Nubia Carolina Córdoba, candidata a la Gobernación del Chocó. | Foto: Prensa Nubia Carolina Córdoba

Perfil

Nubia Carolina Córdoba y los agostos del destino

Por: Redacción Soho

Parece escrito que cada primer fin de semana de agosto la vida de la gobernadora del Chocó tiene que cambiar radicalmente. Su padre murió ahogado un 9 de agosto, cuando la avioneta en la que viajaba cayó al río Baudó. Veintitrés años después, un 10 de agosto, la tierra tembló y volvió a ponerla a prueba.

Por Ronald Mayorga

El 9 de agosto de 2003, su padre, Darío Córdoba Rincón, murió en el río Baudó. Viajaba en una avioneta que cubría la ruta entre Quibdó y Pizarro. El motor falló. La aeronave cayó al agua. Darío sobrevivió al impacto y alcanzó a ayudar a rescatar a varios pasajeros, pero el río terminó arrastrándolo y llevándoselo para siempre.

Carolina tenía 13 años.

Veintitrés años después, el 10 de agosto de 2026, la tierra volvió a sacudirse bajo sus pies. El mundo también está hecho de coincidencias nefastas. Esta vez no era una hija adolescente, sino la gobernadora del Chocó, con treinta y seis años, frente a una emergencia. El terremoto la obligó a hacer algo que ya había tenido que aprender en otros momentos de su vida: moverse al lado del miedo. «El miedo es democrático. A todos nos toca un poquito», ha dicho en varias entrevistas.

La frase podría ser una declaración política, pero en ella suena más bien a confesión. Carolina habla del miedo desde la experiencia de haber aprendido a convivir con él. Lo conoce porque lo vivió durante los tres días de zozobra en que el río Baudó se tragó a su padre y toda la comunidad de la zona se dispuso a encontrarlo vivo… o muerto. Aquellas aguas diáfanas devolvieron el cuerpo y, aunque el miedo mermó, jamás desapareció porque de alguna manera sigue siendo un sentimiento que le ayuda a estar alerta.

La primera mujer en llegar a la Gobernación del Chocó tuvo que derrotar en las urnas a uno de los apellidos más tradicionales de la política regional. | Foto: Cortesía

Prefiere que le digan Carolina y no Nubia. Allí hay una clave de su personalidad. Ese «Nubia» pertenece a los documentos, a los protocolos, a las formalidades, en cambio, Carolina es el nombre de la casa, de la familia, de la niña que creció entre campañas, micrófonos, tarimas y recorridos a pie por los barrios de Quibdó. Carolina es el nombre de la hija única que aprendió muy temprano que la política podía ser, al mismo tiempo, una herencia (el apellido Córdoba es una tradición en el Chocó) y una pérdida.

Sus dos padres eran políticos. Su madre, doña Elizabeth Curi, tiene tres carreras encima y fue diputada durante cinco periodos en la Asamblea departamental, entre los años ochenta y noventa. Su padre, un patriarca liberal, alcanzó una curul en la Cámara de Representantes y llevaba apenas unos meses en el Congreso cuando murió, acompañando a otro familiar en su campaña por la Gobernación. La política da, pero también quita. En la familia también estaba su prima, la exsenadora Piedad Córdoba, y «el viejo Curi», su abuelo, otra figura de esas luchas que en el Chocó se transmite casi como los apellidos, las recetas para preparar pusandao y las historias a las orillas del Atrato.

A los 13 años perdió a su padre en el río Baudó. Más de dos décadas después, sería ella quien tendría que responder cuando la tierra volviera a sacudir al Chocó. | Foto: Cortesía

La familia de Carolina es grande, muy grande: «Mi mamá tiene como 35 hermanos. Tengo 34 tíos y 200 primos hermanos», cuenta. La familia por sí sola podría poner alcalde en Quibdó. Es una multitud. Después de la muerte de su papá, ella y Elizabeth quedaron convertidas en un equipo. Carolina encontró además una segunda madre en su madrina, que vivía frente a su casa. Fue ella quien le enseñó a multiplicar (parece que es lo que mejor sabe; dividir no es lo suyo) y quien descubrió que la niña escribía poesía desde los tres años. La madrina murió en plena campaña para la Gobernación, justo un día en que le rendían homenaje a las mujeres de su región. Ese día también sintió miedo, pero no se dejó gobernar por él.

En la historia de Carolina, las pérdidas no aparecen como episodios aislados. Forman una especie de corriente subterránea. A su padre se lo llevó el Baudó. Su madrina se fue cuando ella intentaba llegar al cargo más importante del departamento. Cada una de esas muertes parece haber dejado una tarea pendiente: continuar, cuidar y aguantar con fuerza, con entereza.

No es una rezandera consagrada, pero se sabe de memoria un versículo de la Biblia al que acude cuando siente que las cosas están complicadas. Es Josué 1:9: «Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas». Una especie de mantra contra ese miedo que ha aprendido a manejar.

Entre cortes de luz, campañas políticas y pérdidas familiares, Carolina aprendió temprano que la adversidad rara vez pide permiso. | Foto: Cortesía

Porque miedo sí que ha habido, como el que sintió el 12 de enero de 2025, cuando cuatro hombres vestidos de negro y verde, con fusiles, dispararon contra el carro en el que iba por la vía entre Tutunendo y Quibdó. El vehículo quedó reventado a tiros. En un departamento atravesado por el control territorial del Clan del Golfo y el ELN —el primero asociado al tráfico de cocaína, oro y migrantes; el segundo, al secuestro—, las amenazas no son un juego. Se cumplen.

Pero quién dijo miedo. De alguna manera, ya sabía a lo que se enfrentaba desde que en 2023 decidió enfrentar a Patrocinio Montes de Oca, el patriarca de una casa política que había gobernado por años al Chocó. Carolina, a la que muchos ubicaban de tercera en la votación, le ganó a uno de los políticos más tradicionales sacando más de cien mil votos, resultado que la convirtió en la primera mujer en ganar la Gobernación.

Pero antes de gobernar, Carolina tuvo que resistir bastante y no precisamente en las urnas. En Quibdó, los cortes de energía podían durar cuatro, cinco o seis días. Estudiaba con velas, aprovechaba la luz temprana y aprendió que la precariedad muchas veces se instala en la rutina, en una tarea escolar que toca aplazar, en un electrodoméstico que no funciona, en la sensación de que en ese departamento a los gobernantes les gustaba administrar en la oscuridad.

En el Chocó, donde gobernar significa enfrentarse a problemas que vienen de todos los frentes, Carolina Córdoba aprendió a no esperar tiempos tranquilos. | Foto: @jean_arriaga.oficial

Estudió en el Externado, vivió en el barrio Modelia de Bogotá con dos tías, obtuvo una beca de Georgetown, cursó una maestría en Barcelona y un doctorado en Argentina. Cuando comenzó la pandemia, era secretaria de Gobierno de la Gobernación y allí la gente comenzó a ver su fortaleza. Ahora, frente al terremoto, vuelve a ocupar el lugar incómodo de quien debe tomar decisiones mientras la incertidumbre todavía está en curso.

En las imágenes de los noticieros apareció aplomada, serena, pero clara en sus intervenciones. También se le vio vestida con guantes, tapabocas y ropa de trabajo, ayudando a descargar bloques destinados a la reconstrucción. Las escenas se volvieron virales. Muchos supieron de ella por primera vez o se dieron cuenta de que en el Chocó la gobernadora era esta mujer. Una mujer que ha sabido mantener el equilibrio durante el sismo, incluso durante las réplicas.

En el Chocó, donde la tierra, la selva, los ríos y la violencia hacen parte de la vida de la gente, Carolina Córdoba enfrenta su propio agosto. El de una hija que todavía recuerda a su padre en el Baudó. El de una mujer que aprendió a jugar con el miedo, a no dejarse de él y a entender que, para poder ayudar a levantar las paredes de quienes lo perdieron todo, tuvo que aprender primero a levantarse a sí misma.