“Quiero hablar sobre lo que implica ser un hombre. Los hombres que se suicidan superan en pasmosa cantidad a las mujeres”, así lo dice el escritor británico Matt Haig en su libro Razones para seguir viviendo, en el que cuenta cómo pudo resistir la depresión que lo afectó durante años. Poco después el autor se preguntaba por qué, si los cuadros depresivos afectan más al género femenino que al masculino, en el segundo grupo hay más casos de suicidio. “En el hecho de ser hombres hay algo que nos hace más propensos a matarnos”, afirma Haig.

La realidad colombiana no se aleja de ese panorama. Muestra de ello son la trágica muerte del reconocido oncólogo José Fernando Robledo en Bogotá, quien se lanzó desde el octavo piso de una clínica capitalina hace pocos días; la valiente confesión del periodista Guillermo Arturo Prieto, “Pirry”, en la que hizo pública su batalla contra la depresión y el pánico a principios de enero de este año; y el video del cantante J-Balvin, en el que reconoció hace meses sus trastornos de ansiedad: “Muchas personas por ahí afuera son ansiosas (…) y tienen una vida de mierda”, prueba, una vez más, de que el estereotipo del hombre invencible, el que nunca llora, es una de las invenciones más estúpidas y peligrosas de nuestra sociedad.

Esa creencia obsoleta nos enfrenta con otra verdad, las enfermedades mentales no paran de crecer en el planeta, pero es una evidencia que preferimos pasar por alto. De acuerdo con el informe global presentado en 2017 por la Organización Mundial de la Salud, 322 millones de personas en el mundo sufren de trastornos depresivos, y 264 millones padecen ansiedad. Ese mismo estudio revelaba que en 2015 el 4,7 por ciento de los colombianos presentaba síntomas de depresión, y el 5,8, de ansiedad. Las estadísticas siguen demostrando que las mujeres son las más afectadas por estas enfermedades, sin embargo, son los hombres los más propensos al suicidio (debido a dichos trastornos). Por eso, la pregunta de Haig tiene tanto sentido.

Todos podemos ser víctimas de los trastornos mentales. Todos. Y lo digo en voz alta porque desde hace varios años yo sufro de ansiedad y de ataques de pánico, y porque pensé, en algún momento, que vivir no era la opción más atrayente. Pero aquí sigo –gracias al amor de mi esposa y mi hija– y me siento muy orgulloso de estar, de ser, de aceptar lo que soy. Lo he contado abiertamente en mi proyecto en YouTube T.A.P.: The Anxiety Project. Y es por eso que escribo este texto.

Freaks como Iniesta

Aquí, de hombre a hombre –y de hombre a mujer, sé que SoHo tiene una inmensa legión de lectoras–, quiero recordarle que los verdaderos “machos” son aquellos que pueden hablar sin temor sobre sus debilidades. Durante estos años, decenas de colegas, amigos, vecinos y desconocidos me han abordado para contarme en voz baja cómo soportan estos trastornos. No se lo dicen ni a sus parejas. No lo comparten con sus familias. En sus trabajos nadie lo sabe, y menos sus jefes: temen ser despedidos. ¿Por qué? Porque se sienten débiles y algo freaks. Pero hay que tener mucha fortaleza para seguir viviendo en medio de esa mentira.

Si los que sufrimos de trastornos depresivos o ansiosos somos freaks, entonces también lo son ídolos y héroes como el futbolista Andrés Iniesta, quien fue figura del Barcelona y anotó el gol que le dio la Copa del Mundo a España en el Mundial de Sudáfrica 2010; él hizo pública su depresión. Otros “débiles” que hablaron fueron el músico Bruce Springsteen –casi nadie–; Abraham Lincoln, expresidente de Estados Unidos; el comediante Jim Carrey, ganador del Óscar por The Truman Show (1998); el ex primer ministro británico Winston Churchill, y el rebelde príncipe Harry, entre muchos otros. Ser hombre y aceptar que tenemos alguna de estas patologías no es un hecho vergonzante –así lo dijo Pirry con claridad en una entrevista con La W Radio–. Es el primer paso hacia un cambio de vida.

La depresión y la ansiedad pueden llegar en cualquier momento. No respetan edad, apellido, clase social, nivel de éxito u ocupación. El instagramer más feliz puede ser su víctima. La primera, a grandes rasgos, se caracteriza por un sentimiento de agobio y tristeza permanente, y una falta de interés en casi todo. La segunda es un estado de alerta constante por situaciones que no han ocurrido, que solo existen en nuestra mente. La depresión, como me explicaba una gran amiga que la padece hace años, puede causar ansiedad, y esta podría conducir al estado máximo de invención de la mente: los ataques de pánico. A ellos los conozco bien. Uno cree que tiene un infarto, o que morirá asfixiado; y se siente mareo, vértigo, dolores estomacales, confusión, náuseas… Pero al final, no hay un final. La muerte está muy lejos. El cerebro creó todo aquello.

Afrontar el desgaste de estas enfermedades durante mucho tiempo, sin pedir ayuda psiquiátrica o de las personas que amamos, puede conducirnos, lenta y textualmente, hacia el abismo. Cerca de él estuvo el escritor Matt Haig, pero no se lanzó, prefirió escribir un libro. Otros sí saltaron y dejaron una dolorosa ausencia. Muchos murieron porque eligieron el silencio antes que algún apoyo. ¿Por qué tantos hombres, buenos y grandes hombres, prefieren saltar a compartir estos trastornos?

El débil vaquero

La psiquiatra Ana Millán lo explica de esta manera: “A los hombres les cuesta más reconocer y hablar de sus procesos de ansiedad y depresión, porque socialmente se tiende a creer que el universo de lo masculino no encaja con la expresión emocional. Muchas veces las que identifican los síntomas de estos trastornos son sus esposas o sus madres, quienes suelen estar más atentas a las emociones”.

La imagen del indomable cowboy, del hombre que calla, del Don Draper atormentado –protagonista de la serie Mad Men–, nos ha hecho mucho daño. “Hay una falsa creencia, de orden machista, que invita a pensar que ser fuerte emocionalmente es ocultar lo que pasa en el interior de la persona. Además, en general, entre hombres suelen hablar más del deporte o de la política, que de lo que sucede en su vida íntima”, concluye Millán.

Está en nuestras manos cambiar ese modelo. Por eso, si usted lleva una temporada sintiéndose abatido, triste, sin ánimo, irascible, confundido, con cambios de humor bruscos, si no está durmiendo, si las pequeñas cosas que lo apasionaban antes (un gol de James, una buena película, una cena con sus amigos) ya no le despiertan interés, si se siente muy angustiado o atemorizado por lo que podría pasar mañana o dentro de una semana –esa anticipación de tintes castastróficos es muy habitual en quienes sufrimos de ansiedad–, sería mejor que lo tuviera en cuenta y pidiera ayuda.

Me atrevo a darle algunos consejos, a partir del aprendizaje que he tenido en los últimos años, porque tuve todos esos síntomas y no vi venir el desenlace. Primero, como lo aconseja el doctor Carlos Jaramillo en su segundo libro El milagro antiestrés: “Pare y obsérvese”. Deténgase un momento y revise sus rutinas, cuántas horas está durmiendo –de hecho, ¿puede dormir?–, cuánto tiempo le está dedicando al trabajo, cuántas veces ha soltado una carcajada en las últimas semanas, cuántas ha llevado a sus hijos al parque o ha hecho el amor con su pareja. ¿Hace cuánto no se realiza los chequeos médicos de rigor? ¿Qué carajos está comiendo? Los buenos hábitos alimentarios son claves para llevar una vida mejor. Si todo es un desorden, pues tanto su cuerpo como su mente formarán parte de ese desbalance, terminará por el camino del estrés y este alentará los estados depresivos y ansiosos.

Respirar es gratis

¿Qué hacer si tiene o cree tener alguno de estos males? No lo dude, busque asesoría profesional, dejé atrás la tonta idea de que ir al psicólogo o al psiquiatra es un acto bochornoso y propio de locos. Pero busque a un terapeuta que le genere confianza, con quien pueda hablar y compartir su caso. Sin embargo, si este doctor, antes de que usted le dé su nombre y pueda contarle su historia, ya le está ofreciendo ansiolíticos o antidepresivos, desconfíe. No todos los pacientes que sufren estos trastornos requieren medicamentos. Las pastillas no son la solución, pueden ser parte de ella; pero depende, ante todo, de usted.

Con su terapia en marcha, aprenda ejercicios de respiración –es gratis y puede salvar su vida–, acérquese a la meditación –no, no tiene que vestirse de naranja y cantar “hare Krisna”; otras personas se ayudan con la oración–, haga deporte –el cardio sirve mucho–, aprenda yoga, busque un pretexto para dar una caminata todos los días –y ponga las plantas de los pies sobre el prado–, aliméntese bien. Lea el El milagro metabólico y sabrá cómo hacerlo, saque de su dieta al café y al té –la cafeína activa la adrenalina y, créame, usted no quiere que eso suceda–, trate de vivir el hoy, su vida transcurre aquí y ahora –el futuro es solo una invención de la mente–. Lea El poder del ahora, de Eckhart Tolle, comparta lo que le sucede con la gente que ama y cada día, al despertar, dé las gracias; gracias por estar vivo, por tener una cama, por respirar, ver, tocar, sentir, por ser; putear menos y agradecer más cambiará su vida.

Si no quiere hacerlo por usted, hágalo por sus hijos. Ellos seguirán su ejemplo. Varios psiquiatras me han contado con asombro que cada vez atienden más pacientes jóvenes con síntomas de depresión y ansiedad. Estos trastornos han aumentado en el siglo XXI. Son varias las causas de este fenómeno. Además de los efectos causados por las drogas y el alcohol, “tenemos una juventud sedentaria, chicos inmóviles que se han olvidado de jugar, de ejercitarse, de caminar. Ha habido un debilitamiento de los nexos sociales, los jóvenes ya no se miran, no se hablan, no comparten, no socializan, ¡tienen amigos pero en las redes sociales! Y la telefonía móvil e internet han modificado las costumbres, la que impera es la inmediatez, y eso es muy grave, porque los chicos perdieron la capacidad de esperar, quieren todo en este instante, y se frustran fácilmente”, explica la doctora Millán.

Y esto ocurre, en gran parte, porque sus padres –ciegos e incapaces de ayudarse a sí mismos– no los miran, no les hablan, no comparten tiempo con sus hijos, no los alientan, no los reprenden y ni siquiera tienen ánimo para decirles “te quiero”. En un mundo hiperconectado, hemos perdido la conexión más hermosa de todas, la que nos une con las personas que queremos, la que nos junta con los amigos, con los vecinos, con el otro, con el que va al lado en el bus o en medio del atasco. Estamos extraviados como especie. Buscamos en una pantalla lo que no tenemos en el cuerpo. Caminamos por las calles con nuestros “cascos” y los teléfonos tontos, llenos de datos y vacíos por dentro. ¿Qué podemos esperar a cambio? Una hermosa cascada de trastornos mentales y una marea de medicamentos psiquiátricos.

Un paso heroico

Pirry, J-Balvin o escritores como Matt Haig, han logrado que la ansiedad y la depresión sean más visibles. Nos recuerdan que este es un problema de todos –de ambos géneros, por supuesto– pero bien valdría la pena preguntarnos, qué estamos haciendo nosotros como hombres, como hijos, como padres, como novios o esposos, para detener esta epidemia. No se necesita una gesta heroica. Aunque quizás en estos tiempos suene heroico lo que propone el doctor Jaramillo en su libro, parar un instante, soltar el maldito móvil; parar para observarnos y entender qué está pasando con nuestras vidas. Ver nuestro interior podría resultar doloroso, pero puede evitar que nos despidamos con un salto al vacío. Paremos. Podemos hacerlo; dar un paso hacia nuestra recuperación, un paso largo, lento, lejos del abismo.