentos de apremio que pasé ni en los posteriores, cuando recuperé mi libertad.
Pero una noche recibí la llamada de su esposo para implorarme que le ayudara, porque hasta la casa de Vicenta había ido un destacamento del CTI y se la llevaban para Bogotá en avión, a primera hora de la mañana, desde Buenaventura junto con los otros detenidos por presunta colaboración en la exportación de droga. Cuando llegó a Bogotá, el penalista Quintero, a quien había localizado esa misma noche para que la ayudara, ya estaba apersonándose del caso. Luego de las diligencias judiciales de todos esos procedimientos y de aquellas audiencias de garantías, pudo llamarme setenta y dos horas después para contarme que Vicenta López estaba siendo acusada de haber brindado información veraz y exacta al clan de narcotraficantes del puerto, al cual ella le adivinaba el futuro vía telefónica. Yo le conté en detalle las dotes adivinatorias de la gigantesca líder y le detallé el poder de convocatoria del tiempo presente, pasado y futuro que ella indudablemente tenía.
El abogado Quintero —a quien unos años después matarían como a muchos de los colegas por su peligrosa profesión— se encargó de conseguir testimonios en Buenaventura y Tumaco que declararan sobre su condición de adivina. Por mi parte, yo escribí una nota que hice circular en los medios judiciales e investigativos, recalcando que Vicenta López era la primera adivina a quien metían a la cárcel por el delito de haber acertado. Casi se muere la vieja en la altura bogotana. La tuvieron cinco semanas por cuenta del Inpec en un hospital mientras la estabilizaban. Cuando la liberaron y se vino por tierra, porque le recomendaron no viajar más en avión, paró junto con su marido aquí en El Porce. Lo que llegó ese día era apenas un rescoldo de la ancha e imponente mujer que se habían llevado por haber advertido a los traquetos de Buenaventura que les estaban siguiendo los pasos y, lo que fue peor para los investigadores, el día y la hora en que se produciría el operativo; además, con tres días de anticipación, cuando ni la DEA ni la Fiscalía habían decidido hacerlo. Todo quedó grabado por duplicado porque ella, para presionar que le pagaran antes de que la realidad la avasallara, les repitió la llamada con la misma vehemencia. Desde entonces, Vicenta dejó de ejercer su oficio de adivina acertada y me dicen que vive retirada viendo triunfar a sus hijos.
El uso, empero, de la brujería adquiere otros ribetes en las zonas geopolíticas donde ha llegado la cultura afrocaribeña en nuestro país. No son muchos los casos del manejo del vudú y de la santería que, por no haber sido estudiados o por estar autoprotegidos, han quedado al margen de las hechicerías que hemos manoseado en estas líneas. Sin embargo, hay un caso que no he podido verificar lo suficiente como para aseverarlo, pero que por mi cercanía con su trasegar siempre me ha picado la curiosidad: la protección especial e inasible de santero con la que, según dicen, cuenta el médico Jorge Iván Ospina, exalcalde de Cali, y a quien le atribuyen haber tenido, mientras ejerció el cargo, un babalao que le administraba su intocabilidad.
Es posible que ese y todos los otros casos apenas sean una muestra de la influencia de la brujería en la política vallecaucana. Pero por estos días, cuando el chismerío bogotano anda alborotado reencauchando las versiones sobre las brujerías que han dicho desde hace muchos años que le hicieron a Vargas Lleras, resulta bueno recordar estos episodios. En el caso del exvicepresidente, muchas veces se dijo que pudo escapar de la bomba que le voló los dedos y alguna parte pudenda cuando abría el paquete que la guerrilla de las FARC le mandaron a su oficina del Senado; y que no murió en St. Maarten en el accidente en el que sembró la semilla del derrame subdural que después se le volvió tumor maligno con el paso de los años, porque a él le hicieron brujería en contra. Sin embargo, aseguran esos chismosos santafereños que dizque también consiguió otros brujos más potentes que le neutralizaron una y otra vez los riesgos de haber caído muerto en tanto trance. Finalmente, habrá entonces que repetir que de brujas nadie sabe la verdad, pero que las hay, las hay.
Gustavo Álvarez Gardeazábal
El Porce, julio del 2026