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25 de junio de 2024

Estilo de vida

El cielo dividido de Islandia

Lagos, volcanes, auroras boreales y playas de arena negra hacen parte de los atractivos de esta tierra del hielo.

Por: Redacción Soho
Islandia un lugar imperdible.
Islandia un lugar imperdible. | Foto: Mauricio Barrantes SoHo

Olof nació hace 41 años en Reikiavik y cuenta cómo una noche se levantó pensando que estaba en otra estación o que alguna luz estaba encendida en su sala. El volcán de la península de Reykjanes había hecho erupción y un espectáculo de fin del mundo se podía ver desde su ventana. Dudó si debía tener miedo o apreciar la belleza del cuadro que se dibujaba en tiempo real ante sus ojos. Él, que ya había vivido 10 años en Groenlandia y conocía los extremos de la naturaleza, optó por observar, como si de una obra de arte se tratara, el movimiento de la lava y el juego de luces que se manifestaba a esa hora.

Es inevitable querer retratar e inmortalizar aquello que se considera bello a través de alguna forma del arte. En Islandia se encuentran lugares que parecen ficción, como la montaña Kirkjufell, el Parque Nacional Thingvellir, el valle Thjórsárdalur y el lago Mývatn, sitios que sirvieron de locaciones para la serie Game of Thrones. La literatura también ha inmortalizado Islandia, por medio de la novela Viaje al centro de la tierra de Julio Verne, que ubica la puerta de entrada al centro de la tierra en el volcán Snaefellsjökull de la península de Snaefellsnes. El problema es que cualquier interpretación visual o escrita es limitada ante lo que significa estar allí. Quizás sea algo místico, un embrujo de los magos universales que hacen que este lugar parezca de otro planeta y que ningún intento por explicar cómo son sus paisajes sea fiel a la realidad.

Un invierno

Hay una lucha contra el reloj para los turistas que conocen Islandia en invierno. Las pocas horas de luz obligan a aprovechar cada kilómetro recorrido para distribuir con exactitud el tiempo en carretera y no quedar atrapado en una tormenta de nieve en medio de la oscuridad, algo muy probable con el inmisericorde clima de esta parte del mundo. En un viaje de una semana entre diciembre y marzo se puede explorar gran parte de Islandia, pero se debe tener en cuenta que el sol sale a las 11:30 a.m. y se oculta cerca de las 15:30 - 16:00, lo que limita los recorridos si se quiere completar alguna ruta con luz de día.

En las carreteras estrechas y rodeadas de nieve, el automóvil alcanza la velocidad de la incertidumbre. El conductor poco a poco se dará cuenta que es inútil huir y que tiene que comprender la ausencia total de luz o las repentinas tormentas. El universo actúa con sabiduría y le enseña que la desesperación no es el camino. Ahí, cuando la noche es la única posibilidad, se entiende que la magia es una característica de la naturaleza, al menos de esta naturaleza. El cielo se despeja y se pinta de luces soñadas, que algunos llaman auroras boreales, y la luna asume el rol de luminar guía de todos los secretos del mundo.

Coincidir con las auroras boreales es como tener una cita con el amor: cuando se planea demasiado, se persigue y se desea, es cuando resulta más improbable el encuentro. En momentos en los que la oscuridad predomina, el GPS es lo único que indica que se está en el precipicio de un lago o en el inicio de una montaña. Detenerse en alguna orilla permite pensar qué hacer, si esperar la luz del amanecer o continuar hacia el destino. Mientras la decisión se da, se alcanzan a escuchar sonidos inexplicables y algunas alucinaciones emanan. La razón vuelve cuando se retoma el camino y surgen señales de la carretera que demuestran que esa es una ruta de vehículos. Ahí, cuando se olvida que una aurora boreal podría apoyarse en la mirada, se manifiesta y se posa en el techo. Algunas aplicaciones para el celular como “Aurora” funcionan como pitonisas que pronostican la actividad auroral de acuerdo a la cobertura de las nubes sobre el cielo y el índice geomagnético Kp, que va en una escala de 0 a 9.

Las marcas que dejan las llantas sobre el asfalto son el registro, antes de que la nieve las haga desaparecer, de que esta es una tierra habitada por humanos. Emprender camino en la oscuridad es la oportunidad para entender por qué Islandia cuenta con un cielo dividido. Mientras el automóvil avanza con rapidez, la mirada del conductor opera como el lente de una cámara, con la diferencia de que queda atónita cuando en el horizonte se vislumbra la noche y el día al mismo tiempo. Girar la cabeza hacia la derecha es ver el día y hacia el otro lado, es ver la noche. La lógica en el plano es muy distinta a amaneceres que la memoria evoque, pues acá son dos pantallas de una sala de cine sin bordes, que cohabitan en el panorámico de un vehículo en movimiento.

Islandia desde la ventana
Islandia desde la ventana | Foto: Islandia desde la ventana

La ruta 54

Previo al sueño profundo, cuando se cierran los ojos y se navegan recuerdos inconexos, hay consciencia sobre la oscuridad que prevalece. Aunque la decisión no se compara a la de realizar un viaje sin el sol como acompañante, el resultado posterior sí lo es. Los sueños son, en parte, un cúmulo de imágenes que no se pueden explicar con la razón y el sumergirse en la ruta 54 de Islandia para abrazar el amanecer tras 4 horas de recorrido, rememora lo que se siente cuando se sueña. A pocos kilómetros de Grundarfjörður, la línea que demarca la ruta entre los lagos y el océano es una entrada a una especie de fotogramas que son ilusiones, que cuando vuelven a la mente no se guardan como experiencias reales, como historias verdaderas, se recuerdan solo como se recuerda la ficción.

Avanzar en la ruta es comprobar que hay lucidez en el sueño y que es posible detenerse por provisiones o para tomarse una foto. De hacerlo, se debe prestar especial atención a las señales, como aquellas que miden la temperatura. El invierno en esta parte del mundo suele ser hostil para quienes nunca han estado en lugares con temperaturas bajo cero y si se olvida cubrir las orejas o la nariz, estas asumirán el estado del hielo, algo que se puede verificar cuando se les intenta dar calor con las manos. El visitante está obligado a ser precavido incluso en los sueños porque los misterios del subconsciente no garantizan el regreso a salvo a la monotonía de la realidad.

La ruta 54 demarca la división hacia el parque nacional Snæfellsjökull. La despedida con el océano es registrada con una subida pronunciada que llevará a la cima de una montaña. Desprenderse de lo que hasta el momento se consideró como paraíso y aventurarse a territorios desconocidos hace parte de un juego de la estructura mental de quienes asumen que existen escenarios mejores a los ya recorridos o como consecuencia de la curiosidad por descubrir aquello que la combinación mente materia aún no acarició. Nada garantiza que la experiencia será mejor, pero será nueva, y si es nueva es bella en sí misma, aunque haya recuerdos con un mayor significado.

Islandia y su hermoso cielo.
Islandia y su hermoso cielo. | Foto: Mauricio Barrantes

En la cima, la visión del pasado y el futuro se entrelazan. Se puede demarcar con claridad los límites del cielo y de la tierra que se dejaron y se ve, bajo el otro lado del cielo, los caminos que quedan por recorrer. La instrucción es clara: toca descender para descubrirlos despojándose de lo conquistado. Quedarse en la cima es tentador, pero peligroso. Ni la nostalgia, ni el ego, ni la propia vida permanecerán ante la inclemencia del universo, que aplica con severidad la ley de la naturaleza en la que lo único permanente es el cambio. La señalización cuenta historias de quienes pasaron por allí, mientras otras demarcan caminos hacia volcanes, algunos que requieren el acompañamiento de expertos en trekking.

El descenso es esclarecedor. El apego a conquistas del pasado se desvanece y la calma acompaña la todavía ruta 54. Se empieza a entender por qué Julio Verne se inspiró en esta parte del mundo para escribir Viaje al centro de la tierra. El sol tímidamente se va asomando con el efecto de cambiar la tonalidad del paisaje en cada minuto. El centro de información del parque nacional Snæfellsjökull racionaliza el viaje. Allí, se puede leer sobre la vegetación, la fauna y la historia de este parque, y saber que hay visones americanos, zorros del Ártico (Tófa) y algunos roedores.

Es el medio día en el punto cero de la entrada del parque y más que el centro del mundo, parece el fin, pues el cielo anuncia una tormenta que no llega. La playa Djúpalónssandur está a dos horas y media de caminata. Esta es una playa de arena negra, como lo es la playa Reynisfjara, otro de los entornos que en la profundidad del sueño se pueden conocer. La ida y vuelta es riesgosa pero en compañía, como cuando se eligen vidas compartidas, reducirá los miedos a miedos compartidos. Matemáticas básicas: dividir el miedo a la mitad para así darse la oportunidad de conocer senderos volcánicos, rocas y un musgo muy particular, que en conjunto completan el diseño paisajístico de esta ilusión de la mente. Todo habrá valido la pena.

Volver

Islandia no llega a los 400.000 habitantes y tiene una baja densidad poblacional, que es de 4 personas por kilómetro cuadrado. Es uno de los países más amigables con los inmigrantes, según encuestas de Gallup. Lidera por 14 años la lista de los países con menor brecha de género del mundo, según el Foro Económico Mundial. Su idioma, el islandés, es difícil de entender al hispanohablante, al punto que podrá confundir el nombre de una veterinaria con el de un supermercado. Ese no será un problema porque al ser tan turístico, con el inglés será suficiente. Lo que sí puede ser un inconveniente es que su moneda oficial, la corona islandesa, resulta cara en términos de costo de vida para el turista latinoamericano, más que países como Suecia o Reino Unido, pero menos que otros como Suiza.

La ruta marca un regreso al punto de origen del viaje. Algunas paradas pueden dibujar en la mente la sensación de que todavía se puede habitar estos lugares y confundir al tiempo, simular creer en que algo recibe la capacidad de ser eterno. Han pasado varios días y noches y pese a que es difícil etiquetarlos como días y noches, dejaron marcas tan fuertes en la mente como las que quedan en las rocas. Una parada en una estación de servicio por combustible y un café, cambio de zapatos y algunas compras inútiles para ir acostumbrándose de nuevo a la rutina. Reikiavik de nuevo. Un centro comercial, la app Klappid de transporte público y el conectarse a Whatsapp, algunas charlas, una video llamada y una cena en un restaurante oriental. El ramen y la bebida por 35000 coronas islandesas. Luego, ver la ciudad desde su catedral principal, con una forma perfecta para honrar a Game of Thrones.

Hay lugares en que la distancia entre lo humano y lo divino se reduce. Puede ser la bondad de los dioses o el ingenio de los humanos, pero en Islandia esa distancia se siente mínima. Es por eso que recorrerla se confunde por momentos con los sueños. Volver a casa, cuando se está de visita, puede ser como un molesto despertador si así se decide o como un tránsito lleno de bondad, si se siguen los pasos adecuados. La compasión es uno de ellos, esa capacidad que solo llega cuando se comprende el dolor y que es útil en los momentos de las despedidas. Y a este tipo de lugares hay que aprender a decirles adiós o hasta pronto, según corresponda. Si esta despedida se da con agradecimiento por lo vivido, el adiós será como esos despertares en los que nada se fuerza, en los que abrir los ojos es un respiro natural en el que incluso es difícil diferenciar si las imágenes existieron solo en la mente.

Por Mauricio Barrantes

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