2 de julio de 2026
Estilo de Vida
Los 5 mejores moteles para ver el Mundial en Colombia
Durante el Mundial hay parejas que se enamoran, matrimonios que llegan a su fin y moteles que no dan abasto. El fútbol colombiano siempre trae consigo algo de calentura.
Por: Redacción Soho
Durante el Mundial los moteles colombianos se llenan de un patriotismo bastante particular. Hay gente gritando goles, sí, pero también gente quitándose la camiseta de la selección con una lentitud que ya quisiera el VAR. En este país el fútbol siempre termina mezclándose con otras cosas: cerveza tibia, besos impulsivos, reconciliaciones fugaces y decisiones que parecían pésimas hasta el día siguiente. O incluso después.
Algunos creen que entrar a un motel a ver un partido no es la mejor idea de todas, pero quienes se animan a hacerlo terminan viendo versiones rarísimas de sí mismos. Tal vez más honestas o más cansadas también.

Penthouse, en Medellín, entendió eso hace rato. El lugar tiene suites con jacuzzi, turco, balcón y una silla tantra que seguramente ha visto más posiciones defensivas que cualquier director técnico. Todo ahí invita a demorarse más de la cuenta. Las luces bajitas, el vapor, esa sensación de que afuera todavía existen los pitos de los carros durante el taco de la hora pico, las llamadas del trabajo y la ex que volvió a aparecer justo durante la fase de grupos… Pero qué pereza pensar en eso justo cuando se está pasando tan bueno.
En Medellín el deseo nunca entra de golpe. Primero aparece el trago, luego la música, después alguien dice «pidamos otra» y cuando menos se nota, hay dos personas desnudas viendo un Brasil-Argentina desde un jacuzzi mientras discuten si el árbitro está comprado. Entonces el reguetón apenas si se percibe y el partido también, pues este primer paso del menú ya ha sido desbancado por el plato principal.

Barranquilla sí juega distinto.
El Motel Scape va a vestir sus treinta y cuatro habitaciones para el Mundial porque el Caribe jamás ha entendido la palabra mesura y ahí está lo irónico: ellos visten la casa para luego recibir gente que llega en paños menores. La gerente habla del motel con una familiaridad deliciosa, como quien cuenta que a alguien se le rompió el corazón pero igual sigue invitando a amar. En algún momento explica que pese a estar en el Caribe no preparan pescado porque el olor termina pegándose a las habitaciones y pues ellos quieren que el ambiente huela diferente, a sábanas recién cambiadas… O a sexo recién hecho, nunca a mojarra.
Y hay detalles que se quedan para siempre en los recuerdos. Las parejas que llegan arregladas como si fueran para una boda pequeña, la gente pidiendo picadas a las dos de la mañana o los televisores prendidos mientras nadie mira realmente el partido. Porque el momento más íntimo de un motel casi nunca pasa durante el sexo. Sucede después. Cuando alguien se pone la camiseta al revés, cuando dan el resumen deportivo y los dos fingen interés mientras comparten papas fritas entre las sábanas y los pies rozando de manera simultánea.

Bogotá tiene otra energía, una más silenciosa, esa en la que las personas llegan todavía con el peso de la oficina, diciendo «mañana madrugo», pero igual entran.
Amarte Suites, por ejemplo, parece lleno de personas que inicialmente iban «solo un rato». Quien dirige el área de marketing recuerda algo buenísimo: «Aquí el amor se ve de diferentes formas; hay parejas que celebran su aniversario pasando un momento único y lleno de adornos y detalles, mientras que hay parejas que salen más enamoradas después de un trío», lo dice tranquila, casi burocráticamente.
Y claro. Ahí uno entiende que los moteles terminan siendo versiones muy sinceras de la gente. Por ejemplo, el ejecutivo que en LinkedIn habla de liderazgo disruptivo y termina acostado viendo TikTok en bata, la joven perfecta que se toma dos mimosas y deja de actuar y se le sale su Harley Quinn, o el tipo casado que se queda mirando el techo demasiado tiempo después del orgasmo. Mientras afuera Bogotá sigue jugando a ser fría y eficiente, adentro hay pestañinas corridas, lubricantes de chocolate y una transmisión de un partido sonando de fondo.
En Cali, el Motel Palazzo tiene esa elegante malicia tan vallecaucana: la de la gente que coquetea incluso cuando está pidiendo la cuenta. Sus redes sociales parecen manejadas por alguien que claramente entiende el humor sexual colombiano. En sus reels aparecen mucamas bailando, frases con doble sentido y videos que arrancan risas inocentes y terminan haciendo que el cliente quiera una respiración entrecortada.
Durante los partidos importantes regalan cerveza y crispetas. Y aunque suene poco especial, hay algo bastante íntimo en compartir crispetas en una cama mientras medio país grita gol al mismo tiempo. Hay que imaginar la escena, unas piernas enredadas, el aire acondicionado demasiado frío y el narrador pegando alaridos mientras alguien besa un cuello con pasión.
Palazzo se conoce por ser el lugar donde mucha gente llega «a desconectarse», pero si uno escucha mejor, entiende otra cosa: llegan porque quieren sentirse deseados un rato, que alguien los mire distinto y que alguien les toque la espalda como si todavía quedara electricidad ahí, aunque para mañana haya reunión de presupuesto a las ocho y allí termine la fantasía.

Y luego está Bucaramanga.
La Herradura tiene una suite dúplex en la que caben hasta cuarenta personas. Solo esa cifra deja claro que ahí nadie entra precisamente a «descansar».
El lugar tiene pole dance, karaoke, luces robóticas, jacuzzi y una pista de baile en la que el Mundial probablemente termine convertido en ruido de fondo. Porque hay noches en las que se empieza viendo un partido y se termina con alguien bailando reguetón encima de un sofá erótico mientras otra persona busca hielo en toalla por toda la habitación.
Bucaramanga jamás ha tenido fama de ser una ciudad escandalosa, pero basta entrar a La Herradura un sábado para sospechar que la ciudad simplemente aprendió a esconderse mejor.
Ahí llegan parejas, grupos de amigos, swingers y esos personajes que siempre aparecen cuando la fiesta está por terminar, esos que proponen pedir otra botella, poner otra canción o cualquier cosa que impida irse a dormir.
Porque el verdadero erotismo está en cosas pequeñas como quitarle lentamente la camiseta a alguien mientras suena el himno nacional, en un «quédate otro rato» dicho sin mirar a los ojos y en pedir otra amanecida aun sabiendo que mañana toca inventarse una excusa.
Los partidos suelen durar noventa minutos, pero en los moteles de Colombia siempre hay ocasión de irse a un tiempo extra.


