No se imaginan ustedes la cantidad de lectores de SoHo (y un columnista, seguro) que soñaban con llegar al cuarto con Julieta Venegas. Concedido, aquí está el cuarto álbum de una mexicana que, privada de una voz privilegiada (¡Manzanero tampoco tiene una gran voz y véanlo donde está!) ha logrado llamar la atención de un continente enamorado de su normalidad y de su simpleza . Y de sus ojos tristes. Limón y sal nos la muestra cantando con la naturalidad con que podría hacerlo la hija del vecino, la mujer de la puerta de al lado. Eso es bueno. Uno puede molestarse con lo evidente de que se haya untado una mano de sal y tenga un limón en la otra para la foto del disco, pero nunca con Julieta (ojo: anda sin Romeo Villamizar), que ha demostrado ser ella misma en un mundo donde las grandes estrellas terminan siendo el reflejo de lo que quiere la gente.

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