Y nos dejaron por fuera otra vez, así de simple. Nuevamente la posibilidad de renovar el Congreso a través de jóvenes, de figuras nuevas e incontaminadas parece esfumarse cuando, a cuentagotas, se destapan las cartas que jugará la inmensa mayoría de los partidos en las elecciones legislativas del próximo año. El temporizador del círculo vicioso de la política (así, con p minúscula) reinicia y vuelve a marcar cuatro años, mientras en el anonimato se pierde una generación de jóvenes políticos en potencia que ya no fue.

La imposibilidad de adelantar una reforma política de fondo deja como resultado un conjunto de reglas de juego que hace casi imposible la llegada de nuevas caras al escenario electoral. Hoy, sin “manzanilla” o un bolsillo dispuesto a pagar los miles de millones de pesos que, en la práctica, cuesta una campaña, es difícil pensar en llegar al Congreso. Hay un divorcio total entre las normas electorales y las necesidades del país. ¿Y la capacidad de autorregulación del sistema? Bien, gracias.

La posibilidad que se les da a los congresistas de reelegirse sin límite alguno en el tiempo, dando pie en algunos casos a curules vitalicias de hecho, encapsula la esencia del mensaje que el sistema político les envía a los jóvenes: aquí no hay lugar para la renovación, no hay lugar para ustedes. ¿No es apenas lógico que una juventud subrepresentada se sienta decepcionada al ver ejemplos de dirigentes que aspiran a legislar durante medio siglo?

Y la corrupción, la bendita corrupción. Todos los días nos levantamos con noticias que minan nuestra confianza en la “res pública”. Las unidades investigativas de los medios de comunicación no dan abasto para destapar las ollas, los carteles, las transacciones politiqueras del día a día. Esta realidad aleja, y con razón, a los jóvenes de la política.

Grave como la corrupción es la intimidación por vía judicial. No basta con ser transparente y tener ganas; quien llega por primera vez a la política tiene que estar preparado para la “empapelada”. Los despachos de jueces y fiscales están llenos de denuncias y anónimos que obligan hasta al más correcto a emplear buena parte de su tiempo, y de sus recursos, en defenderse de lo absurdo.

Y a defenderse también de los medios, una tribuna intimidante, exigente y muchas veces injusta; lista para pedir cabezas cuando las cosas no van bien y pocas veces dispuesta a reconocer cuando sí lo están. Una tribuna que ve con suspicacia al recién llegado.

Basta con ver el preocupante balance del análisis adelantado por el Ministerio del Interior y el Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes sobre el Barómetro de las Américas. Seis de cada diez jóvenes dicen no confiar en las instituciones democráticas y apenas una cuarta parte de ellos confía en el Congreso. El 15,6 % de los encuestados simpatiza con algún partido y solo el 8,4 % asegura confiar en estos. Siete de cada diez jóvenes piensan que a los gobernantes no les interesa lo que ellos piensan. Equipo que pierde y pierde no gana nuevos hinchas y este equipo lleva demasiado tiempo perdiendo por goleada. Si este no es un campanazo que valga la pena escuchar, apague y vámonos.

Claro, la única forma de cambiar el statu quo es lanzarse al agua, pasar de la indignación a la acción y cambiar las cosas por dentro, eso lo sabemos todos, pero, con la mano en el corazón y en las condiciones actuales, ¿usted se lanzaría a la política activa? O mejor, ¿le recomendaría a un hijo suyo que lo hiciera? Yo no, en mi caso prefiero pasar por ahora. Hablemos en cuatro años... a ver si algo cambia.