6 de julio de 2026
Crónica
El último mundial de Messi

El nombre de Eduardo Sacheri empezó a hacerse conocido justamente por sus cuentos sobre fútbol, lo que vino después fue el descubrimiento de una de las plumas más leídas de Argentina y del habla hispana. Ha escrito diez novelas, seis libros de cuentos, ganó el Premio Alfaguara y El secreto de sus ojos —con guión adaptado por él— ganó el premio Óscar a mejor película extranjera. Tal vez no haya otro argentino mejor para despedir con sus letras al 10 de la selección argentina, Leo Messi. Aquí les dejamos esta crónica exclusiva de SoHo.
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Por Eduardo Sacheri
El fútbol es un territorio de deseo. Deseo feroz, deseo desbocado, deseo ingenuo, deseo rutilante. No podemos explicarlo —las palabras no están hechas para aferrar el deseo—, pero cuando empieza un partido sentimos que, si ganamos, alcanzaremos la felicidad, la plenitud, la eternidad. Eso no es cierto, pero no importa. Lo importante es que mientras dura el partido sí lo creemos.
No hay otra explicación para el rugido de la multitud (de todas las multitudes) cuando el árbitro pita el inicio del encuentro y un jugador parado en el círculo central pone la pelota en movimiento. ¿Por qué rugimos? No está pasando nada. La pelota está en el lugar más neutral, más inofensivo de la cancha. Rugimos no por lo que pasa, sino por lo que deseamos que pase, por el apremio de que tal vez, si los dioses nos bendicen, dentro de algo menos de dos horas seremos inmortales. Ya sé —insisto— que no lo seremos. Pero en ese momento nos parece que esa utopía es posible.
Bueno: los argentinos no llegamos al Mundial 2026 en ese habitual estado de necesidad, sino en estado de gracia. Un sosiego en el que hay gratitud y placidez, en lugar de necesidad y deseo. Ese estado de gracia nació el 18 de diciembre de 2022, cuando Gonzalo Montiel venció a Hugo Lloris en el cuarto y último penal de la definición de la final. No. Me equivoco. Ese fue un momento de estallido. El estado de gracia sobrevino cuando Messi se aproximó a la Copa del Mundo, le sonrió y le dio un beso, antes aún de que se la entregaran. Ahí comenzó la plenitud, porque se cerró un círculo.

Leo Messi llevaba más de dieciocho años recorriendo paso a paso ese círculo. Para ser más exactos, seis mil setecientos cuarenta y seis días con sus noches desde su debut oficial con la camiseta de la selección juvenil, el 29 de junio de 2004, la noche en que la Asociación de Fútbol Argentino inventó un amistoso contra Paraguay para que Leo fuese titular y asegurárselo de por vida.
Esos miles de días habían sido tan venturosos en el Barcelona —y aún en el PSG— como desdichados con la selección nacional. Así de dicotómica, así de bipolar, así de esquizofrénica había decidido ser la carrera de Leo. Títulos, gloria y reconocimientos para la estrella de esos clubes. Sinsabores, críticas y fracasos para el 10 de la selección argentina.
Las camisetas con el 10 en la espalda pesan, pesan mucho. Pero no debe haber ninguna tan pesada, para un jugador argentino, como la 10 de la selección, porque una cosa es ocupar el lugar del creativo, del distinto, del estratega, del artista, y otra más difícil todavía: ocupar el sitio del dios. Cada número diez que jugó en la selección argentina después del Mundial de 1994 debió aceptar la comparación con Diego Maradona. Una comparación de la que no había —ni habrá— modo de salir airoso. Tal vez cuando no queden testigos vivos del Mundial de México 1986, eso sí sea posible. Que en una reunión de amigos, en un asado cualquiera, se pueda hablar de la selección nacional sin que alguno, o varios, o todos, mencionen a Diego Maradona. Pero mientras quede algún testigo vivo de aquella epopeya, eso será imposible. Porque en ese Mundial Maradona hizo dos cosas, una dificilísima y otra quimérica. La dificilísima fue comandar a un equipo maravilloso hasta el triunfo y hasta el título. La quimérica fue restañar las heridas del alma de un país dolido y humillado que buscaba, a los tumbos, dejar atrás los años más tristes de su historia.
No es culpa de Leo —no es culpa de nadie— que la Argentina haya erigido ese altar en la cima de ese Olimpo, y que esa cúspide sólo sea habitada por ese dios. Pero así son las cosas. Y para el caso nada cambia que Messi, a pura fuerza de talento y de sacrificio, se haya pasado casi veinte años trepando esa cuesta y cayendo por ella, una vez, y otra vez, y otras quinientas. Al fin y al cabo, nadie tiene la culpa de no ser Maradona. Pero Leo tuvo que soportarlo como si fuese su responsabilidad no haber nacido en la cima de ese Olimpo.
Esa imagen de Qatar 2022, esa postal de Messi sonriéndole a la copa, acariciando la copa, besando brevemente la copa, cuando todavía faltan un par de minutos para que se la entreguen de manera oficial, es la imagen de un hombre que ha logrado un sueño imposible y la de un país que ya había perdido las esperanzas de que lo lograse. Un hombre y un país que están empezando a entender que consiguieron, con el último aliento, enderezar por una vez, por una puta vez, el destino en la dirección correcta.
Porque atrás han quedado las oportunidades de la juventud, en Alemania 2006 y en Sudáfrica 2010. También han pasado las ocasiones de la madurez, en Brasil 2014 y en Rusia 2018. En ese deporte cruel, en ese nivel ultracompetitivo, eso tiene que ser el epílogo. Para Qatar 2022 Leo será un veterano a punto de cumplir treinta y seis años. Si no lo consiguió en la plenitud, menos lo logrará en el atardecer de su carrera.

Es el final. Tiene que serlo. El crupier del casino anuncia el «no va más» de la última bola de la noche. A la Argentina de Messi le queda una última ficha y son demasiadas las casillas que quedarán sin cubrir en esa apuesta. Un director técnico debutante, que ha llegado a ese puesto casi por la única razón de que nadie quería comandar el navío en el naufragio. Un plantel lleno de caras nuevas. La bola salta dentro de la ruleta que gira y gira. Y sucede lo que no sucede casi nunca. El entrenador debutante parece haber encontrado un estilo, una filosofía, un horizonte. Al plantel de novatos no le pesa la responsabilidad. Antes bien, lo alimenta el hambre de gloria y la esperanza de convertir a su ídolo, al ídolo de todos ellos cuando eran chicos, en el héroe de una hazaña improbable. Y la selección argentina consigue en esa última chance, en esa última bola de la última ruleta, abrirse paso hacia ese escalón último del Olimpo en el que habita el fantasma más querido.
Casi nunca es, el fútbol, territorio de plácidas contemplaciones, de serenas gratitudes. Vamos hacia el fútbol para obtener, a dentelladas, lo que la vida nos niega en todos sus otros territorios. Pero esta vez, esta única vez, para la Argentina y para Messi es distinto. Vamos al Mundial 2026 a cerrar una carrera perfecta.
No vamos con la idea de salir campeones. No vamos con esa idea, sencillamente, porque ya lo somos. Ya lo es Leo. Ya se puso, y nos puso, en la cúspide del mundo. Cuando ya parecía irrealizable, lo hizo, lo hicieron. Y eso le da a nuestra aventura mundialista un cariz infrecuente. Nos habita menos el deseo que la gratitud, menos la sed que la saciedad.
Por supuesto que no somos santos, sino seres humanos. Y cuando la pelota empiece a rodar, dejaremos de lado nuestra flemática gratitud y volveremos a ponernos en marcha. Y Leo hará lo mismo. Y la esperanza y el temor volverán a gobernarnos. Haremos cálculos. Al fin y al cabo, matemáticamente tenemos una posibilidad entre cuarenta y ocho de repetir la hazaña. Y si no se da, paciencia. Nos conformaremos, si se puede, con llevarnos por delante a algún candidato antes de hacer las valijas.
Pero también puede suceder, aunque nadie haya ganado dos mundiales consecutivos desde Brasil en 1962, que falte un episodio de esta saga. Que Messi, con su habitual sonrisita tímida y ladeada, se disponga a lanzar un último hechizo. Y cuidado: no sea cosa que salga un conejo postrero de la vieja chistera.
Por algo tiene puesta, y ya no le pesa, la camiseta número 10. Esa que flamea, en el puño de nuestro fantasma bienamado, en la cima del Olimpo.
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