Se trata de una práctica cada vez más popular en el porno y apenas incipiente en Colombia.

Zona Crónica

Infiltrado en un Gangbang

Por: Efraim Medina

Le pedimos al escritor Efraim Medina que se infiltrara en un Gang Bang, una práctica sexual que es muy común en el mundo del porno pero que poco a poco se abre paso en nuestro país.

1. LA CASA

Nena, puedes estar segura que el Diablo no existe; lo que llamas Diablo es Dios cuando está borracho. Pero aquella fría y escueta casa perdida en el decadente barrio de Teusaquillo parecía abandonada de cualquier dios o demonio. Toqué tres veces como habíamos convenido. Una ventanita se abrió en la maciza puerta de hierro y una cara amarilla se asomó fugazmente, enseguida sentí el crujido de la puerta y aquel sujeto me invitó a entrar con un gesto seco y un amago de sonrisa. Era de mediana estatura, delgado y con el pelo cortado a ras. Estreché la mano que me ofrecía y me di cuenta de que a pesar de su frágil apariencia era muy fuerte. Avanzamos por un pasillo de paredes descascaradas y llegamos a la sala, a un lado estaba la escalera de madera que conducía a los pisos superiores.

En el primer piso había un cuarto con un viejo colchón y un par de sillas, junto al cuarto habían improvisado un camerino donde los clientes podían cambiarse para entrar "en ambiente". El discurso del sujeto describiendo la casa era monótono, traté de fingir interés. En el segundo piso había un ring, un cuarto de sadomasoquismo y otro con tres mesas de cafetería, según mi flamante guía, para penetración anal. En un rincón de ese mismo cuarto había un guacal de madera lleno de orificios. En el tercer piso estaba lo que aquel sujeto llamaba pomposamente "la suite", me explicó entusiasmado que allí se realizaba la "integración" final. Una enorme cama regía la suite, a un lado de la cama estaba una hamaca. Del otro lado, una barra sobre la cual relucían seis botellas de whisky barato y una pila de vasos desechables. La suite tenía piso y techo de madera y el sujeto no dejaba de elogiar la atmósfera que allí se respiraba.

Al lado de la barra había un pasillo que conducía a la cocina y los baños, en ese pasillo sobresalían algunas sillas de plástico. Imaginé que en otro tiempo alguna honorable familia bogotana había habitado aquella casa, ahora no quedaban rastros ni de sus fantasmas. En la hamaca y la cama había huellas de semen, baba, mierda y orina que se superponían hasta formar un estúpido palimpsesto. Bajamos, el sujeto seguía hablando. Parecía un profeta empresarial cuya misión en la vida era liberar el mundo a través del sexo extremo que prometían sus "eventos". Sus palabras parecían el eco de otras palabras, se formaban en su gélida mente como agujeros en el agua.

No comunicaban emociones ni significados, sólo intentan sostener aquella burda empresa que desde el universo virtual prometía satisfacer cualquier fantasía sexual. El sujeto mismo parecía flotar en otra dimensión, una celda de humo y grasa donde no había lugar para diálogos o sentimientos. Me invitó a sentarme ante la barra, me ofreció a whisky y llamó a algunas de las personas que iban a participar del "evento" al día siguiente.

2. LAS PERSONAS

No hay criatura o cosa en el mundo, por inocua, cruel o inhumana que parezca, exenta de algún rasgo de poesía. Hasta el instante en que aquella mujer seguida por tres hombres, todos cubiertos apenas por toallas blancas, entraron en la suite y se sentaron en el borde de la cama para contarme sobre su participación en los "eventos" yo había creído ciegamente en aquella hermosa frase. Uno de los hombres intentó explicarme que ellos hacían parte de una aventura maravillosa, que eran parte de un movimiento universal de transgresión. Me hablaron de un discurso que no logro entender aunque sé por qué no: ni ellos lo tienen claro.

Hablaron de libertades, de las inexistentes fronteras del cuerpo, de la mente, de que el placer sexual puede expandirse indefinidamente. Una cosa no tiene que ver con la otra, y por eso dicen que tienen sus familias, que aman a sus esposas y a sus hijos pero que su libertad de pensamiento les permite estar aquí. Alguno me contó que el sexo grupal se le convirtió en un obsesión y que al menos una vez al mes debe buscarlo donde sea. Le excita sentirse sumergido entre cuerpos extraños que se rozan y que expelen olores que se mezclan y que se vuelven imborrables. Lo entiendo. El olor del lugar no puede ser más asqueroso.

Los tres la tocan y no saben muy bien por dónde empezar, ella ríe todo el tiempo acostumbrada a que su pesada figura esté rodeada de hombres que, incluso, apenas atinan a presentarse con un nombre falso y a advertirle que no tendrán compasión con ella. Parecen diálogos extraídos del peor guión de una película porno. La mayoría de los que participan en el evento -palabra en la que el dueño de la casa insiste- son casados. Al proponerles a sus esposas intercambio de parejas o fantasías de sexo grupal y no encontrar su complicidad, prefirieron seguir su camino solos.

Solo unas pocas les han seguido el juego y han aceptado complacer a su pareja. Pero son excepciones. Siempre habrá, en todo caso, una prostituta dispuesta a que el Gang bang sea una realidad. En un par de horas volverán a su vida. No es la primera vez para ellos en esta vieja casa. Tampoco será la última. Por más que quiero, definitivamente en ellos no hay ni el más mínimo rasgo de poesía… y lo lamento.

EL EVENTO

El animal ha muerto o casi ha muerto, quedan el hombre y su alma declara Borges en un poema aludiendo a la vejez y la liberación del deseo. Aquel puñado de personas intentaba dar un sentido a su vida a través de la triste biología de sus vísceras. Gang significa pandilla y bang estallido, traducido literalmente sería algo como la pandilla que golpea.

En este caso la pandilla eran tres esmirriados hombrecitos que golpeaban con sus endebles penes a una chica enorme. Ella reía mientras los tres se turnaban para hacer frente a aquella poderosa vagina. Antes había visto a dos chicas revolcarse en un ring, después una de ellas había entrado al guacal para chupar los penes que los clientes metían por los orificios. Pero no siempre es así.

Mañana serán 5 mujeres dispuestas a lo que sea con, al menos, 20 hombres que llegarán a esta vieja casa a sentirse a gusto, deambulando en toallas sin saber muy bien por dónde empezar la triste faena. Después, estos desconocidos tal vez se sentarán como viejos amigos a compartir, ya no una mujer a quien tampoco conocen, sino un par de cervezas. Y hablarán como si fueran un equipo de fútbol que recién se ha integrado y que, heroicamente, contra todos los pronósticos, consiguió derrotar lo invencible.

El dueño, por su parte, orgulloso, insiste en que esta práctica se está expandiendo muy rápido en Colombia. No me sorprende ante la proliferación de bares swingers y lo que el porno insiste en ofrecer: la actriz Annabel Chong, en 1995, atendió a más de 200 hombres una misma noche. Ella sola, sin ayuda de nadie. Desde entonces, esa marca ha sido pulverizada muchas veces.

El gang bang llegó aquí hace pocos años, pero en Europa ya es una historia de más de tres décadas. Los hombres hacen sus cuentas y les parece perfecto que por un poco más de cien mil pesos tengan acceso a sexo ilimitado. Aquí nadie los juzgará si meten sus penes en orificios de madera, sin ni siquiera poder adivinar la boca que los recibirá al otro lado. Y podrán tomar un respiro e insistir y repetir hasta que sus cuerpos lo permitan durante un poco más de tres horas. Los gemidos retumban en las ajetreadas paredes de una casa que se resiste a caer. También las palmadas y los insultos y palabras asquerosas que la mujer parece aceptar complacida. Ellos también ríen, satisfechos de la imagen que protagonizan. Mientras ella trata de moverse sincronizadamente ante los tres cuerpos que la embisten, veo gestos de una hombría pobre, insegura. Veo sonrisas tristes. Veo a seres que no se encuentran, que en el movimiento acelerado de la escena buscan huir de algo que pareciera perturbarlos. ?

INTEGRACIÓN Y VACÍO

Al final de las diversas sesiones o fantasías todos se reunieron en la suite. De una grabadora escapaba una vieja ranchera y ellos se movían, desnudos y abatidos, como zombies de una fiesta anónima. Los movimientos eran lentos como si se tratara de una manada de leones marinos. En sus miradas había desencanto, y seguían intentando dar un carácter a aquel horrible aquelarre. Después llegarían a sus casas y se sentarían a ver televisión en familia.

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BONUS TRACK

CUBRIENDO UN GANG BANG

Colombia entró en la era del gangbang, práctica en la que una mujer satisface a varios hombres al mismo tiempo. El periodista Alfredo Dazza Trujillo aceptó la propuesta de SoHo de asistir a uno de esos particulares encuentros.

Por  Alfredo Dazza Trujillo

Se le antojó ser la reina del gangbang, y por ello se propuso ser plato de mil y un comensales. La hazaña sexual quedó documentada en el film a finales de mayo. La anterior marca había sido fijada por la actriz Houston, en 1999: la friolera de 620 polvos. El primer récord lo impuso Annabel Chong, con 251 actos en 1995. Al año siguiente la marca fue superada por Jasmine St Claire, con 300 primates, y dicen quienes conocen la industria que, como si fuera poco, la susodicha llegó a casa a tirar con su novio.
En el festival europeo , tres actrices compiten anualmente por ser las campeonas. El récord del evento lo tiene Lisa Sparxxx, con 919 polvos en el 2004. Pero el asunto ha tenido sus bemoles: Brooke Ashley se contagió de SIDA mientras batía el récord de gangbang anal con 50 hombres, en 1998, meta luego superada por Victoria Givens, que recibió 101 penetraciones por vía contra natura y sin lubricante.

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Estuve frente a ese portón, durante un minuto que me pareció una vida. ¿Qué hacía yo ahí? No sé por qué me entraron unas ganas terribles de orinar hasta que vi cómo la puerta se abrió a un interior oscuro y desconocido. Un hombre mediano, de unos 45 años, me hizo saber que el importe por pagar, 30.000 pesos, me daba derecho a participar del acto, a tener la cantidad de preservativos que llegara a necesitar en el desarrollo del polvo colectivo y a dos cervezas. Pedí la primera con apremio, mientras observaba con morbosa curiosidad el lugar donde me encontraba, presto a la expectante asonada sexual. Todo ello por un precio muy módico, pues luego me enteré de que hay lugares en Bogotá donde la entrada puede costar hasta 250.000 pesos por evento.
Aparentemente era un bar cualquiera. Desde el pasillo de entrada, donde fui requisado con desparpajo por un grandote vestido de paño, y bajo una lúgubre luz, se podían observar mesas, sillas, una barra, y, al fondo, una pequeña pista de baile con bola de espejos en el techo, muy setentera, y una barra vertical en el centro de la misma. También había un televisor que rotaba un video porno.

Una parte de mí tenía ganas de iniciarse en la aventura, pero otra no: la tensión me producía en ese momento algo que pasé a llamar impotencia temporal pregangbang.


Con la cerveza en la mano, busqué lugar al borde de la pista. Me percaté de que no había nadie más y le pregunté al hombre que me recibió, mientras apuré otro sorbo de cerveza fría, si iba a llegar más gente. “Usted llegó temprano -me dijo-, pero siempre llegan más. Por ahí en unos veinte minutos deben venir otros manes”.


Y dicho esto me dejó solo en una pista de baile a lo Saturday Night Fever, viendo en el espejo de pared a un hombre que no estaba muy preparado para un encuentro de esta naturaleza. Minutos después vi cómo la escasa luz que le restaba al día atravesó la puerta con otro personaje más en este teatro del sexo. Con un mostacho cenizo, como toda su gris cabellera, el hombre hizo su ingreso y, luego de pagar (pedir cerveza, ojear el lugar), se acomodó tímidamente en el extremo opuesto de donde yo estaba. Al verme, levantó levemente la cabeza a manera de saludo.

Sorbo tras sorbo, la espera se hacía eterna y para esas alturas ya eran más de las seis de la tarde. Solo el nuevo integrante, la compañía de un reggaetón sin sentido pero con mucho lenguaje sexual como trasfondo, y una rubia tetona en la televisión felando a un obeso tatuado literalmente hasta los cojones, era el panorama que se me ofrecía.


Mi impaciencia fue subiendo hasta que por fin tres hombres más entraron al bar. Dos de ellos parecían ser amigos. El más joven tenía apariencia de estudiante y el otro, de unos 30 años, vestía traje de calle corriente, azul oscuro, y con una corbata de esas que se ven con frecuencia en la 19 con séptima. El tercero tenía un aspecto un tanto provinciano, algo robusto, corte militar, camisa de cuadros azules y tenis de marca. Entraron sin mayores aspavientos, tomaron lugar muy cerca de mí y se aprestaron a comentar la follada que se observaba en el monitor, como augurando lo que vendría.
Para los machos alfa, como leones, ávidos de su presa, los nervios iniciales dieron paso a la expectativa que se avivó cuando el sonido del reggaetón se transformó en un repetitivo punchispunchis y como voz del más allá, en off, se anunció la llegada de la espectacular Mariela. “¡Un aplauso, señores!”. Y justo así, tras una tibia bienvenida, apareció la dueña del escenario: una morocha de no más de 25 años, con un ínfimo vestido negro de encaje, que dejaba lucir una corsetería roja apretando las generosas carnes morenas. Entre la estela de humo con olor a coco que impregnó el ambiente, el nivel del volumen de la música amainó, y luego de sonreírnos, nos invitó a acercarnos más.

Preguntó por el nombre de cada uno de nosotros. Yo opté por un nombre cualquiera. No sé los demás. Siguió sonriendo y comenzó a acariciar con denuedo la barbilla del más viejo y el pecho del provinciano, a jalar la corbata del otro y a apretar mi pierna. Y mi amigo nada que se animaba: “Impotencia temporal pregangbang”, justifiqué.


Acto seguido (aunque aún no había acto) nos preguntó sobre nuestras fantasías sexuales y cuáles nos gustaría saciar con ella. La euforia se volvió timidez y, entre susurros, un asistente contó que quería saber cómo era comerse una vieja entre varios, otro dijo que le gustaría practicar sexo anal, otro coincidió en lo mismo, y yo, pues… quería ser un voyeur casual de un ménage à trois, o más.

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Yo empecé en esto por unos amigos de la universidad, dice Mariela. Una vez nos reunimos en una casa para hacer un trabajo, dos niñas y cuatro tipos. La otra niña era la novia de uno de ellos. Acabamos el trabajo como a las nueve de la noche y nos pusimos a beber. Como la pareja estaba recién cuadrada no hacían más que chupetearse al frente de nosotros, comiendo pan delante de los pobres. Entonces, cuando el trago hizo lo suyo, el man comenzó a meterle mano descaradamente a la nena y ella feliz. Yo llevaba una faldita toda bonita -me gustan las faldas- y uno de mis amigos comenzó a acariciarme la pierna. Luego el otro también me hizo lo mismo y así, en medio de los tragos, me empezó a dar risa, hasta que todo se calentó. Cuando volteamos a mirar, el hombre se la estaba comiendo ahí, frente a nosotros, el alcohol hizo su cometido y ya con esas ganas comenzó un jaleo entre todos que terminó en sexo en grupo. Los atendí bien y me gustó mucho.

Después de ese día repetimos muchas veces la experiencia, hasta que comencé a salir con un tipo que le gustaba la movida swinger y fuimos a bares en la zona rosa. Allá intercambiamos con un man que tenía un negocio de gangbang, y cuando le conté mi historia, me dijo que le jalara a esto. Y aquí estoy. No me gusta decir cuánto me gano por esto. Ante todo lo hago porque me gusta.

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Mariela puso las reglas en claro antes de llevarnos al “cuarto de las fantasías”, que no era otra cosa que un espacio pequeño y aún más oscuro que el resto del lugar, con un tapete en el suelo y cuatro cojines grandes a modo de cama ritual de sacrificio: haría de todo, pero no estaba permitido introducirle los dedos en el ano ni en la vagina, no podíamos darle palmadas en su trasero ni en su rostro (luego supe que a aquello se le llama spank), ni el bukkake, práctica en la que (también supe después) una serie de hombres eyacula sobre una mujer arrodillada. También nos insistió en lo más importante: no haría nada sin preservativos.

Fue a la pista, comenzó a bailar apoyándose de la barra vertical, y muy lentamente se fue quitando la poca ropa que la acompañaba. Mariela no solo dejó entrever algo del trajín de su vida con su historia, sino con su propia desnudez, un trajín manifiesto también en la marcada celulitis y en varias cicatrices en su cuerpo.

Cambiamos de escenario hacia el cuarto de las fantasías. Como perritos detrás de hembra en celo. Y casi sin respirar ni parpadear nos ubicamos alrededor de ella. Descubrí, pegado a la pared, un curioso dispensador de condones que asemejaba a los de papel higiénico de los centros comerciales. Mariela desprendió uno por cada participante, realmente pocos si se le compara a las hazañas de Erin Daye o Lisa Sparxxx . Recibí mi condón, pero me quedé impasible y empujé un trago larguísimo de cerveza para decirle que simplemente cumpliría mi deseo voyeurista y no participaría del acto. Con una mirada que no supe si era de desaprobación o de complacencia me dio la espalda desnuda y se acercó con aire de victoria al grupo que sí estaba presto a lo que viniera.

Y comenzó su faena, tal y como lo había pensado. En medio de una incómoda excitación vi cómo fue complaciendo a los desconocidos que la rodeaban ávidos de placer. Entre jadeos y más jadeos, pedí mi otra cerveza para mojar la contemplación de un acto que duró algo más de cuarenta minutos.

El primero en “caer” fue el muchachito de pinta de estudiante, le siguió el de la corbata que para esas alturas del encuentro obviamente ya no la tenía, y casi al unísono (ahí encontré otra acepción del término orgasmo simultáneo) acabaron su faena de alimento sexual compartido el provinciano y el del mostacho cenizo, el más veterano de todos, que como guerrero de mil batallas, dio una pelea a brazo (¿brazo?) partido, siendo el último en dejar a Mariela, que sudaba copiosamente por el esfuerzo de atender a tantos hombres con ganas de innovar su conducta íntima. Mariela se envolvió en una de las sábanas blancas que, poco antes de comenzar el ajetreo, tendieron sobre los cojines, y se perdió en un pasillo que conducía al interior para no dejarse ver más. La vi irse conforme por su actuación tras cumplir su cometido de complacer a cuatro hombres al tiempo. Pudieron ser más, solo que no llegaron. Por ella, no había ningún problema. Solo hay una regla: el que eyacula sale, no tiene derecho a repetir.

Luego, sentados en la barra del bar, hubo camaradería. Después de todo, habían compartido cama y ahora mesa, y estuvieron muy cerca rozándose durante algunos minutos y daba para compartir una cerveza más.

Pregunté qué otro uso le daban al local cuando no hacían eventos de este tipo; el de la barra me contó que después de las nueve de la noche abre como discoteca, muy frecuentada por oficinistas y estudiantes de los confines.

La puerta se franqueó de nuevo, esta vez para dejarme respirar el aire de la noche bogotana. Salí y solo pensé en alejarme lo más rápidamente posible de ese escenario tan extraño para alguien que se crió bajo el manto del Sagrado Corazón de Jesús.

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