Por Maria Helena Doering
Nunca había pensado en mí en términos de números. Siempre he creído que lo que tiene importancia son las vivencias, las experiencias, las relaciones que he cultivado o dejado ir. Me he alimentado internamente de una profesión que me hace sentir una mujer realizada, enriquecida con los personajes que he interpretado y soñando con los que aún están por llegar. He aprendido a abrazar las pérdidas y los duelos, que me han hecho más fuerte, y miro hacia el futuro con optimismo, esperando las sorpresas que han de llegar.
Pero en esta profesión es imposible no pensar en la edad. Después de todo, soy una narradora visual, mi rostro y mi cuerpo son mis instrumentos. Hay momentos en que no me siento bien conmigo misma y he llegado a considerar una ayuda externa para detener un poco el paso de los años, pero en realidad lo que quiero es que mi rostro siga contando historias.
He aprendido a sentir gratitud por cada año adicional que tengo la fortuna de vivir, y al mismo tiempo, siento ansiedad al pensar en lo que envejecer pueda significar para mí, física, mental y emocionalmente.
Siento genuinamente que mis sesenta –y el envejecimiento en general– me han regalado algo muy especial: la posibilidad de seguir convirtiéndome en quien soy. El éxito aumentó mi confianza, los rechazos sacaron a relucir mi tenacidad, las pérdidas me enseñaron que gran parte de mi fortaleza ha sido posible porque me he permitido abrazar mis vulnerabilidades. El paso de los años solo ha hecho que tenga más hambre de vivir, de experimentar, de no perder el tiempo. Quiero muchísimo más de la vida y hay muchísimo más que quiero darle.
Lactar (la película que protagonicé recientemente y dirigida por Harold Trompetero) no podía haber llegado en un mejor momento. He interpretado muchísimos personajes a lo largo de estas tres décadas de carrera, pero cuando leí primero el libro, escrito también por Trompetero, y después el guión, también escrito por él, sentí que era la primera vez que estaba realmente lista y que sabía instintivamente cómo abordar el papel y qué hacer con mi cuerpo.
Hay muy pocas similitudes entre Victoria y yo, pero siento una enorme empatía por ella y entiendo completamente su recorrido. Pero mientras ella dedicó su vida a la crianza de sus numerosos hijos y al matrimonio, yo he luchado siempre por conservar mi individualidad y perseguir mis pasiones, incluso cuando era esposa y madre.
Este personaje me llegó pasados los 60 años, no antes. La vida me sorprendió con un protagónico inesperado, justo cuando supo que estaba lista para darle vida a esa mujer valiente, que pasó del maltrato y el sometimiento a convertirse en una mujer que, en plena madurez, sintiendo que su vida no tenía sentido, se apropia de su propio ser, de su voz, sus finanzas, sus pasiones y, lo más importante, sus decisiones.
Probablemente, llegar a los 60 te abre los ojos y te obliga a vivir intensamente. De un cierto modo, te pone un poco de presión para que aprecies cada oportunidad, cada abrazo, cada despedida. Así vivo este momento de mi vida: intensamente. Sin prisa, pero sin pausa.