El desempeño de Erik en el colegio era tan malo que una profesora le recomendó un día, delante de sus compañeros, que se retirara y se empleara en McDonald’s. Al poco tiempo, cuando tenía 15 años, se dio el gusto de mandarle a la maestra un breve pero contundente mensaje para demostrarle su error: “Mírame ahora, perra”. La destinataria no le contestó, pero en una comunidad tan pequeña como Port Falls, Idaho, ella seguro estaba enterada de que su peor alumno no estaba asando hamburguesas, sino que era rico gracias a las criptomonedas y que veinte personas trabajaban para él alrededor del globo en su propia empresa, Botangle.

Erik hoy tiene 19 años y al ver algunas de sus fotos en Instagram podría concluirse que es otro de esos niños ricos malcriados que terminan abusando de las drogas y el alcohol e incluso convirtiéndose en criminales. En una de las instantáneas aparece en una cama cubierto de dólares y pistola en mano. En el pie de foto se lee: “El efectivo vale tan poco comparado con el bitcoin, que duermo sobre él”. En otras fotos fuma puros mientras cuenta su dinero, consume un cigarrillo formado con un billete de 100 dólares y se ufana de su avión privado o de sus automóviles de lujo.

"Si no te haces millonario en los próximos 10 años con las criptomonedas, será tu culpa"

Pero, en últimas, su cara de nerd lo delata y al conocer su historia es fácil concluir que no es tan crápula como se muestra. Él mismo reconoce que las perturbadoras imágenes en la red social hacen parte de una estrategia: “Ser provocador es una buena manera de hacer que el público les ponga atención a mis ideas”, le dijo hace poco a The Guardian, en una entrevista en la que dejó claro que su gran objetivo es transformar el mundo.

De hecho gasta su plata en algo más que Lamborghinis. Le interesa la exploración espacial y trabaja al lado de la Nasa en un proyecto para lanzar una cápsula digital del tiempo con música, videos y sonidos de la Tierra. Recientemente creó un vestido robot para que Aristou Meehan, un pequeño de 10 años, superara sus problemas de hipermovilidad. Pero, definitivamente, el vuelco en la educación es su mayor ambición, específicamente en lo que respecta a implementar modelos que desafíen el sistema, el poder y los viejos esquemas.

Lo motiva, por supuesto, su infortunado paso por las aulas. El joven es el único que no se ha graduado de nada en una familia que vive por y para la academia. Sus padres, Paul y Lorna, se conocieron cuando optaban por sus doctorados en Ingeniería Eléctrica y Física, respectivamente, en la Universidad de Stanford. Ella trabajaba en la Nasa y en 1986 se salvó de morir en el malogrado transbordador espacial Challenger porque quedó embarazada. Años después, los Finman se establecieron en Port Falls y fundaron su empresa, LCF, muy próspera gracias a sus lucrativos contratos con el Departamento de Defensa.

Los Finman no creen en el sistema educativo y por eso crearon un completo programa de formación en casa que funcionó de maravilla con sus hijos mayores, Scott y Ross. Erik no se adaptó ni a eso ni a los diversos institutos por donde pasó. Pero todos en la familia sabían que era brillante y apasionado por la ciencia y la tecnología desde pequeño. Se ponía furioso cuando descubría defectos de fabricación en un producto y no se perdía ningún discurso de Steve Jobs, el fundador de Apple, cuyo característico look de jeans y suéter cuello de tortuga negro copiaba.

Según la revista New York, en 2013, cuando su hermano Scott le contó que había comprado bitcoins, decidió imitarlo y adquirió 50 con 1245 dólares que le dio su abuela. Al año siguiente, su otro hermano, Ross, le regaló un libro que cambiaría su vida, Without Their Permission, de Alexis Ohanian, esposo de la tenista Serena Williams. Erik quedó fascinado con su premisa de que el poder de internet le permite a cualquiera convertirse en empresario. De inmediato vendió los 100.000 dólares que ya tenía en bitcoins para tener una cita con Ohanian, quien desde entonces es su mentor, y salió mucho más motivado a aplicar sus conceptos en un negocio inspirado en sus días de estudiante reprobado.

Fue así como fundó Botangle, un servicio de tutorías por videochat que resultó tan exitoso y absorbente que su padre le permitió que se saliera del colegio con la condición de que tenía que hacer su primer millón de dólares antes de cumplir los 18. En 2015, le resultó un comprador que le ofrecía 100.000 dólares o 300 bitcoins por su empresa. Erik le contó a The Guardian que aceptó la criptomoneda convencido de que ahí estaba el futuro. Acto seguido, la cantidad se multiplicó y Erik usó parte de los fondos para crear otro negocio exitoso, esta vez de audífonos para realidad virtual, con el cual, a los 17, acumuló el millón de dólares que le exigía su padre.

Dos años antes de que eso sucediera, ya había trasladado su actividad a Palo Alto, la meca de la tecnología. Ahora que se acerca a los 20, está de plácemes pues ya no tiene que afrontar la parte aburrida de ser un empresario menor de edad. La compañía, para empezar, estaba a nombre de su madre, quien mantenía el control parental sobre su computador y su teléfono. Fue a nombre de ella que arrendó su apartamento, pues nadie le alquilaba a menores. Comprar tiquetes de avión era un proceso, pues webs como Expedia también exigen tener más de 18 años. Su vida social tampoco marchaba bien, pues no lo dejaban entrar a las fiestas con los jóvenes top del mundillo de internet. Una vez fue invitado a dar una conferencia en Londres, pero su cliente debió pagar también por el pasaje y alojamiento de Roos, a quienes sus padres le impusieron como chaperón.

Hoy tiene 1,5 millones de dólares, completó el bachillerato en casa, ya mide casi 1,90 metros gracias a la dieta Paleo (que recrea la alimentación del hombre del paleolítico) y sigue el régimen No Poo, que consiste en no lavarse el pelo con champú, sino con productos naturales. Y aunque muchos aseguran que el bitcoin y demás criptomonedas serán una moda pasajera o un seguro fiasco financiero, a él no le tiembla la voz para afirmar que salvarán al mundo. “Si no te haces millonario en los próximos diez años con ellas, será tu culpa”, concluye.

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