Antes de Liverpool y de las noches grandes de Europa, Lucho Díaz fue el «Fideo» de la Selección Colombia Indígena. Un muchacho wayuu, flaco, tímido y feroz, que en 2015 viajó a Chile, marcó goles, pidió comida para sus compañeros y empezó a mostrar que su destino venía corriendo.
Por Carlos Toncel Sanjuán
Mientras Lucho se abría camino en el Barranquilla y empezaba a proyectarse hacia un futuro que ya se adivinaba más grande, Mane Díaz seguía trabajando con su escuela en Barrancas. El profe sabía que la clase que ya mostraba su hijo le daba autoridad para levantar la mano y decir presente cada vez que aparecía un campeonato en el departamento. La tarea venía hecha. La carrera incipiente, que ya había dejado comentarios favorables en el Asefal y en las categorías del Barranquilla, había alcanzado a producir el eco necesario para que se supiera que en el barrio Lleras había un semillero, una escuelita donde, si se abría la oportunidad, los pelaos podían mostrar mucho fútbol. Esos vientos favorables alentaban el trabajo de Mane y de sus alumnos, a quienes los días se les iban entre entrenamientos y torneos departamentales.
Fue entonces cuando llegó un llamado que terminó de marcar la ruta: otro pasegol del destino para la carrera y el sueño de Lucho, y también para los otros muchachos del Club Baller. La Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC), impulsó el Primer Campeonato Nacional Indígena de Fútbol, una apuesta que venía liderando desde 2013 y que buscaba, además de competir, abrir caminos de paz e inclusión para los jóvenes de los pueblos originarios. De esa estructura saldría la primera Selección Colombia Indígena de Fútbol de la historia, la que representaría al país en la Copa América Indígena de Chile en 2015. Mane Díaz fue el encargado de la selección wayuu que representó a La Guajira en ese proceso. Santa Marta y Sincelejo sirvieron de sede para los torneos regionales del Caribe; el primer convocado por Mane fue su hijo, que para entonces llevaba apenas unos meses vinculado al Barranquilla F. C.
Luis Fernando nació en Barrancas, pero tiene raíces en la etnia wayuu. No habla esa lengua, pero el vínculo de sangre está ahí, y esa conexión iba a convertirse en otro paso importante en la construcción de su destino futbolístico. Con la participación estelar de Luchito, el equipo de La Guajira ganó el zonal en Santa Marta y consiguió el tiquete para la gran final, disputada en Bogotá en abril de 2015. Allí se reunieron diez equipos de distintas regiones del país para disputar el torneo definitivo del que saldría la primera selección indígena de Colombia. El equipo dirigido por Mane terminó tercero a nivel nacional.
Entonces Carlos Valderrama volvió a aparecer en la vida de Lucho. El Pibe era la imagen visible de esa causa del torneo indígena y junto con John Jairo el Pocillo Díaz, técnico de la Selección Colombia Indígena, tenían la responsabilidad de acompañar el proceso rumbo a Chile. «Nos invitan a ver los equipos por el país y para hacer una gran final aquí en Bogotá —recordó el Pocillo, en diálogo con quien escribe estas líneas—. Y yo empiezo a ver a Lucho jugando en el torneo, allá en la costa. Los equipos campeones de cada región, como el Viejo Caldas, la costa o el centro del país, apartaron los jugadores que irían a Chile».
De esa primera mirada salió una base de 30 jugadores. Los concentraron en Bogotá, donde hicieron un microciclo preparatorio de quince días antes del viaje a tierras australes. La Copa América Indígena se disputó en Chile del 14 al 25 de julio de 2015, con ocho selecciones en competencia. La nómina definitiva quedó reducida a 25 futbolistas. Fue ahí cuando tuvieron la primera oportunidad de trabajar de cerca con todo el grupo y cuando el Mono Valderrama, al ver al Guajiro, le soltó al Pocillo, con esa forma tan suya de decir las cosas: «¡Eche! Ese va a jugar fútbol profesional».
Desde ese momento, los dos veteranos mantuvieron los ojos sobre Díaz. La fascinación fue creciendo con cada entrenamiento. Aunque el Pibe es tajante en una cosa: no se proclama descubridor de Lucho. En una entrevista para ESPN, como en sus mejores tiempos de jugador, fue preciso y sin titubeos: «No, yo no hice nada. A mí me invitaron a la Copa América Indígena, y había 30 muchachos. De esos muchachos, tenía que escoger 25 para la selección, para que fueran a representar a Colombia en la Copa América Indígena… Y yo no hice nada más que escogerlo, pero él ya estaba ahí, ya venía listo; nada más tenía que escogerlo».
Y aunque el Pibe tenga razón —porque Lucho ya traía la base de la escuela de Mane más sus condiciones naturales y todo el trabajo silencioso que venía haciendo—, lo cierto es que la admiración de un hombre como Valderrama, uno de esos que enseñó a mirar el fútbol con asombro, terminaba siendo una prenda de garantía. Años después, la propia reconstrucción oficial que hizo el Liverpool fijaría este tramo como el momento en que Díaz irrumpió de verdad en el mapa del fútbol colombiano: la Copa América de los Pueblos Indígenas de 2015 le dio, según el club inglés, su primera gran visibilidad en el país.
El técnico Pocillo miraba aquel grupo de muchachos indígenas y veía un equipo cargado de sueños, muchachos que apenas estaban asomándose a una experiencia internacional y competitiva. Les veía condiciones, claro, pero también sabía que, para muchos, la posibilidad de jugar se quedaría en el territorio de las probabilidades. De nuevo, es necesario remarcar que el fútbol es así, una ciencia inexacta. Era difícil proyectar de allí a una futura superestrella, pero también era imposible negar que varios tenían madera para llegar al profesionalismo. Al profe Pocillo no le cuesta recordar a los que sobresalían en ese grupo. Lucho Díaz —cómo no— era uno de ellos, el que jugaba incluso cuando no hacía falta hacerlo. «Él, antes del entrenamiento, cogía la pelota, sin que nadie le dijera que lo hiciera, y empezaba a practicar jugadas».
Pocillo sabe que jugadores así, presos de una obsesión natural, son raros en esa y en todas las épocas. «Él se bajaba del bus y lo primero era amarrarse los guayos y coger una pelota; y después era el último que sacábamos de la cancha, se quedaba haciendo cualquier otra cosa». En la selección indígena, con la camiseta número 8, jugaba a placer. Su relación con el balón era estrecha, aunque a veces ese hilo de emociones aceleradas y momentos intensos le jugaba en contra. En palabras del Pocillo Díaz, Lucho, con la pelota en los pies, era tan rápido que la cancha se le terminaba muy pronto. Entonces el profe se propuso ayudar para que a ese muchacho no se le acabaran las razones. Habló con otro guajiro de sangre y de nombre grande en el fútbol: Arnoldo Iguarán, que le dijo que sí, que sabía perfectamente de quién le hablaba, porque lo conocía desde los tiempos del equipo de El Cerrejón.
Otra vez aparecían los cruces de camino y las casualidades que parecían alinearse en la ruta de Lucho. Cuenta el Pocillo: «Lucho era un jugador de unas características que pocos jugadores en el mundo tienen: muy rápido con la pelota pegada al piso o a los pies. De eso conversamos con Arnoldo». Pocillo incluso alcanzó a decirle al Guájaro —figura de Millonarios y de la Selección Colombia, veloz como una gacela en el campo— que, mirándolo con detenimiento, Lucho tenía cosas suyas, pero en una versión que había que pulir. «Porque usted le daba posibilidad a Arnoldo, echándole la pelota hacia adelante, y ahí Iguarán lo mataba. Pero Lucho con la pelota en los pies es muy rápido y la cancha se le terminaba muy rápido. Muchas veces no levantaba la cabeza y se le acababa la cancha o se salía con todo y balón».
El Pocillo reconoce que esas condiciones de Luchito motivaron largas charlas con el Pibe Valderrama. «Entonces, un día, conversando con el Mono, dijimos: ‘Pues alarguémosle un poquito la cancha’; le alargamos y, bueno, esa fue la solución; y gracias a Dios, en Chile, conmigo, hizo una buena labor».
Esa lectura y audacia terminó teniendo respaldo en lo que ocurrió después en competencia: en la Copa América de los Pueblos Indígenas de Chile, en 2015, Colombia fue subcampeona y Lucho marcó dos goles, una primera visibilidad fuerte que luego convirtió en varios saltos de su carrera. Sus compañeros en la Selección de Pueblos Indígenas lo bautizaron el Fideo, una vez más, por flaco. De hecho, cuenta John Jairo Díaz que, en la final del torneo nacional en Bogotá, «mucha gente que veía los partidos, y muchos técnicos allegados, hablaban de su peso. Nosotros, revisando, vimos que, aunque era un flaco huesudo, comía y comía y comía y nunca, nunca, se engordaba. Entonces creo que eso es genético». El Fideo hacía parte de la nómina definitiva de Colombia. El 13 de julio de 2015, en la sede de Coldeportes en Bogotá, el entonces director de esa entidad, Andrés Botero, y el Consejo Nacional de Gobierno de la ONIC despidieron al equipo nacional. Ese mismo día, Lucho no solo emprendió su primer viaje internacional con un equipo de fútbol, sino que además se montó por primera vez en un avión para un trayecto tan largo. No lo sabía, pero en ese momento estaba empezando un viaje de sueños que, con el tiempo, lo llevaría muy lejos.
Luis Fernando era introvertido, pero muy seguro. El Pocillo cree que en ese grupo indígena Lucho empezó a desarrollar sus condiciones de líder. «Como el de Bogotá a Santiago era un viaje largo, en el avión se acercaba y me preguntaba: ‘¿Y a qué hora van a servir la comida?, porque los muchachos tienen hambre’». Y, después de bajarse del avión, su liderazgo seguía volando: «Ya era uno de los que me iba a armar el sindicato por cualquier razón. Entonces tenía el poder de ser líder y eso fue bueno». Ese liderazgo era bien visto por los profes. Y mostraba, además, una faceta distinta de un muchacho que hasta entonces parecía tener un solo territorio natural: la cancha. «Profe, acuérdese de que toca comprar las sudaderas… Profe, consígase los uniformes… Profe, el grupo hoy quiere una merienda». Frases de ese tipo se le empezaron a oír a Lucho. En resumen, para los profes era insistente, sí, aunque ni punto de comparación con lo que era en el campo, donde resultaba no solo punzante, sino letal.
*Fragmento de Lucho, el crack de la humildad, libro que acaba de ser publicado por la editorial Aguilar