17 de julio de 2026
Opinión
Confesiones dentro de una habitación

Por: Aida Victoria Merlano
Aprendí a leer el deseo masculino antes incluso de aprender a poner límites. Quizá porque entendí inconscientemente que el amor se ganaba y que tenía más que ver con adaptarse y complacer, que con una cuestión de merecimiento.
Si tuviera que elegir, entre todos los sentimientos y las sensaciones, el que más aparecía cuando de amor se trataba, muy seguramente era el de insuficiencia.
Porque siempre me sentí de esa manera, insuficiente.
Por más esfuerzos y buenas intenciones, parecía como si nunca pudiera ser digna de amor.
Muchas mujeres heridas desarrollamos una sensibilidad extraña. Casi animal. Aprendemos a leer silencios, gestos, respiraciones, cambios mínimos en la energía de alguien… Y tarde o temprano, esa hipervigilancia también llega a la cama.
Curiosamente, las mujeres que nos sentimos indignas frente al amor, terminamos siendo complacientes, y unas diosas sexuales.
Necesitaba sentirme extraordinaria, porque en el fondo temía ser desechable. Así que desarrollé una capacidad impresionante para detectar qué le gusta al otro, cómo hacerlo sentir deseado, admirado, entendido…, buscando darle, quizá, lo que pretendía que otros me dieran.
Pensé que el sexo me liberaría, pero caí en el libertinaje. ¿Sabes, querido lector, qué fue lo que me liberó? La conciencia.
Que muchas veces no implica hacer las cosas distinto, sino desde un lugar diferente.
El placer ajeno se convierte en la forma más rápida de sentirse suficientes. Pero, como toda ruta rápida, tiene una satisfacción efervescente.
Las mujeres heridas nos convertimos en emperatrices en la cama, porque ahí dejamos de sentirnos frágiles. Porque durante unos minutos el cuerpo deja de ser territorio de abandono y se convierte en territorio de poder.
Pero hay una verdad incómoda detrás de todo eso. Y es que ninguna mujer debería tener que volverse inolvidable ni una amante memorable para sentirse digna.
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Las opiniones expresadas en este espacio pertenecen exclusivamente a su autor y no reflejan necesariamente la postura editorial ni los valores de Revista SoHo.
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