16 de agosto de 2026
Relato
Carta a mi padre, por José Fernando Patiño
Nadie quiere escribir una carta para despedir a sus padres. Pero el periodista José Fernando Patiño tuvo que hacerlo para despedir a su papá, don Darío Patiño, víctima del terremoto que sacudió a Colombia el pasado 10 de agosto. Esta es la carta que José Fernando quiso escribir para despedir al hombre que le enseñó a tocar guitarra y que “no se ama mucho, simplemente se ama”.
Por: Redacción Soho
Siempre le he huido a los funerales. Nunca me ha gustado sentir esa tristeza de las despedidas para siempre. Pero, en este caso, Pa´, algún día me dijiste que sí querías velación, porque es un momento para compartir en familia, para lamer las heridas. Por eso fui ayer y por eso estoy hoy aquí.
Quizá para Juliana y para mí no existía un dolor más grande. Entre las tantas maneras que existen para dejar este mundo, tal vez esta no la teníamos contemplada. Nunca nos imaginamos que la vida pende de un hilo. Y sí, nos creemos invencibles. Creemos que la vida es eterna, aunque sepamos a ciencia cierta que lo único seguro es la muerte.
No quiero que te recuerden por la manera en que perdiste la vida, ni como un número en medio de una tragedia. Quiero que tu memoria esté concentrada en la manera particular en que viviste. En que nos entregaste amor desbordado, puro, sincero. Tu vida fue ejemplo, motivación e inspiración. Un sentido social agudo que compartía y abrazaba a los que más lo necesitaban.

Fuiste tantas cosas buenas, pero hoy quiero contarles qué no era mi papá.
No era médico, pero me curaba el alma. No era sacerdote, pero me daba soporte espiritual. No era periodista, pero era mi mayor crítico y maestro. No era coach, pero era mi mayor motivador y guía. No era fanático, pero sí era mi mayor fan. No era músico, pero cantaba y tocaba la guitarra como ninguno. No era humorista, pero me hacía reír siempre. No era un héroe, pero hacía cosas heroicas. No era un tesoro, pero valía oro. No era maestro, pero me enseñaba con su ejemplo. No era camarógrafo, pero grababa videos eternos de momentos inolvidables.
¿Qué más puedo decir de ti, papá? Eres tanto que las palabras se quedan cortas.
Gracias por salvar mi corazón cuando de niño me daba taquicardia.
El mejor legado que tengo de ti es el tiempo de tu vida que destinaste a hacernos inmensamente felices. Y tu rol como padre, que intentaré estar a la altura con Emilio, Tomás y Gabriel.
No te afanes. Tu “Jujus” ahora tiene nuevo ángel custodio. Aquí está tu lugar seguro, Juli.
Siempre se habla de una lengua materna, pero poco de la lengua paterna. Y mi papá creó una única, particular, original y creativa manera de comunicarse. Con palabras, con onomatopeyas que solo existían en su diccionario: “de exportación”, “chiquichichiqui”, “mampalule”, “grocherio”, “pamplule”, “jujus”, “tutututu”, “venga pueche”, modificaste hasta las groserías para que se convierten en palabras de amor: “hijueputus” “mampario” mientras nos estropeabas los cachetes.

Tu sentido del humor era exquisito. Siempre había una anécdota, una chispa, un doble sentido, una frase lista para salir. “Ahí donde hay sucesos, ahí estamos”. “No se preocupe, diga que soy su chofer”. “Uno no ama MUCHO; uno AMA”. “Delante de mí no va sino la NARIZ”. “Uy, usted tan guapa y no, es noviembre”, fecha en la que se celebraba el reinado. “Este es un hotel de una estrella, donde la estrella eres tú”, “tenemos semáforos en verde” y esa inolvidable: “No caliente, sino hirviendo; así vea… ppsssss… que me queme la lengua.
Eras un ser lleno de amor y de servicio. Siempre disponible para soportar, para abrazar, para ayudar. A todo el mundo le conseguías un contacto de un médico, una gestión, una vuelta, una solución. Eras destripador de cachetes profesional, experto en trámites, gestiones y vueltas varias; solucionador de problemas, tocador profesional de cucharas prestadas que devolvías dobladas, videógrafo profesional, experto en significados de palabras y en escribir en MAYÚSCULAS y subrayados en NEGRILLA.
Nunca olvidaré el sonido más hermoso de nuestra historia: cuando llegabas de trabajar y nos hacías ese sonido de besos para alertarnos de tu presencia en la casa después de horas de trabajo extenuante. Ese sonido significaba: ya llegó papá, ya todo está bien. (Sonido de besos).
Cumpliste todos tus roles perfectamente: padre ejemplar, trabajador entregado, hijo, hermano, abuelo, amigo, vecino. Trabajaste sin medida por tu comunidad. Mi papá contagiaba con su felicidad. Ningún espacio, ningún ser quedaba igual después de pasar por su vida. Era un ser de luz que iluminaba cada momento con su sonrisa y sus carcajadas.
Siempre estabas PERFECTAMENTE. Y constantemente me decías: “Si me voy ahora, me voy feliz con el deber cumplido”. También decías: “Aquí lo importante lo solucionamos rápido; lo urgente nos demoramos un poquito más”. Y, sobre todo, repetías una frase que hoy retumba con más fuerza que nunca: “Verbo, no sustantivo”.

Me encargaré de que tus discursos nunca queden en palabras. Viviste a tu manera, como quisiste, sin pasar por encima de nadie. No te llevaste nada, pero nos dejaste tanto en nuestros corazones. Fuiste luz, guía, sosiego, agua en medio del desierto para muchos. Una inteligencia emocional increíble. Un hombre de solvencia moral, transparente, impoluto.
Hasta en tu muerte fuiste útil. Porque te fuiste para recordarnos que el tiempo es ahora, que el amor se demuestra, que la familia se honra, que el servicio transforma.
Cuando removían los escombros, lo primero que salió fue este cubo de madera que hizo mi hermana para honrar la unión familiar. Y entendí que ese era el mensaje que nos dejabas: la familia primero.
Ahora llevaré con más orgullo mi nariz y mi calvicie, pero, sobre todo, el apellido Patiño junto a Emilio y Tomás. Dejaste una vara muy alta. Honraré tu legado. No será tarea fácil. Supongo que lo mismo sentiste cuando despediste al abuelo Humberto y a la abuela Marta. Tú fuiste más fuerte de lo que yo puedo ser ahora. Fuiste un roble.
Gracias, papá, por inspirar tantos corazones, por tus canciones en francés, por tu cara pícara, por tantas cosas tuyas que son solo tuyas.
Gracias a mi esposa por su compañía y apoyo incondicional; a mi hermana por su protección y acompañamiento; a toda mi familia, a nuestros amigos, a los rescatistas y a los ciudadanos del común que se pusieron la diez para ayudarnos a rescatar a mi padre. Lo volveríamos a hacer una y mil veces con las uñas para liberarte.
Dicen que cuando uno muere pierde 21 gramos. Si fuera por el amor que le diste a la humanidad, creo que tu cuerpo los perdió todos.
Te amo desde siempre y para siempre

