Como buena obra de ficción que es, no le faltan detalles y morbo a la más reciente puesta en escena de Adolf Hitler. Sus resucitadores profesionales (entre ellos la CIA) acaban de hacerlo ver en Tunja, en donde sacó tiempo en la posguerra para echar una cana al aire allí y otra en las aguas termales de Paipa. Lo de las canas es apenas un decir, porque en la fotografía que ilustra el supuesto hecho se le ve de pelo negro, al lado de un tal Phillip Citroën, de quien se afirma había sido miembro de las SS.

No se identifica el lugar exacto de la capital boyacense, en cambio hay más pormenores sobre otro invento: su posible paso por Bogotá, lugar en el que, contra toda discreción, escogió nada menos que el barrio Teusaquillo de la época para vivir. Y como si eso no fuera riesgo suficiente, apuntan que puso dos perros de presa a guardar la entrada del lugar donde habitó. Y dicen quienes lo vieron (que no se cita quiénes son), tomaba la precaución de bajar de su vehículo solo una vez el carro traspasaba la verja que hacía de alcabala de la vivienda, para adentrarse a toda prisa en la casa de dos pisos. No se aclara si con la solapa del abrigo levantada hasta las orejas, o con la cabeza metida en esos sombreros ruinosos que usaba y con los que aparece en algunas grabaciones cinematográficas de la época.

Bromas más, bromas menos, Adolf Hitler sigue dando para todo. Los neonazis intentan resucitarlo en pleno siglo XXI, y no les va del todo mal en su intento. De hecho, nunca como antes, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, alguna parte de su ideario ha alcanzado mayor espacio político, incluso en Alemania, como en la actualidad. Y la esvástica —su temible esvástica— se ve ondear con frecuencia en espacios públicos, como si no hubiera sido lo que fue. Como dice Uki Goñi, escritor y periodista especializado en el tema: “La fascinación que hay sobre este tema desvía la atención de lo que realmente ocurrió, que fue el escape de cientos de nazis a Argentina con la ayuda del gobierno de Suiza, el Vaticano, Alemania y la Casa Rosada”.

La última foto de Hitler lo muestra acabado, oservando los destrozoz provocados por una bomba fuera de su bunker.

Igual, el debate sigue siendo uno: ¿murió, o no, Adolf Hitler el 30 de abril de 1945 en el búnker aquel en que los bombardeos aliados lo obligaron a refugiarse cuando ya Berlín estaba cautiva? La respuesta va más allá del rotundo sí y del suicidio junto a Eva Braun, porque para responder ese interrogante hay que salir antes de otros, comenzando por este: ¿estaba en verdad Hitler dispuesto a morir en el lugar en el que había prometido hacerlo antes que salir corriendo como lo hicieron varios de sus compinches?

En apariencia su convicción era esa, y aunque como buen mentiroso que era podía burlarse de su propia palabra, muchas de las cosas que pasaron en las horas previas a ese 30 de abril hacen improbable su retractación. La primera de ellas, la comprobación personal de que el imperio de mil años que había pensado construir había durado apenas una docena tras ser impuesto por la fuerza y el terror.  Su caída se la contaban los reportes sobre el mapa del avance de los aliados y los estruendos cada vez más cercanos de los proyectiles de la artillería rusa. En uno de los días previos al final, uno de ellos por poco da en el führerbunker. Una nube de polvo invadió todos los recovecos del lugar y, como si fuese una imagen prevista por Charles Chaplin en El gran dictador, Hitler apareció cubierto de tierra desde la cabeza hasta los pies, hecho una caricatura.

Esa ratonera en la que estaba distaba mucho de la oficina de 400 metros cuadrados que tenía en la Cancillería neobarroca de la que se había visto obligado a salir cuando ya era un colador por cuenta de la buena puntería de los pilotos y artilleros enemigos que demolían Berlín después de haber quemado viva, entre otras, a Dresden.

Además, ese Adolf Hitler disminuido estaba muy lejos del hombre vital de comienzos de la guerra. Sus 55 años eran apenas un dato. Se había encorvado y le resultaba imposible disimular el párkinson que lo aquejaba; el mal truco de asir sus manos a las mangas de las chaquetas y sobretodos no hacía otra cosa que hacer más visible el tic. La presbicia lo obligaba a hacer uso de unas gafas que detestaba y las dificultades para mantener el equilibrio eran cada vez más notorias, a consecuencia de la rotura de los tímpanos tras el atentado en Wolfsschanze, Alemania, el 20 de julio de 1944, a cargo del coronel Claus von Stauffenberg (que inspiró Operación Valquiria, protagonizada por Tom Cruise). Y ya no quedaba nada de la vieja voz de mando que antes ponía a hervir multitudes.

Al cuadro hay que sumarle que comía mal, lo que no era una novedad. Su condición de vegetariano y mala muela andaban agravadas por el aislamiento de Berlín, ya entonces un infierno. Cualquier ingrediente de una dieta como la suya era imposible de conseguir. Papas y espaguetis era lo único que aceptaba en la mesa, mientras casi la totalidad de quienes lo acompañaban disfrutaban de enlatados y encurtidos. Por su condición de abstemio, le tenía sin cuidado que el arsenal de vinos y champañas diera para meses.

Pero seguía siendo Adolf Hitler. Un hombre con una enorme capacidad de hacer daño y al que los suyos le creían. No solo allí, en el escondite, sino en calles y plazas donde había edificado un aura de salvador. Y, por supuesto, de cara a sus oficiales de alta graduación que lograban el acceso a ese lugar que consideraban poco menos que sagrado y al que no se podía ingresar con armas. Ellos, como su guardia pretoriana, estaban seguros de que los pertrechos milagrosos que cambiarían el curso de la guerra aparecerían en el preciso momento en que el Führer lo determinara. Ya vería él cuál era ese momento, se decían entre sí. Sus razones tendría, pensaban, para no hacerlo antes, pese a que la avanzada sin contemplaciones de los soviéticos convertía cada vez más a su antes poderoso ejército en un cuerpo que hacía agua por todos los lados. En los barrios de Berlín la impresión era la misma: “Él  no nos dejará solos, seguro que no”, era la frase a sus hijos de padres leales al Tercer Reich.

Y esos hijos estaban seguros de que así era. Armin D. Lehmann no había cumplido aún 17 años en ese abril y era uno de los estafetas del Führer. Pero por encima de todo, como se lo confesó al periodista Tim Carroll en el libro En el búnker de Hitler, “un nazi fanático y consagrado”. “Hubiera muerto por él, y estuve a punto de hacerlo varias veces, peleando contra el Ejército Rojo y actuando como correo en sus últimos días de vida (...) pero mi sistema de creencias se derrumbó cuando él se suicidó”.

Desconocían que Adolf Hitler para ese momento no era ni siquiera dueño de su propia seguridad. El grupo élite que tenía la orden de salvaguardar su vida podía enfrentar un asalto al búnker, pero poco podía hacer si los aliados se enteraban de que allí estaba oculta su presa más codiciada.  La otra inmensa debilidad era la falta casi total de comunicaciones con el exterior. Hitler debía confiar en esos correos humanos que salían y entraban con mensajes de desesperación y partes de nuevas derrotas, pero que en muchas ocasiones terminaban muertos sobre el camino. Casi todos eran jóvenes adscritos a la juventud del Partido Nazi, convencidos de que estaban cumpliendo un papel con la historia y con su nación.  Algunos aparecen en las películas y fotografías que ilustran una de las últimas de sus locuras, la de poner a niños vestidos de soldados a defender lo indefendible, tras insuflar sus espíritus con un discurso que ya debía saber a poco, solo que dicho por él alcanzaba grados de motivación imposibles de entender desde cualquier otra orilla que no fuese la del fanatismo.

Hitler y su mujer Eva Braun, en una foto sin fechar. La pareja se casó el 29 de abril de 1945, un día antes de, según la historia oficial, cometer suicidio.

*

Puesto contra las cuerdas, surge entonces el lado B del todopoderoso, condenado ahora a su suerte. El mensaje a sus hombres, un día antes de su muerte, denota su desespero: “Al jefe del Estado Mayor, capitán general Jodl: ¡dónde se encuentran las vanguardias de (Walther) Wenck? ¿Por dónde vienen? ¿Dónde está el IX Ejército? ¿Y el grupo Holste? ¿En qué sector maniobra?”, se lee en el libro Adolf Hitler, de Hans Bernd Gisevius.       

Solo faltaba una pieza en ese cuadro, la soledad del poder de un hombre que había sido capaz de llevar a millones al despeñadero con su verbo y sus artificios. La mayoría de sus generales lo habían abandonado. Heinrich Himmler, en quien había confiado la tarea de hacerse cargo de la “solución final” —esa matanza sin límites del pueblo judío y de todo lo que pareciera una amenaza para su superioridad racial—, había decidido negociar una salida con el enemigo.  Ese fue uno de los peores golpes que sufrió el Führer en sus días finales. Hermann Goering, otro alfil, había salido corriendo de Berlín en llamas, con el propósito de alcanzar a su mujer y a su hija, puestas a salvo desde mucho antes. Llevaba consigo una colección de arte hecha a punta de cuidadosos saqueos y robos por donde había pasado.

Su círculo más cercano estaba compuesto por la sumisa Eva y su fiel perro Blondi. Y contaba, eso sí, con dos tipos necesarios para un momento tan definitivo. Uno, Martin Bormann, soldado con muy poco en la cabeza, a quien podía encargarle las tareas sucias que aún se podía permitir (y quien hace muchos años también tuvo una falsa resurrección en Colombia). El otro fue Joseph Goebbels, su jefe de propaganda y consejero mayor, quien se quedó, en gran parte, por la influencia de Magda, su mujer, una partidaria de Hitler más fervorosa incluso que él mismo y por quien el Führer sentía un cariño especial. En ese sentido, si hubo alguien que pudiera hacer desistir a Hitler de tomar la decisión de volarse la tapa de los sesos fue ella. Magda Goebbels también hizo de Eva Braun su marioneta preferida. El pacto de los Goebbels de liquidar a sus cinco pequeños hijos con cianuro antes de suicidarse habla sobre qué tipo de personas eran.

Un entorno tal influyó para que Hitler se inclinara definitivamente por el suicidio. Más aún luego de haber hecho pública, una y otra vez, su decisión de tomar ese camino. “Me resulta fácil terminar con mi vida. Un instante y todo habrá acabado”, le dijo a otro de sus infieles, el arquitecto y ministro de Armamento y Guerra Albert Speer. No fue al único al que le manifestó tal deseo. Lo hizo en el curso de su boda y en el testamento político.

“...Mi esposa y yo elegimos la muerte, a fin de escapar de la vergüenza de sobrevivir a la capitulación. Es nuestra voluntad que nuestros cuerpos sean incinerados de inmediato, en el lugar donde realicé la mayor parte de mi trabajo cotidiano durante los doce años que serví a mi pueblo”, dijo durante la oscura ceremonia de su boda, mal iluminada por las luces mortecinas del refugio y la opacidad de los uniformes gastados de ese reducido séquito de oficiales que le quedaba. Así lo describe John Toland en su obra Los últimos cien días.   

A sus copartidarios también les advirtió que, por encima de las reiteradas solicitudes de que se marchara de Berlín por las únicas salidas que aún estaban abiertas, él se quedaría. Ya en instancias definitivas decidiría cómo se quitaría la vida antes de que el Éjército Rojo lo tomara vivo, para evitar, decía con frecuencia, que Stalin lo convirtiera en trofeo, vivo o muerto. Por eso ordenó que su cuerpo fuera consumido por el fuego, algo en lo que no se le hizo caso por simple incompetencia. Primero porque el responsable de esa tarea delegó a muchachos inexpertos, y segundo porque es posible que el cerco al que estaba sometido el refugio impidiera contar con la gasolina suficiente para eliminar todo rastro de su existencia y la de Eva Braun.

Los soldados del Ejército ruso encontraron en julio de 1945, la que dijeron era la tumba de Hitler y su esposa. Después se supo que no se trataba de ellos.

Los detalles exactos de la consumación del pacto suicida están debidamente documentados. Desde el sacrificio de Blondi, obligado a servir de conejillo de Indias para comprobar que el cianuro estaba en su punto, hasta la imagen que encontraron los encargados de abrir la puerta del cuarto donde se había encerrado la pareja —fueron advertidos de dejar pasar unos minutos prudenciales para no interrumpir a la pareja en su última acción—: Eva estaba ahí, recostada en los hombros de él, fulminada por el contenido de la cápsula. Y él, con la cabeza ligeramente echada hacia adelante, la boca abierta y la sangre que brotaba por ambos costados de la cabeza tras el impacto de bala que se propinó con la Walther 765 que yacía en el piso. Adolf Hitler era mortal después de todo, dirían sus subalternos antes de echar mano de los dos cuerpos y subirlos a un descampado, en inmediaciones de la Cancillería, donde, corriendo todos los riesgos por el fuego de artillería que no dejaba de caer en la misma zona, procedieron a quemarlos, primero, y a enterrarlos, luego, en el lugar donde nueve días después los soviéticos dieron con ellos. El trofeo, un cráneo, iría a parar a manos de Stalin, quien se  arrepintió de exhibirlo.

El cráneo de Hitler iría a parar a las manos de Stalin quien le ocultó al mundo la confirmación de la muerte.

¿Por qué los soviéticos convirtieron esos despojos mortales en un enigma? Una posibilidad es que no se tratara de los cuerpos de Hitler y su mujer, dada una mala cadena de custodia en medio de una ciudad sitiada. Otra versión tiene sentido político. Sabedor de que el fin de la Segunda Guerra Mundial daría paso a la Guerra Fría, Stalin buscó demostrar que la Unión Soviética había sido la verdadera antípoda de los nazis y que Occidente era el azote de la clase obrera. En ese telón de fondo soltar el rumor de que Hitler andaba suelto en Berlín no era una mala estrategia para dividir, aún más, el mundo en dos. Ya contaba con el ejemplo de Francisco Franco, quien en cuestión de meses había pasado de ser una ficha del eje Berlín-Roma-Tokio a un hombre nada despreciable para los intereses de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña.

Este era el cadaver que fue confundido con HItler. Aunque no era él, se parecía bastante.

En medio de tantas idas y venidas es que nace el mito; del extravío surgió la historia de una nueva vida del Führer, con todo tipo de teorías entre inverosímiles, disparatadas y alucinantes, entre las que se cuentan las siguientes.

Uno: Hitler huyó en submarino hasta Argentina, donde vivió una vida plácida antes de morir a los 72 años. Dos:  Hitler se enteró de que Goebbels era judío y lo eliminó con un disparo en la cabeza. A continuación convenció a Magda de que se suicidaran juntos con cianuro, en muestra de lealtad al nacionalsocialismo. Ella le creyó y lo hizo, Hitler no. En realidad tenía otros planes. Mandó incinerar los cuerpos e hizo creer que quienes yacían allí eran los Goebbels, antes de escapar vestido de religioso (un novelón que tiene una contracara: Goebbels descubrió que Hitler era judío y lo mató de un tiro). Tres: Nicholas Bellantoni, arqueólogo de la Universidad de Connecticut, afirmó en 2010 que ese cráneo no era de Hitler sino de una mujer joven, ¿acaso el de Eva? Bellantoni dice haber tenido acceso además a fragmentos de madera y tela del sofá ensangrentados donde habría muerto el líder alemán y que, junto al cráneo, habrían sido los elementos sobrevivientes de una fogata que hizo la KGB en los años setenta. Cuatro: la animación suspendida que los nazis investigaron en prisioneros de los campos de concentración se aplicó en su máximo jefe con resultados efectivos. Tras un periodo a bajas temperaturas y en condiciones adecuadas Hitler volvió a la vida en la Antártida, donde nadie se tomó el trabajo de buscarlo. Cinco: una nave extraterrestre se llevó a Hitler (¡y también a Eva!). Seis: Hitler apareció por Tunja y Paipa, ni siquiera con ruana. Está intacto y se mantiene fiel al corte de bigote. En esos pueblos todos guardan silencio. Siete: Adolf Hitler y Eva se quitan la vida en el führerbunker en el que pasaron sus últimos dias. Hitler está muerto desde entonces. A no ser que…

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