Hubo una época, durante la Guerra Fría, en la que espías de ambos bandos se infiltraban en territorio enemigo y con extrema discreción lograban mantenerse anónimos. Llegaban, incluso, a formar familias convencionales sin levantar sospechas mientras ejecutaban arriesgadas operaciones de inteligencia de las que extraían información de interés nacional. Algunos eran descubiertos, pero pasaban años antes de que eso ocurriera. Como Julius y Ethel Rosenberg, dos estadounidenses que espiaban para la Unión Soviética y que antes de caer engañaron por años hasta a sus propios hijos. O Aldrich Ames, quien se le volteó a la CIA para trabajar en la KGB y pasó varias pruebas del polígrafo antes de ser atrapado ocho años después. El mes pasado, el caso de Maria Butina, la supuesta espía rusa detenida por la inteligencia norteamericana, demostró que los tiempos han cambiado en la era de las redes sociales. (Léa también: Los amantes de la mujer del espía)

Alexander Torshin, político ruso cercano al Kremlin, sería la cabeza del plan para infiltrar a Butina en Washington.

Butina, una pelirroja fibrosa de 29 años, llegó a Estados Unidos en 2015 como estudiante de la maestría en Relaciones Internacionales de la American University. Allí tomó materias como Guerra Cibernética, Terrorismo, Espionaje y Crimen, y mantuvo un buen promedio de notas. En varios espacios académicos se ufanaba de tener conexiones tanto en el Kremlin como en la Casa Blanca y justificaba con pasión la invasión a Crimea o la injerencia rusa en las elecciones gringas.

No pasó inadvertida. Al poco tiempo, profesores y compañeros ya hablaban de ella. Su vida social y su comportamiento en las redes sociales eran aún más inquietantes. Era imposible no fijarse en la mujer de acento raro cuya funda de celular tenía una imagen de Vladimir Putin con el torso desnudo y que alguna vez se disfrazó para una fiesta como la emperatriz rusa Alejandra, mientras servía vodka de una botella con la forma de un rifle kaláshnikov. Suena extraño que alguien tan poco proclive a manejar un bajo perfil se dedicara al espionaje.

En sus cuentas de Instagram y Facebook hay decenas de fotos en las que aparece, como cualquier Nikita, empuñando armas de gran calibre o exhibiendo sus hombros esculpidos en el gimnasio. Eso, junto a frases de superación personal, recetas saludables y las infaltables poses abrazando gatos. Monica Hesse, columnista de The Washington Post, afirmó que Butina buscó encarnar la fantasía de muchos estadounidenses: “Era el unicornio de los sueños para ese tipo de hombres que aman las armas”, escribió. Hombres como los ultraconservadores de la Asociación Nacional del Rifle (ANR), a los que llegó a seducir.

Una trama complicada

Antes de radicarse en Washington, Butina ya había elegido la dirección en que se movería en el futuro. Tras graduarse de Ciencias Políticas en su país, en 2011 fundó Derecho a Portar Armas, una organización que busca facilitar el acceso a las armas de los ciudadanos rusos y es espejo de la Asociación Nacional del Rifle de Estados Unidos, con la que rápidamente estableció lazos. Durante los años siguientes, gracias a su gestión, varios representantes de ambas organizaciones hicieron viajes de intercambio y forjaron lazos comerciales y políticos. (Lea también: La mujer que escandalizó un imperio)

Detrás de la operación estaría Alexander Torshin, un influyente político con nexos en el Kremlin y el FSB (servicio de inteligencia rusa), y quien ocupó un alto cargo en el Banco Central Ruso. Según el escrito de acusación de la Fiscalía en contra de Butina, Torshin trazó un plan “calculado y paciente” para inflitrarla en la política estadounidense.

Con David Keene, expresidente de la Asociación Nacional del Rifle y uno de los ‘lobbistas’ más importantes de Estados Unidos.

Ese plan parecía funcionar. En 2013, Butina conoció a Paul Erickson, miembro de la ANR y activista conservador involucrado en varias campañas republicanas, con quien inició un romance. Fue Erickson, un calvo poco agraciado casi 30 años mayor que ella, quien la ayudó con su visa de estudiante y le presentó a varias personalidades influyentes como David Keene, expresidente de la ANR y director de la Unión Conservadora Estadounidense (uno de los grupos de presión más fuertes del lobby conservador), y Scott Walker, quien en 2016 fue precandidato a la Presidencia por el Partido Republicano.

La Fiscalía asegura que Butina llegó a ofrecerles sexo a hombres diferentes a Walker a cambio de una “posición en un grupo de presión”, pero no da más detalles.

Mientras se adelanta su juicio, Butina espera en prisión preventiva una condena por espionaje que podría llegar a cinco años.

Hasta ahí podría pensarse que se trata de una joven demasiado ambiciosa en busca de una buena posición política; quizá una patriota interesada en estrechar lazos entre dos países. El problema es que la llegada de Donald Trump a la Presidencia se dio en medio de un escándalo por la intervención de Rusia en esa elección para favorecerlo. En ese contexto, el caso Butina sería solo el más reciente eslabón.

La ANR fue uno de los mayores contribuyentes en la campaña de Trump (lo que explica que el presidente hoy quiera darle un arma a cada ciudadano) y el gobierno ruso, con Butina a bordo, habría logrado influir en esa organización. De hecho, según el diario británico The Guardian, hay pruebas que muestran que Butina fue financiada por Konstantin Nikolaev, un millonario que está en la mesa directiva de la American Ethane, compañía energética a la que Trump le dio un jugoso contrato de exportación con China el año pasado y que, además, está casado con la presidenta de una compañía de armas que estaría buscando expandir el negocio al mercado estadounidense. Su hijo, para completar, fue voluntario en la campaña de Trump.

La estudiante de maestría sería la piedra angular de una trama para asegurar los intereses económicos rusos en Estados Unidos mediante la manipulación política. Por eso fue detenida el pasado 15 de julio. Y aunque se ha declarado inocente, su comportamiento extravagante puede terminar hundiéndola.

La fiscalía asegura que Butina llegó a ofrecersexo a cambio de una posición en un grupo de presión conservador de Estados Unidos.

Los juegos de espías en el pasado alimentaron dos tipos de ficciones. Por un lado, las de agentes sofisticados tipo James Bond o Jason Bourne; por otro, las de antihéroes que ridiculizaban a esos mismos personajes, como el Superagente 86 o Austin Powers. La más reciente etapa del espionaje mundial parece haber tomado de esas comedias su principal inspiración.

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