El capitán Jacques Cousteau fue de esos capitanes de novela, dignos de la pluma de Julio Verne, Herman Melville o tantos otros que relataron las grandes historias de los hombres del mar. Era aventurero, complicado, impasible y enamorado del vaivén de las olas.

El célebre oceanógrafo francés nació un 11 de junio de 1910 en París, capital de Francia, donde por supuesto no llega el oleaje de las aguas saladas, solo las aguas tibias del Sena.

Dicen de él que desde muy pequeño empezó a demostrar un gran interés por los océanos y sus misterios, lo que le llevó años más tarde, en 1930, a ingresar en la Academia Naval Francesa donde, contra todo pronóstico, no manejó ningún navío de guerra, sino que sobrevoló los cielos a los mandos de armatostes metálicos alados con los que participó en la Segunda Guerra Mundial.

Jacques Cousteau

Pero el destino, que es sabio, tenía para Cousteau otros objetivos: un duro accidente le apartó de su carrera de aviador y le devolvió al mundo submarino. Los biógrafos de este afamado explorador aseguran que un momento decisivo en su vida fue cuando, todavía en el ejército, se puso por primera vez una máscara subacuática: ahí empezó el mito.

A partir de ahí, la vida de este verdadero lobo de mar es historia: inventó el famoso ‘Aqualung’ o pulmón acuático con el ingeniero Emile Gagnan, un dispositivo que permitía respirar bajo el agua y facilitaba las inmersiones a distintas profundidades. Este sistema, mucho más evolucionado, es el que utilizan en la actualidad los buzos del mundo para descender hasta las profundidades de los océanos.

En 1948 se hizo con el Calypso, el buque que le convertiría en el biólogo más famoso del mundo. Mitad yate y mitad laboratorio, recorrió el mundo sobre él investigando las profundidades del mar y dirigiendo diferentes experimentos sobre técnicas de buceo de la mano de su tripulación. Es autor de más de 50 libros traducidos a 12 idiomas, de setenta documentales para televisión y tres películas en las que plasmó sus descubrimientos y estudios y su gran amor por el medioambiente.

No en vano, está considerado uno de los primeros activistas que lucharon por la preservación del ecosistema marítimo, un título que se puede corroborar fácilmente por las numerosas campañas que lideró a partir de 1960 para liberar al mar de residuos radiactivos, para proteger la vida oceánica -lo hizo desde la Sociedad Cousteau que él fundó- y para que la Antártida fuera protegida por su incalculable riqueza medioambiental y hoy protegida por mandato del Tratado Internacional y su Protocolo de Madrid.

Jacques Cousteau

“Fue un hombre que tenía un innegable carisma, que siempre logró sus propósitos, que no abandonaba ninguna meta hasta lograrla. Buscó la dicha, la emancipación, la libertad y el asombro. No puedo más que preguntarme acerca del sitio donde reposará mi padre: la cripta familiar de Saint-André de Cubzac. ¿Un hombre de mar enterrado en tierra firme? Fue un hombre de contradicciones y de muchas pasiones, que apenas puedo tratar de comprender”, escribió sobre él su hijo Jean-Michel Cousteau en las memorias ‘Mi padre, el capitán Jacques-Yves Cousteau’.

Ahora, el director Jérôme Salle, revive parcialmente esa biografía en ‘La Odisea’, una película en la que el cineasta profundiza en la figura de Cousteau como oceanógrafo y mito y como ser humano, con sus defectos y sus miserias, sacando a la luz la pésima relación que mantuvo con sus hijos y las infidelidades a su primera esposa. La cinta está protagonizada por la reconocida actriz francesa Audrey Tatou (Amélie y Coco antes de Chanel) en el papel de Simone (la mujer) y el actor Lambert Wilson (De dioses y hombres y Matrix reloaded) como el recordado ‘capitán’.

Jacques Cousteau murió en 1997 a los 87 a causa de una infección respiratoria dejando tras de sí un legado que 20 años después se mantiene intacto.