“Arjona es un carnicero de la poesía (y la música, de paso)”, dice Diego Camargo. Por otro lado, Violeta Bergonzi se atreve a confesar en público su amor por el cantante.
Por: Diego Camargo (Comediante, ícono sexual y filántropo)
Hay dos maneras de hacer chorizos. La primera consiste en criar un cerdo, cuidarlo y alimentarlo saludablemente, hasta que un día llegue la hora de sacrificarlo, seleccionar sus mejores partes, condimentarlas y combinarlas en una pieza gastronómica sublime. La otra se basa en agarrar pedazos de marranos muertos para embutirlos en su propia tripa sin hacer preguntas y vender el resultado masivamente a quien se lo trague.
Con Ricardo Arjona pasa exactamente eso.
Durante años escuché a novias y amigos rendirse ante la poesía de su letra que, decían, era una radiografía psicológica de la mente humana, construida mediante metáforas excelsas de un existencialismo urbano con potentes tintes de nostalgia latinoamericana. Intenté quererlo, lo juro, pero siempre sospeché que había un patrón nefasto detrás de su éxito, porque cuando lo escucho no oigo poesía: oigo una planta de producción masiva de chorizos melódicos.
Me di hace años a la tarea de comparar un par de sus canciones, luego otra y otra. Y ahí descubrí que Arjona no compone. ¡Destaza las letras! Tiene una carnicería de metáforas en la que nada se desperdicia. Un cuarto frío atrás del mostrador lleno de personajes históricos, pintores europeos, profesiones sospechosamente cotidianas, colchones, moteles y relojes que siempre marcan horas ridículamente específicas.
Ahora estoy convencido de que en Guatemala uno puede ir a la papelería y pedir (igual que en Colombia es posible pedir formas Minerva para hojas de vida y contratos de arrendamiento) el «Formato Arjona para escribir tu propia canción».
Es una suerte de página con un cuadro de Excel de varias columnas. La primera tiene personajes famosos: Fidel Castro, El Ché, Freud, Marx, Marilyn Monroe… Da igual. No importa lo que hayan hecho, la idea es que los escuchas piensen: “Uauu… qué tipo tan culto”.
En la siguiente columna hay horas a las que nadie pone una cita: No las 8:00 am, deben ser las 6:23, las 7:16, las 4:41… Porque una hora así de precisa hace que cualquier babosada suene a recuerdo importante.
En la siguiente hay que incluir el toque seudocultural: Dalí, Miró, Gaudí, Van Gogh, el Concierto de Aranjuez... No ayudan a nada en la canción, pero funcionan como el perejil picado encima de un arroz con atún: Nadie sabe pa´ qué está ahí, pero de una vez se ve gourmet.
También hay una columna con lugares donde uno solo puede ir a hacer fechorías: un motel, un hotel de carretera, un callejón sin salida y una esquina gris. Sitios donde uno nunca encontrará a la amada, pero Arjona sí encuentra la letra del coro.
No faltan profesiones extrañamente cotidianas, porque Arjona parece Netflix: menciona todos los empleos a ver si le pega al nicho: taxista, camionero, piloto, ginecólogo o presidente; mientras menos realista se sienta la mezcla, más profunda va a parecer.
Y por último viene lo que lo delata: un listado de muebles. No sé si el lector perspicaz de esta pendejada de artículo lo haya pensado, pero Arjona pasa toda su discografía sentado. Siempre está en la silla de un bar, el asiento trasero de un taxi, una cama destendida, un colchón o una banca. Vive hechado sin hacer nada, como un negrito del Batei del intelectualismo Low-Cost.
Los reto a hacer la prueba… yo escribí mi propia canción de Arjona siguiendo este método:
«¿Qué estabas haciendo hoy?
Cuando una monja te espió y Monet no escupió…
al profeta que escribió…
Viendo en el viejo colchón,
de un motel sin compasión,
A Putin sin su calzón.
Afuera llueve a las 4:33,
adentro el presente es un atleta sin pies».
Disco de platino automático.
Y no, no odio a Arjona porque escriba canciones que ni me gustan ni entiendo. Lo odio porque ya le pillé el truco. Para mí es como un mago al que se le ve el conejo estrujado en el bolsillo de atrás antes de empezar el show. Desde entonces no lo escucho como el cantautor que me quieren meter por los oídos; es una línea de ensamblaje donde hay un operador que grita: “¡Nos falta un colchón!”, otro dice: “Donde esté acostado Freud”, y otro añade: “¡Pero que sean las 6:23!”. Y cinco minutos luego, una multitud de fans convencidos de que si no entendieron la canción, es porque a los que les faltó leer fue a ellos.
Arjona representa el éxito mundial de la estrategia más perversa del artista: Si no puedes convencerlos, confúndelos.
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Por Violeta Bergonzi
Si mal no recuerdo, tenía 10 años la primera vez que escuché a Ricardo Arjona. Y desde ese momento empecé a amar su música. Sí, ya sé: suena extraño. Era apenas una niña, pero había algo en sus canciones que me atrapó desde el primer instante.
Ricardo Arjona tiene un estilo único. Le canta a las mujeres, al amor, al desamor y al dolor de una manera que nadie más lo hace. Esa autenticidad es, precisamente, una de las razones por las que sigue vigente hasta el sol de hoy y puede darse el lujo de llenar un Movistar Arena durante seis fechas consecutivas.
Sin duda alguna, Ricardo Arjona es un poeta. Es un romántico que ha sabido cantarle a las mujeres, a sus sensaciones y a sus emociones de una manera mágica, magistral. Además, hay algo en su forma de escribir que, para mí, enriquece profundamente sus composiciones: el uso de figuras literarias. Sus antítesis, sus paradojas, sus metáforas, los dobles sentidos, los juegos de palabras y las ironías forman un rompecabezas que invita al oyente a detenerse, pensar y descubrir un significado distinto con cada nueva escucha.
Siempre queremos descubrir y desenredar las letras de sus canciones. Cuando uno entra en ese juego, termina convirtiéndose en algo casi adictivo. Para algunos podrá parecer un crucigrama; para mí, es una de las mayores virtudes de su música. Esa manera tan particular de construir las frases hace que escuchar a Ricardo Arjona resulte divertido y, al mismo tiempo, hipnótico.
Hay otro elemento que me encanta: el humor. En sus canciones hay ironía, sarcasmo, humor negro y una forma muy inteligente de burlarse de las contradicciones humanas, de las relaciones, de la sociedad e, incluso, de sí mismo. Nunca siento que escribe por escribir; detrás de sus palabras siempre encuentro una intención, una crítica disfrazada de chiste o una reflexión escondida en una frase ingeniosa.
Tal vez por eso conecto tanto con su música. Ese tipo de humor y esa manera de mirar la vida van completamente con mi personalidad. Disfruto cuando una canción no me entrega todo servido, cuando me reta a interpretar y me obliga a escucharla otra vez porque sé que hay algo más detrás de la letra.
Pero si hay algo que termina de completar su universo artístico, es su sentido de la estética. Ricardo Arjona va mucho más allá de escribir canciones: construye mundos. Hay una intención detrás de los colores, de las imágenes, de los escenarios y de la manera en que presenta sus proyectos. Desde el color que transmite una canción hasta la realización de sus videoclips, todo está pensado con un nivel de detalle que me parece admirable. Sus videos son espectaculares, están muy bien producidos y complementan el mensaje de sus letras sin opacarlo. Lo mismo ocurre con sus shows: la puesta en escena, la iluminación, el concepto visual y la forma en que todos esos elementos dialogan con la música hacen parte de una construcción artística muy coherente. Para mí, ese cuidado demuestra que, además de ser un gran compositor, entiende la importancia de contar historias desde la belleza y la estética.
Y si hablamos de sus conciertos, la experiencia va mucho más allá de la música. Es un espectáculo increíble, acompañado por un equipo de músicos excepcional y una producción impecable. He tenido el privilegio de asistir a seis de sus conciertos en diferentes giras y, en todas ellas, hay algo que me sorprende.
Siempre hay un concepto, una historia, un juego de luces y una puesta en escena que envuelven al público por completo. Uno sale con la sensación de querer volver al siguiente show, a la siguiente gira. Al menos, eso es lo que me pasa como fan.
Para mí, Ricardo Arjona no es solo un cantante. En su música hay toda una cultura, una forma de observar la vida, de cuestionarla, de reírse de ella y de sentirla. Esa es, justamente, una de las principales razones por las que lo sigo admirando después de tantos años.