La vasectomía apareció como otro método para evitar embarazos no deseados; sin embargo, nuestro editor Pacho Escobar se encontró —en la sala de Profamilia esperando su turno para la esterilización— con que hay hombres que tienen una motivación oculta. De ese hallazgo nació esta crónica sobre sexo, historia y una crítica a la industria farmacéutica.
Por Pacho Escobar
—Para no irla a embarrar por fuera de la casa.
Con ese eufemismo, Ciro se atreve a decir lo que no diría en público.
—O sea, ¿para ser infiel? —indago.
—Claro, hay que cuidar el hogar —se escucha—, pero quien responde no es Ciro, sino Darwin, otro de los hombres que está en la sala de preparación de Profamilia donde se practican las vasectomías, en el barrio Teusaquillo de Bogotá.
La confesión abre el clóset. Otros dos hombres —de los cinco que esperamos la cirugía— coinciden en lo mismo; esa es una de las varias razones por las que están ahí casi desnudos, apenas envueltos en batas quirúrgicas, a la espera del procedimiento que impedirá un embarazo no deseado. La confidencia llama mi atención de reportero, así que de izquierda a derecha volví a preguntar los motivos que llevaron a cada uno a ese lugar cubierto de mitos, leyendas y futuros inciertos.
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Lo de nosotros fue una decisión de pareja. Me atrevo a decir que estaba tomada desde antes de que estuviéramos juntos. Incluso, en una de esas salidas de conquista, ese tema se dispuso en la mesa; ella no deseaba tener hijos y yo tampoco. Por esos días ella tenía treinta y yo treinta y cuatro. Tres meses después de la primera cita nos hicimos novios. Un año más tarde, cuando cepillos de dientes, libros, pijamas, calzones, calzoncillos, ropa y hasta documentos personales estaban repartidos entre dos apartamentos de solteros, tomamos la amorosa decisión de irnos a vivir juntos. Han pasado doce años. En todo este tiempo aquella determinación de ser una pareja sin hijos jamás estuvo en duda.
Al inicio de 2025 ella supo que necesitaba un descanso químico, así que dejó de tomar las pastillas anticonceptivas y entonces comenzamos a ver un cambio increíble en su ánimo, su energía, su sueño, su pelo, sus uñas, su piel, su vida. Aquella plenitud estaba ahora en mis manos, o en mi escroto, si queremos ser precisos. Fue por esos días que por primera vez pensé en lo egoístas que hemos sido los hombres al poner toda, absolutamente toda la carga anticonceptiva en los cuerpos de ellas y no en el de nosotros. El campo científico ha sido machista, patriarcal, si se tiene en cuenta que a esta altura del partido no se ha lanzado al mercado una pastilla o inyección anticonceptiva para hombres.
Algunos dirán que existe el condón o el sistema del ritmo, pero todo hay que decirlo: muchas parejas pertenecemos al «club del inesperado», ese polvo candente después de llegar de una cena, o de una fiesta, o en medio de una serie; o a la «cofradía del rapidito», ese polvo apasionado de las mañanas que no da tregua de nada, solo de pasión. Tengo pruebas: mis cuatro grandes amigos han tenido hijos que fueron fruto de esos momentos; ninguno de aquellos embarazos fue planeado. Los cuatro son padres presentes, responsables, increíbles, pero cuando quedaron en embarazo junto a sus parejas, ninguno lo buscó.
Así que al tener la total certeza de que estábamos de acuerdo en que no queríamos hijos, pero de que además yo también debía asumir alguna responsabilidad anticonceptiva, inicié los pasos para practicarme la vasectomía.
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Cruzar la puerta hacia el vestidor acelera el corazón; por más informado que uno esté sobre un procedimiento ambulatorio, esa contracción en el recto llamada culillo no desaparece. Tras ponerme la bata azul, el gorro y los zapatos desechables, una auxiliar de enfermería me indicó avanzar hacia una sala de preoperación; ahí nos volvimos a encontrar los cinco y fue cuando me atreví a entrevistarlos. Ciro, médico de profesión (treinta y cuatro años), fue quien se sinceró con media sonrisa al lanzar aquel comentario socarrón o sincero —«para no irla a embarrar por fuera de la casa»— que partió el hielo. Curiosamente, después de escuchar a los otros dos hombres apoyar su moción, el médico también advirtió otro de los motivos de su decisión: hacía menos de cinco meses que tuvo a su primera hija —quizá única— y entonces se encontró de frente con la exigencia física y mental de tener un bebé. Contó que después de hacer turnos de doce o veinticuatro horas llegaba a su casa rendido, pero que era poco lo que podía descansar y, a veces, dormir. Aquello clausuró las puertas de darle a la niña un hermanito.
Como en coro, los otros dos hombres aprobaron lo de hacerse la vasectomía para ser infieles, les pregunté directamente por esa y las otras razones que los habían llevado allí. Darwin, comerciante (treinta años), aseguró que sus cuatro hermanos tenían, cada uno, más de dos hijos y estaban arruinados. «Y para cuidar el hogar por si uno peca», insistió. Sixto, contador (treinta y nueve años), dijo que su oficio le daba apenas para los gastos y «aclaró» que no tenía nada en contra de los niños y que prueba de ello era que le había dado su apellido a una hijastra que ya estaba por terminar una costosa carrera profesional. Juan Carlos, sociólogo (cuarenta años), se sumó a la causa de los infieles y después contó que no tenía hijos y que no quería tenerlos porque el planeta estaba pasando por su momento más hostil, tanto como sociedad y, también, por su crisis ambiental… Iba a seguir, pero lo llamaron a la cirugía.
El que poco habló fue Kevin, el adolescente de veinte años más delgado que había visto en mi vida. Desde que entramos y nos sentamos en las poltronas de cuero, siempre estuvo con la cabeza gacha, ensimismado, tiritando de frío y también de miedo. Cuando le pregunté por su nombre lo dijo como para adentro, lo mismo la edad y la respuesta gélida de sus razones: «Porque quiero».
Por su juventud era raro ver a Kevin allí. Después, tras indagar, supe que el promedio de edad de quienes se realizan la vasectomía se ubica en los treinta y cuatro años, además, la mitad de los pacientes se encuentra en un rango que va entre los treinta y uno y los cuarenta, y que por ley la vasectomía es un procedimiento exclusivo para personas mayores de edad.
Uno a uno nos fueron llamando, a mí me dejaron de último. Aquel día estaban programadas diez intervenciones —cinco en la mañana y cinco en la tarde—; ese es el rango de procedimientos que se hacen en esa sede de Profamilia de lunes a viernes. La estadística de Profamilia es clara, allí se realiza un promedio de mil quinientas sesenta vasectomías mensuales en toda su red de clínicas en Colombia. Si se hacen sumas y restas, se puede establecer que al cabo de un año se practican cerca de ciento ochenta y siete mil en esa institución.
Nota al pie: cuando propuse este tema en el consejo de redacción, una de las productoras de SoHo pidió la palabra para contar una anécdota. Pocos días antes había salido a tomar un café con un profesional del que necesitaba una asesoría comercial. Es necesario advertir que estaba casado. El tipo, de pronto, en un coqueteo torpe, se le ocurrió decir: «Te cuento que ahora soy un hombre inofensivo». Ella no entendió el comentario y le preguntó qué quería decir con eso, a lo que él respondió: «Me hice la vasectomía».
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La historia de la vasectomía tiene un origen con menos asepsia de lo que se cree. Antes de convertirse en un método anticonceptivo masculino, pasó por prisiones, manicomios y laboratorios experimentales con prácticas bárbaras, cercanas a la carnicería. El primer paso fue la castración, arrancar los testículos de tajo para impedir cualquier embarazo y, además, para dejar a hombres en un nivel de clase inferior a la de sus amos. Hay eunucos famosos, pero antes vale la pena recordar la etimología de esa palabra: eunē significaba ‘cama’ y ekhein, ‘guardián’; es decir, guardián de la cama. A los emperadores romanos les fascinaba tener —en la sombra— a un eunuco en la casa previendo que estos podían cuidarles a la mujer. El eunuco más famoso de la historia podría ser Sporus. Cuenta los biógrafos Suetonio y Casio Dion que Nerón ordenó castrarlo y luego se lo llevó a vivir junto a su esposa.
Pero fue el médico Harry C. Sharp quien, en una prisión de Indiana, hizo en 1899 la primera vasectomía reportada con intención de esterilizar a uno de los internos. Sharp promovió la vasectomía dentro de ideas eugenésicas, aquella corriente que defendía la posibilidad de «mejorar» la población humana controlando quién podía reproducirse y quién no. Al cabo de diez años, Sharp les practicó la vasectomía a doscientos ochenta presos, sin que nadie mediara ante un procedimiento que necesitaba consentimiento.
La etimología de la palabra viene de vas deferens, el nombre anatómico del conducto deferente, y del sufijo ectomy, usado en medicina para indicar extirpación o extracción quirúrgica. Hay un detalle interesante, el término es parcialmente engañoso porque en la mayoría de las vasectomías no se extirpa todo el conducto deferente, sino un fragmento o se interrumpe su continuidad mediante corte, ligadura, cauterización o sellado.
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La sala de cirugía estaba dispuesta. Lo primero que traté de verle al urólogo Leonardo Hernández fueron las manos. Esa es una costumbre heredada de mi mamá que en casa decía que los buenos cirujanos eran de dedos largos y pulso firme. Hernández contaba con las dos cosas. Hay que decir que por más maduro que uno sea, las mejillas se sonrojan cuando estás desnudo ante tres desconocidos, en mi caso era el urólogo y dos enfermeras. El frío y el olor del yodo me hicieron de nuevo apretar el fundillo. La inyección con anestesia en el escroto y alrededor del conducto deferente no dolió. Cuando empecé a sentir un calor de estufa en mis testículos, me entró la habladera. No eran preguntas de periodista, era un paciente acuclillado tratando de evadir el momento. Es probable que Hernández estuviera acostumbrado porque fue muy «deferente» —déjenme jugar con las palabras— y mientras respondía cada pregunta iba realizando el procedimiento casi que sin mirar mi escroto, como los cronistas que escriben sin mirar el teclado.
Intuyo que cuando le estaba preguntando por la cantidad de operaciones que hacía al día, Hernández estaba palpando el conducto deferente; después, al preguntarle por las edades de los pacientes realizó la pequeña punción en mi escroto; tal vez al indagar por la efectividad, Hernández sacó el conducto deferente que sale del testiculo izquierdo y procedió a trabajar sobre él, ahí sí sentí como un estirón en la ingle, pero nada de qué preocuparse; le pregunté también por las reversiones, es probable que en ese instante cortara el conducto; el urólogo pidió algo, entonces un olor a carne quemada se me metió por boca, nariz y hasta por los ojos. Era el momento en que estaba cauterizando las dos partes de esa manguerita que transportaba mis espermatozoides. Yo lo inundé con más preguntas mientras repetía el proceso en el conducto del testículo derecho. «Muy bien, caballero, hemos terminado», dijo, y pensé que estaba bromeando. Efectivamente, todo duró lo que duran en hacerse dos huevos fritos.
Este tipo de métodos no exigen sutura, así que a uno le ponen unos vendajes, le dicen que los sostenga ejerciendo una leve presión y le piden que pase a una sala contigua. Allí estaba otra enfermera con una bolsa de hielo que uno debe ponerse de inmediato, al menos, por unos treinta minutos. Sentados en otras poltronas idénticas a las de la sala de preparación se encontraban Sixto —los otros hombres ya se habían ido— y Kevin, a quien, cuando entré, le estaban haciendo inhalar alcohol porque había flaqueado, su blancura lo hacía ver más delgado de lo que era, parecía un hombre derrotado.
Una vez pasó el tiempo, la enfermera vino hacia mí, quitó los vendajes y con movimientos compasivos levantó mi pene, como quien levanta el brazo dormido de un niño, para percatarse de que la incisión había dejado de sangrar, entonces me dijo que ya podría regresar a casa, no sin antes entregarme una guía de cuidados posteriores. En ella se advertía que al bañarme se sugería lavar el escroto apenas con agua y jabón. También colocar una bolsa de hielo envuelta en un trapo cada tres horas durante los dos días siguientes y no ir al gimnasio ni hacer fuerza durante, al menos, los primeros quince días.
Otra de las instrucciones la entendí mal, pero la ejecuté bien. La guía decía: «Después de realizado su procedimiento de vasectomía usted debe asistir a los tres (3) meses posteriores a su intervención a realizarse el espermograma, debe completar mínimo 30 eyaculaciones antes de la toma». Es evidente que había un problema serio de redacción en esa instrucción, porque si se siguiera la indicación frase a frase, no sé lo que le podría pasar a un hombre después de eyacular treinta veces justo antes de la toma, es probable que en el quinto intento los huevos de verdad estallen o se calcinen. Ahora bien, yo le puse sentido común al texto y pasados quince días comencé a tener mis sesiones de onanismo para cumplir con el cometido. Aunque para no ir a tirar la toalla durante el proceso —yo que soy un tanto metódico— puse alarma cada dos días con el objetivo de no irme a olvidar. Cuento otra infidencia: por más que uno sea de mente abierta y desinhibido con su pareja, da sonrojo eso de demorarse tanto en la ducha cada dos días porque hay que cumplir con el deber onanista. A mí, la verdad, no me resultó fácil.
Y ahí fue donde estuvo mi verdadera malinterpretación. Tras leer aquella sugerencia pensé que, por la delicadeza que tienen las partes íntimas, lo que se pedía era «uno con uno mismo y con un cuidado que rozara la ternura», pero tiempo después supe que se podían tener relaciones sexuales con condón o practicar con la pareja otro tipo de juegos íntimos que produjeran lo que tenían que producir.
Aunque eso no fue lo más difícil de todo este procedimiento, lo peor llegó el día de entregar la toma para el espermograma. Resulta que lo más recomendable, después de recoger esa eyaculación número treinta y uno —o de la treinta para arriba—, es presentarla en el laboratorio en el menor tiempo posible; para ello, Profamilia dispone de un cubículo que les prestan a los pacientes. Confieso que casi no lo logro. El cubículo de la sede de Teusaquillo queda justo en una de las salas de espera, de modo que una docena de pacientes están al lado de uno, tan solo separados por una puerta de vidrio polarizado. En mi caso eso no fue todo. El día de mi cita, afuera, se encontraba una madre con su bebé. La criatura empezó a llorar en el instante en que entré a recolectar la muestra. Así que por más que intenté concentrarme, de allí debí salir corriendo y verme en la vergonzosa situación de confesarle lo sucedido a una auxiliar para aplazar la recolección.
Sin embargo, para mí todo esto ha valido la pena por una causa más grande que cualquier interés particular. Es el momento de que los hombres asumamos lo que nos toca, no es justo con las mujeres haberles puesto durante tantos años toda esta carga química, todo este peso moral y hasta mental. La vasectomía no es para ser infieles, la vasectomía debe ser una declaración de intenciones: es necesario desaprender, arrancar —déjenme ahora si usar la palabra perfecta— CASTRAR de tajo este patriarcado que a muchos nos fue inoculado desde que nacimos y exigirle a la industria farmacéutica que es inminente la producción de nuevos métodos de planificación para hombres, métodos que —tal vez— tienen escondidos como por tantos años tuvieron ocultos a sus propios eunucos.