2 de octubre de 2026

Historias

Con leves signos de uso

Confesiones de una mujer que se enamoró del lujo de segunda mano

Por: Redacción Soho
.
. | Foto: Getty Images

Por Alejandra Menéndez

La frase que más me ha marcado en la vida no me la dijo un hombre. Me la dijo una señora, con esa dulzura con la que en Bogotá se hunde el cuchillo: «Ay, mija, es que tú ya perteneces al mercado del usado».

Yo iba por el segundo divorcio, que es como pedir un segundo tinto, uno conoce el sabor, pero aun así lo pide. Y mis divorcios los he peleado como quien puja por una Birkin en Sotheby’s: la paleta en alto, sin pestañear y con plena conciencia de que el precio final siempre incluye comisión. Aquella noche tenía una copa de vino en la mano y me la bebí de un solo trago. Me acosté sintiéndome un sofá abandonado en la vía a La Calera, con un letrero de cartón que decía «se vende, negociable».

Porque eso es lo que uno cree a los treinta y tantos, que existen mujeres nuevas, con etiqueta y plástico; y mujeres de segunda mano, usadas pero sin remilgos. A las primeras las buscan y a las segundas las toleran. Nadie me lo dijo con esas palabras, ni hacía falta. Lo decía el tono, y en este país el tono se hereda, como los apellidos y las várices.

Tardé años en entender que la señora tenía razón y que esa razón era, en realidad, una buena noticia. Lo explico con lo único que me ha sido fiel en esta vida: las carteras de lujo.

.
. | Foto: Getty Images

Con mis primeros sueldos importantes gasté más de sesenta millones de pesos en carteras originales. Louis Vuitton, Gucci, Dior. Lo confieso sin pudor, porque el pudor también me lo gasté. Una Speedy fue la del primer contrato; la Gucci, la del ascenso; la Dior, esa del «yo me lo merezco» que uno se dice frente al espejo de un almacén climatizado a dieciocho grados, mientras una vendedora le dice «divina» a todo, incluida la factura. Llegaban en su caja, con su dust bag y con un vendedor que se sabía mi nombre.

Después decidí tener un hijo. Entonces llegó la hipoteca, llegó la letra de un carro mejor y me convertí en una madre más. Pero resulta que las carteras de marca son casi una adicción y estas no bajan de precio por maternidad, una Hermès tampoco ofrece descuento por lactancia. En ese momento, la mujer que ama el lujo aprende a mirar hacia los lados y hacia los lados está el mercado de segunda mano.

Mi primera cartera pre-loved fue una Alma GM roja, de Louis Vuitton, que me llegó desde Miami. Venía del clóset de otra mujer que, según me contaron, también se estaba divorciando. Abrí el paquete y sentí que me llegaba una hermana. En el acto, la cartera y yo nos identificamos; ella también había sido lujo de otra época y también conservaba una historia que no era mía.

Ahí entendí el negocio.

En este mercado nadie dice «usada». Se dice pre-loved, vintage, «con historia». Las plataformas estadounidenses revisan la costura y el número de serie, huelen el cuero y, al final, le envían a uno un correo que dice «Piece verified. Condition: very good». Lloré más con ese correo que en cualquiera de mis audiencias de divorcio y eso que en la segunda el juez me preguntó si yo ya había estado allí.

No soy la única. Mientras las boutiques cerraron 2025 con ventas estancadas y veinte millones de clientes menos, el mercado de segunda mano creció más rápido que el de estreno y ya mueve más de 40.000 millones de dólares al año. Una Hermès usada vale hoy, en promedio, el 138 por ciento de lo que costó nueva, y una Birkin se ha valorizado un 92 por ciento en reventa en diez años, el doble de lo que la propia casa le ha subido a la etiqueta. El tesoro más codiciado del mundo ya no se consigue en la boutique sino en el clóset de otra mujer que lo amó antes.

Y las reglas de ese mercado son, exactamente, las de una mujer de 45 años. Solo que al revés de cómo me las contaron. Por ejemplo:

Un carro pierde el 20 por ciento de su valor al salir del concesionario. Una mujer, según la señora del cuchillo, pierde lo mismo al firmar el divorcio. Traducido a carteras de lujo, una Michael Kors es la peor inversión, con suerte se revende por el 30 por ciento, porque el outlet le arruinó el precio antes siquiera de que usted la estrenara. Una Chanel, en cambio, conserva el 92 por ciento, y la Classic Flap ha triplicado su precio de boutique desde 2010.

A estas alturas ya no me pregunto si me devalúo, sino qué quiero ser: Michael Kors o Chanel.

Haberme divorciado me costó dos abogados.

Ahora leamos esto venido de una plataforma: «Excelente condición. Leves signos de uso. Ligero desgaste en las esquinas. Marcas de bolígrafo en el forro. Herrajes con pátina. Olor a perfume de la dueña anterior». Es la descripción de un bolso, pero podría ser también mi perfil de Tinder.

Las esquinas son las ojeras permanentes de dos embarazos. Las marcas de bolígrafo en el forro, los documentos que firmé sin leer. La pátina en los herrajes son las canas que me tiño cada tres semanas. Y sobre el perfume ajeno, mejor no preguntar. En una venta de segunda mano o pre-loved, nada de eso le resta valor a la pieza, al contrario, se lo certifica. Un bolso sin una sola marca es un bolso que se quedó en el clóset, en su caja, esperando vivir.

Lo descontinuado vale más. Hermès, por ejemplo, limitó la venta a dos bolsos por cliente al año, y la Kelly Mini II se disparó al 282 por ciento de su precio de boutique.

Está, además, la lista de espera. Para una Birkin nueva hay que «construir relación» con la boutique durante años: comprar lo que uno no quiere y sonreírle a una vendedora que le mira a uno el reloj para comprobar si es original. A los 25 yo esperaba al príncipe con esa misma disciplina: me portaba bien, compraba lo que no quería para que algún día me dieran lo que deseaba. Pero después de los 40 una ya no quiere construir relaciones con nadie. Simplemente quiero ser un luxury pre-loved.

.
. | Foto: Getty Images

Mujer, si a estas alturas todavía no la he convencido de reconciliarse con el mercado del usado, pregúntele a Sotheby’s. La misma casa que subasta los Picasso, los Monet y los Basquiat vendió en julio de 2025, en París, la Birkin original de Jane Birkin de 1985. Un bolso de cuero negro de cuarenta años, con las esquinas desgastadas, que ella cargó con la vida entera adentro. Se lo disputaron nueve coleccionistas durante diez minutos y se adjudicó por diez millones de dólares, el bolso más caro de la historia. Ninguna Birkin nueva, ni con diamantes, ha llegado a la mitad de esa cifra. ¿Y sabe quién lo compró? Una casa japonesa de reventa. El usado comprando usado para volverlo a vender. En esa misma sala, cualquier martes, también se remata el Rolex de una aristócrata venida a menos en un castillo húmedo de Escocia.

Y si usted cree que usar pre-loved es de mal gusto, se equivocó de siglo. La realeza lleva mil años pasándose de mano en mano las joyas, los tapices y los castillos, y en esas familias nadie ha estrenado una tiara jamás. La regla es la contraria a la que nos enseñaron, entre más historia tenga la pieza, más vale. Así que valórese, los años no la mandan al outlet, la mandan a subasta.

Ahora bien, pre-loved no quiere decir cualquiera. No es lo mismo una Speedy fabricada en Francia, con chip interno, que supera todas las pruebas de autenticidad y además tiene historia, que una réplica triple A de centro comercial con buena fachada. La primera se valoriza con los años, la segunda no llega a diciembre. Esta también aplica para el cuero y para el hombre.

Hablemos ahora de las trampas del mercado luxury de segunda mano, que las tiene, y la peor es la vitrina de Facebook. En Marketplace se consiguen joyas: la Neverfull de una señora que se aburrió de ella, la Dior que ya no combina con nada. Pero en la misma pantalla hay miles de cuentas que venden falsificaciones con fotografías robadas y la plataforma lo dice sin sonrojarse con una advertencia: «comprador y vendedor son responsables». Es decir, como en el amor. A los 45 uno ya sabe que un 70 por ciento menos no es un descuento sino una advertencia de mala calidad.

Las cifras asustan. Solo la aduana de Estados Unidos incautó en 2025 cerca de 79 millones de artículos falsificados. Y otro dato, el tercer país de la lista, por el valor de lo decomisado, es Colombia. En febrero, en un pueblo de Texas, la policía desmanteló una operación que vendía por Facebook Live y encontró 62.694 piezas falsas de Chanel, Dior, Gucci y Louis Vuitton.

Y aquí sí tengo que quejarme. A finales de 2024 el mundo enloqueció con la «Wirkin», una cartera de ochenta dólares en Walmart con la silueta y el candado de la Birkin. Una joven que la abrió en TikTok, dijo «por ochenta dólares puedes fingir que tienes una Birkin», entonces ocho millones de personas la vieron y se agotó. La misma semana en que Walmart la retiró, abrió una tienda de lujo de segunda mano. Hasta Walmart entendió la diferencia; es mejor ser de segunda mano que pretender ser triple A. La triple A luce divina en la fotografía, pero huele a pegante y se descose con el primer aguacero.

La de segunda mano llega raspada, pero llega de París, de España o de Italia, donde se supone que hay artesanos que dejan la vida en cada piel. O eso me gustaría pensar, porque en 2024 un tribunal de Milán puso a una filial de Dior bajo administración judicial al descubrir que sus subcontratistas fabricaban por 53 euros bolsos que se vendían en 2.600, en talleres de las afueras de Milán donde los obreros dormían en el mismo lugar donde cosían. En todo caso, sigo pensando que es mejor ser de segunda mano que imitación.

Hace poco vendí una Gucci de un matrimonio que ya no existe. Me pagaron por ella más de lo que me dejó aquel gamín. Con ese dinero cubrí el abogado y me compré una OnTheGo PM que ya venía con sus rayones. Mi hija me preguntó por qué la cartera tenía marcas. Le respondí: «Porque vivió, mi amor. Como tu mamá».

Así que la señora tenía razón. Pertenezco al mercado del usado. Lo que no me dijo es que ese mercado tiene lista de espera, genera miles de millones en ventas, crece más rápido que el mercado de lo nuevo, que ha tenido que reinventarse, y viene con certificado de autenticidad y un precio de reventa por encima del original.

Funciona en la vida y en el lujo.

Mujer, 45. Pre-loved. Dueños anteriores. Excelente condición, herrajes intactos, con caja y papeles. Se acepta puja telefónica. No se aceptan devoluciones.

Contenido Relacionado

.

Historias

Con leves signos de uso

Confesiones de una mujer que se enamoró del lujo de segunda mano