Roger Federer es una estrella de rock. A los 36 años, una edad en que la gran mayoría de deportistas se acercan al final de su carrera, el tenista suizo no sólo continúa jugando a un nivel altísimo —prueba de ello es su tercer puesto en el ranking de la ATP—, sino que sigue llenando las canchas con millones de fanáticos, que en cada torneo de Gran Slam lo reciben como si fuera uno más de los Rolling Stones. (Los números y secretos del tenista Roger Federer)

Y el Abierto de los Estados Unidos, que se juega por estos días en Flushing Meadows, Nueva York, no es la excepción. Verlo aparecer ante el público de un torneo que ha ganado ya cinco veces (de 2004 a 2008, de manera consecutiva), es una experiencia inefable. La noche del 28 de agosto, cuando debuta frente a un jovencito estadounidense de 19 años llamado Frances Tiafoe, el mítico estadio Arthur Ashe, el corazón del complejo tenístico que es el Billie Jean King National Tennis Center, está a reventar. No hay una sola silla libre en las más de 25.000 localidades. Entonces las luces del estadio se apagan y una voz estridente anuncia la salida de Federer, precedida por un video que da cuenta de sus 19 títulos de Grand Slam, el mayor número de trofeos levantados por un tenista en toda la historia.

De repente aparece el mito vestido con una chaqueta negra y sus legendarias raquetas Wilson al hombro. Una vez levanta la mano derecha hacia el público, el Arthur Ashe estalla en una sola ovación. Es casi como si Federer fuera el local y no su rival, Tiafoe, una de las grandes promesas del tenis estadounidense. Cuando empieza el partido —que el joven Tiafoe logra llevar a cinco sets—, el público delira con cada bola del suizo; sólo entonces me doy cuenta de que estoy viviendo eso que alguna vez el escritor David Foster Wallace calificó como una “experiencia religiosa”: ver jugar en vivo y en directo al mejor jugador de la historia del tenis en uno de los recintos sagrados del deporte blanco.

Vaya suerte.

Un mundo de tenis

El Billie Jean King National Tennis Center es, según la Asociación de Tenis de los Estados Unidos, “el segundo complejo tenístico más grande del mundo”, gracias a las 33 pistas de tenis que tiene en superficie dura. El enorme centro deportivo, coronado por el estadio Arthur Ashe —nombrado así en honor al primer jugador afroamericano en ganar el Us Open, en 1968—, lleva el nombre de una de las tenistas más recordadas de los Estados Unidos, ganadora de 12 títulos de Grand Slam y férrea luchadora por los derechos de las mujeres dentro del circuito (Jean King logró que en 1973 el Us Open repartiera la misma cantidad de dinero en premios a hombres y mujeres). (Yo casi le gano a Federer)

En el lugar se respira tenis. Cada una de las 16 canchas principales habilitadas para la competencia tiene gradas para el público, y las más de 700.000 personas que, según la organización, visitan el evento, van de aquí para allá recorriendo los partidos que se juegan en simultaneo. Basta caminar por el lugar para toparse de frente con leyendas del tenis: Nick Bolletieri, el legendario creador de la escuela de tenis de donde salió Andre Agassi, por ejemplo, o el mismísimo Lleyton Hewitt, australiano y ex número uno del mundo. Como casi todas los eventos organizados por los estadounidenses, el resto de detalles están cubiertos: restaurantes de todo tipo, decenas de almacenes con merchandising del torneo y hasta un recinto especial para entretener a los fanáticos con pruebas sobre sus jugadores favoritos.

La mente, ese enemigo

En Open, su biografía, el dos veces ganador del abierto de Estados Unidos, Andre Agassi, confiesa que una de las cosas más difíciles que debe enfrentar cualquier jugador es su propia mente. Y eso es algo que ratifica José Luis Clerc, uno de los mejores tenistas argentinos de la historia, que llegó a ser número 4 del ranking mundial y que hoy comenta los Grand Slam para la cadena ESPN: “Para cualquier jugador que sea top ten lo más importante es la parte mental —dice—. Por eso saben controlarla”.  Quizás es ahí dónde radica uno de los grandes secretos de Federer: que además de su talento innato, su mente es tan fuerte como una roca milenaria. “El querer seguir siendo el mejor es algo que sin duda lo ha ayudado —explica Eduardo Varela, comentarista mexicano de tenis de ESPN—. Él y Rafa Nadal son probablemente los dos mejores tenistas de la historia”. (Instrucciones para ganarle a Rafael Nadal)

Por eso, estar viéndolo en el Arthur Ashe es un privilegio, una historia que mañana seguirá siendo digna de contarse. Ver al público emocionarse con cada derecha implacable, con cada drop que realiza o con ese revés estilizado a una mano, no deja de ser un momento irrepetible. Porque, tal y como escribe Foster Wallace, “(…) nada se puede hacer para explicar o evocar la experiencia de ver a este hombre jugar, presenciar, de primera mano, la belleza y genialidad de su juego”.

Sólo estamos a unos días de saber si Federer continuará alimentando su leyenda. Y no resultaría nada extraño que lo haga.

*Con invitación de ESPN.