La primera reacción general fue de sorpresa, claro. ¿Niche, en la ceremonia musical hipster por excelencia? Jairo Varela se habría reventado de la risa. No son los primeros: hay antecedentes. Totó la Momposina estuvo el año pasado; los amigos de la orquesta La 33 les contaron de su buena experiencia en el festival en 2014, y duros como Herencia de Timbiquí y Absalón Afropacífico estuvieron en carteles anteriores. Pero esta vez será distinto, en esta edición el grupo Niche será uno de los espectáculos centrales.

En diciembre, el grupo celebrará 40 años y ya empezaron a cantarlos en su Viva la Salsa Tour, que los tiene tocando en países donde también bailan sus canciones, como México, Perú, Estados Unidos y Canadá. El 6 de abril es la parada en el Estéreo Picnic bogotano que se celebrará del 5 al 7 de ese mes.

Elvis Magno, uno de los cantantes, dice que no los amedrenta este festival: “Estamos muy curtidos para esas novatadas", pero no niega que les emociona enfrentarse a un público diferente. El grupo está habituado a recorrer países ajenos a la salsa, y sus miembros recuerdan plazas particulares como Berlín y Helsinki, donde los sorprendió que la inmensa mayoría de la audiencia no era latina: eran locales, finlandeses y alemanes que se sabían los coros de las canciones y las gritaban como si fueran hispanoparlantes.

Miguel Santacoloma, de la organización del festival, comenta que hubo dos reacciones cuando se habló de traer a Niche al Picnic. Recibimos un interés inmediato del público internacional, mucha gente de México y de Perú, por ejemplo, nos escribió, porque les parecía muy interesante el reconocimiento a la música tradicional nuestra. La otra actitud es de sorpresa con diversión, pero siempre muy positiva. La intención siempre fue de hacer un homenaje, más allá de lo transgresor que pueda parecer”.

Rommel Caycedo, uno de los mánager del grupo, advierte que aunque siempre estuvieron de acuerdo, no querían ser los "Wendy Sulka" del festival. Pero la verdad, están más cerca de ser los Stones del Picnic, que Los Tigres del Oriente. Nada que ver, por ejemplo, con la inclusión de Los Ángeles Azules en el Festival Vive Latino, que sí tenía un sabor más irónico que otra cosa.

El papel de Niche está clarísimo. Suben a escena a las 8:00 de la noche del sábado. Más prime time, imposible. Y además, le darán paso a The Prodigy, otro de los pesos pesados de la fiesta. La presencia de la orquesta en el festival no es un accidente; por el contrario, será la agrupación colombiana intergeneracional que ponga a bailar y saltar a las tropas de millenials que se tomarán el campo de golf Briceño 18.

Volverá a hacer historia. Aunque por algunos años hayan perdido parte del protagonismo de otras décadas, los caleños están muy activos. Han superado olvidos, injusticias y carcelazos; se han transformado y se han levantado después del garrotazo que significó la partida de su alma y fundador, Jairo Varela.

Por Niche han pasado 110 músicos, entre colombianos y extranjeros. Hoy el grupo tiene un equipo de 15 artistas en tarima, 4 ingeniero técnicos, un gerente y 2 mánager.

¿Qué ha pasado con Niche desde entonces?

Sus orígenes son la versión salsera de una banda de rock. Varela y Alexis Lozano, ambos de Quibdó, se conocieron en Bogotá, donde compartieron habitación en un hotel de mala muerte en el centro. De hecho, alguien de su entorno familiar recuerda que la escasez los llevó a compartir cama. Una hermana de Jairo se compadeció de él y prestó el dinero para comprar los primeros instrumentos, que tuvieron que vender días después en Buenaventura, donde se quedaron atascados después de una presentación.

Pero eran tercos e insistieron. Después de dos discos, y varios sencillos, el grupo despegó, y empezó a perfilarse como el nuevo sonido de la salsa colombiana. Después de una discusión en su primer viaje a grabación en Nueva York, Alexis decidió armar toldo aparte, no sin despedirse como un hermano de su paisano Jairo. Desde entonces, formaron frente desde dos puntas de lanza paralelas. Guayacán y Niche crecieron como las agrupaciones más importantes de Colombia.

Niche se volvió un referente de la ciudad, de la región y del país. Según la leyenda, el término fue una pacificación literal del ofensivo nigger estadounidense, y que en el Valle lo “bacanizaron” y lo convirtieron en un apelativo cariñoso para el negro callejero. Y así se quedó.

El impacto del grupo se mide en gestos tan elementales como las frases que desbordaron las canciones y aún caminan por la calle en el imaginario cotidiano de la gente: “Esto es cuestión de pandebono”, “Oiga, mire, vea” y hasta el mismo “Cali pachanguero”, son citas comunes en el día a día valluno.

Cristina Varela, hija de Jairo, recuerda que iba con su papá en el carro, cuando Julio Sánchez lo llamó a contarle que en el helicóptero donde venían los secuestrados de la Operación Jaque (en la que se liberó entre otros a Íngrid Betancourt), en medio de las lágrimas, todos cantaban "Mi pueblo natal". El músico tuvo que orillarse y parar el vehículo, para llorar la emoción en calma.

Lo que empezó como una embajada chocoana en Cali, se convirtió en una corporación que durante muchos años ha facturado en dólares, con cifras de seis dígitos. Varela no solo creó una forma de música donde hibridaba el sonido de la salsa Caribe con la Pacífica, con toques de chirimía y ritmos africanos; también le otorgó al músico un estatus que no era muy usual en aquellos primeros años: una condición profesional, más allá de lo creativo, y marcó un precedente de seriedad y compromiso, en un negocio que se llevó de manera informal e irresponsable durante muchos años.

Pero este éxito y sus números le pasaron factura a Varela y al grupo. Fue acusado injustamente de asociación y enriquecimiento ilícito con base en unas pruebas torpes y unos conceptos jurídicos tan turbios como malintencionados. Finalmente, no se demostró nada, pero pasó dos temporadas que sumaron tres años en una casa fiscal, por un caso que significó un golpe para su nombre y su corazón.

Sin embargo, el incansable salsero no se quedó quieto. Tres discos salieron del encierro, que volvieron a un Varela ya de por sí hermético, a otro aún más cerrado y melancólico. José Aguirre, director musical de Niche, cuenta que le llevaba los demos al reclusorio,"y el jefe oía y negaba con la cabeza". Hay que hacerlo otra vez, le decía. Aguirre regresaba al estudio, y recibía la llamada desde el teléfono público en su lugar de detención, mientras Varela con un bulto de monedas en el bolsillo, lo guiaba: "¡Ve, decile al conguero que está corriendo!”. Y así produjeron tres discos que comercialmente funcionaron bien.

Ese Niche es el que nunca se acabó ni se quebró. El maestro quedó en libertad, no solo con un dejo de amargura nuevo, además de una intención seria de recuperar tiempo perdido; esas jornadas de 8:00 de la mañana a 4:00 de la mañana siguiente se recortaron, porque a las 7:00 de la noche le entraba el afán de irse a la casa, consciente de las épocas en que descuidó toda su vida en función de la música.

Niche es el testimonio de Jairo Varela y sus músicos; la banda sonora de una Cali difícil, complicada que supo salir adelante en medio de las turbulentas décadas del ochenta y noventa. Como el grupo. Hoy que el cielo del festival de música popular más importante de Colombia se abre para ellos, es simplemente una muestra de que hay Niche para rato, y que lo que Varela se propuso, lo consiguió. Hoy, la orquesta camina sin él, aunque lo tienen como el faro e inspiración de su trabajo.

Aunque la ausencia de Jairo Varela los ha marcado como colectivo musical y familiar, el maestro chocoano iba dos pasos adelante, y ya tenía contemplado un futuro para el grupo sin él. Algunos años antes de su muerte, ya se había bajado de la tarima, y había confiado las riendas sobre el escenario a José Aguirre. Aunque su estilo siempre fue microgerencial, quiso reducir su participación en el día tras día de la orquesta. Además, porque le cansaban los viajes, especialmente los desplazamientos en avión que no le emocionaban mucho.

Yanila Varela, su primogénita, quien está al frente de la gerencia de Niche, lo recuerda: "La ausencia de mi padre me hace recordar a diario sus luchas por alcanzar sueños, arriesgarse sin temor a perder, no tenerles miedo a las críticas y dejar huellas positivas en todos los aspectos. Fue una persona que creyó en su talento, y que también siempre iba por más. Así vivió".

El influjo de Varela ha dejado una huella en sus discípulos. Les impuso no solo disciplina, sino un estatus a respetar. Hizo famosas sus multas a las contravenciones de los músicos. Si llegaban con el uniforme sin planchar; los zapatos sin embetunar; rezagos de resaca al día siguiente, los amonestaba. Es más, recuerda Elvis Magno, el último de los vocalistas que fue guiado por el maestro: "No solo nos corregía en el escenario. Si nos veía con una pinta que a él no le parecía adecuada, nos llamaba la atención. Era muy paternal, siempre estaba con los consejos a la mano cuando hacían falta".

En 2013, unos meses después de su fallecimiento, se inauguró en Cali un espacio que se iba a llamar Plazoleta de la Caleñidad, y le agregaron de apellido, Jairo Varela. Nada mal para un chocoano que llegó prestado de Bogotá, a instalarse en el Hotel Savoy en 1978 a intentar hacer su música.