En defensa de los errores que hicieron sublime al fútbol, desde Wembley hasta Maradona, es hora de ponerle freno a ese esperpento policial llamado VAR.
Por Pascual Gaviria
Los dos capitanes y la terna arbitral están en el círculo central. La moneda está en el aire y cuatro de los protagonistas miran al cielo intentando adivinar la suerte que vendrá. El quinto hombre de la escena, con un bigote espeso y un aire de comediante, mira su reloj en la muñeca izquierda. Tal vez sabe que ha llegado su tiempo. Su nombre es Tofik Bakhramov y ha sido designado como juez de línea número uno en la final Inglaterra-Alemania del Mundial 1966, en el Estadio de Wembley, en Londres.
El hombre, nacido en Azerbaiyán, se convirtió en el personaje principal del primer título mundial de los ingleses. Es uno más de los creadores de la mitología del error y el azar que la FIFA, disfrazada de justiciera y con algo de remordimiento, se empeña en borrar de la faz de las canchas. Corría el minuto 101 de la final, con empate 2-2 en los 90 reglamentarios, cuando Geoff Hurst dio media vuelta cerca de las 5.50 y remató arriba de pierna derecha. El balón cayó de pica barra sobre la línea que defendía el meta alemán Hans Tilkowski y levantó un soplido de cla. Suspenso, protestas, celebraciones, confusión. El árbitro suizo Gottfried Dienst corrió a consultar a su asistente 1 quien le afirmó con vehemencia que el balón había cruzado la raya y le señaló el centro del campo. Los ingleses corrieron a celebrar y los alemanes rodearon sin compasión a Tofik Bakhramov quien se mantuvo firme. Al minuto 120 Inglaterra sentenció con un 4-2 y los alemanes apelaron a los infiernos.
Bakhramov tenía un gusto histriónico por el arbitraje, lo tomaba como una especie de salto a las tablas de un inmenso teatro. «Los partidos de fútbol son duelos llenos de giros imprevistos y hasta milagros reales, ¿quién no quiere ser un mago aunque sea solo por 90 minutos», escribió «el línea ruso» en sus memoria. Durante muchos años se le conoció bajo ese apelativo, sin nombre alguno, borrando su verdadera nacionalidad que por entonces cubría el manto soviético.
Pero llegaría su revancha, el tiempo de ese reloj en su muñeca siguió corriendo. Bakhramov murió en 1993. Desde ese año el estadio nacional de Azerbaiyán, en su capital Bakú, lleva el nombre del árbitro que legitimó el «gol fantasma» en Londres. Una estatua suya cuida la entrada. Tiene el aire de la gesta soviética y parece señalar un penal. Para dar fuerza a sus ansias de mago y payaso la historia ha repetido una gran frase durante años: Luchó dos veces contra los alemanes, una en Stalingrado, en la Segunda Guerra Mundial, y la otra en Wembley en el 66”.
Ahí no pararon los homenajes. En 2006 Azerbaiyán se enfrentó a Inglaterra en las eliminatorias mundialistas. Hasta Bakú llegaron Blatter, Platini y el legendario Geoff Hurst. Un supuesto villano se había convertido en héroe nacional. Un error monumental era ahora el monumento a un hombre. En el aeropuerto se entregaban llaveros con su estampa.
El fútbol es azar, picardía, engaño, gambetas, trucos. La International Football Association Board (IFAB) quiere convertir el juego en una audiencia legal, la cancha en un espacio vigilado por cientos de cámaras, los jugadores en sospechosos de siempre. En el Mundial dará roja taparse la boca para dirigirse a un rival, el árbitro ya porta su bodycam al estilo de los policías, quitarse la camisa da amarilla. Un fetichismo legislativo y judicial está cubriendo al fútbol. En poco tiempo los jugadores llevarán un micrófono para sancionar las palabras prohibidas en el diccionario de la FIFA.
¿Qué sería del fútbol sin «La mano de Dios»? Un mito necesario no podía terminar con una bandera arriba. Era indispensable una justicia poética, una gambeta a los ojos, el engaño como proeza. Desde esta pequeña tribuna propongo una estatua para Bogdan Ganev Dochev, otro línea inmortal, el búlgaro que dejó la bandera abajo en el hermoso timo de Maradona a Shilton. El estadio nacional Vasil Levski, en Sofía, merece otro nombre. «Maradona fue mi sepulturero», escribió Dochev al reverso de una foto del Pelusa. El búlgaro no era un comediante como Bakhramov, era un actor dramático. Ambos personajes de reparto merecen las palmas del respetable. Que en paz descansen con sus banderas inmortales.