Jueves 19 de abril de 2018. El Teatro Universitario Camilo Torres Restrepo, de la Universidad de Antioquia, en Medellín, está a punto de convertirse en un lugar apocalíptico. Minutos antes de las cinco de la tarde, una fila con miles de personas ingresa lentamente para ver la película de Laura Mora, quien hablará antes y después de la proyección, y sabe que esta cita no es como cualquiera. Aunque su obra ha pasado con alabanzas por múltiples teatros del mundo, esta proyección será diferente. Era un deseo, tal como se anunció dos días antes en el Instagram oficial: “Es un sueño cumplido saber que #MatarAJesús se proyectará en el emblemático teatro…” Un sueño. Y dos horas después, cuando la pantalla se haga negro y salgan los créditos, será un apocalipsis: con llantos, gritos, aplausos, corazones rotos, temblorosos, y brazos y piernas y rostros desencajados, mudos, conmovidos.

—Mucha gente se me acercó a decirme que a su papá también lo habían matado. Ese día entendí que no era una carta de amor a mi papá, sino a todos los padres asesinados —dice Laura seis meses después, mientras aprovecha sus minutos de descanso en una producción de Netflix en el Amazonas, que codirige con su amigo Ciro Guerra.

En los pasillos de la Universidad de Antioquia se grabaron las escenas del papá de la protagonista de Matar a Jesús, un profesor universitario que es asesinado por un sicario en presencia de su hija. Por esos mismos pasillos caminó muchas veces Héctor Abad Gómez, el papá del escritor Héctor Abad Faciolince y abuelo de la cineasta Daniela Abad Lombana, amiga de Laura, y son los mismos por donde también han caminado muchos profesores que desde la década de los ochenta han sido asesinados por sus ideas incómodas, por denunciar los desastres de la sociedad colombiana. Los pasillos de la misma universidad que, como las otras grandes universidades públicas del país, ha sido escenario de las ideas, el arte y la revolución. Un escenario único para una película que es un manifiesto artístico, revolucionario e inteligente. Y Laura, una mujer inteligente, revolucionaria, lo sabe.

De Laura Mora sorprenden varias cosas. La naturalidad con la que habla, con un acento paisa en el que se cuelan siempre palabras de calle. Una voz que es rápida pero firme, que sigue el curso de sus ideas como un río amplio y caudaloso, que aunque grande y violento es tranquilo, lento, con la lentitud de las cosas vibrantes. Laura es una mujer sin poses, que dice todo sin filtro, como la amiga de siempre que habla con el amigo de siempre. Y también una mujer con ideas claras y lúcidas sobre su arte.

—Mi relación con el mundo no es maniquea, de buenos y malos. Y eso es lo que me fascina de los seres humanos. Y por eso mismo me fascina hacer cine, porque quiero indagar en la contradicción de lo humano.

Matar a Jesús es eso: una película sobre la contradicción, sobre cómo en un lugar violento los límites entre culpables e inocentes se borran y aparecen simplemente hombres y mujeres muchas veces arrastrados por la co rriente de una realidad cruel, excluyente, sin oportunidades, en la que la muerte es un personaje que se filtra de manera casi común en la vida de todos. Matar a Jesús es eso: una película sobre cada uno de nosotros, a veces inocentes, a veces culpables, a veces un poco de uno, un poco de otro, a veces ninguno, a veces ambos.

Laura nació en Medellín, en el barrio El Poblado, en 1981, cuando la ciudad estaba a punto de derrumbarse por el narcotráfico. Esa misma Medellín, ya derrumbada y a los 22 años de Laura, fue la que le arrebató a su padre, un abogado librepensador del que había aprendido casi todo, un hombre que se preocupó por que conociera la diversidad del mundo y que le enseñó la importancia de la libertad y de crear una conversación justa con el otro, sin importar sus orígenes.

—Tengo una relación muy extraña con Medellín, de extremos. La siento más como una mujer. La tengo muy personificada. Es una relación que ha tenido momentos de amor profundo. Siento que estoy profundamente atravesada, influenciada e inspirada por Medellín. En mi adolescencia me la recorrí toda. La conozco muy bien. Su luz y su oscuridad. Y a partir de lo de mi papá me sentí profundamente traicionada. No sabía ponerle nombre a eso. Era Medellín. Era esa ciudad que narra Gonzalo Arango en Medellín, a solas contigo la que me había traicionado. Esa ciudad conservadora, facha, católica, doblemoralista, pero también hermosa, amable, vivaz, la que me lo había arrancado.

Pero también hermosa, amable, vivaz. Esa ciudad hermosa y dulce con un fondo oscuro. Esa Medellín de la que habla José Manuel Arango: “...Ciudad / (mujer / rencorosa mente poseída / y vasto territorio del tacto / conozco / el sabor agrio de tu sexo)”.

A partir de esa traición Laura solo quería una cosa: irse a la mierda.

—Realmente fue un momento de mucho voltaje en mi vida, con mucho cambio. Quería irme a la mierda, y literalmente me fui para el otro lado del mundo. Y no volví en casi cinco años.

Terminó en Australia, donde se encontraba su novio de ese entonces. Allí trabajó en un café y estudió cine. Ya había intentado hacerlo en la Universidad Nacional de Bogotá, presentándose dos veces, sin lograr un cupo. Y en España, aunque se devolvió porque los estudios no llenaron sus deseos. A sus ojos, Australia no era un destino para prepararse en cine, pero fue lo que la vida le dio y ella lo tomó. Allí realizó dos cortos, Brotherhood y West, en los que se buscó, porque sentía que no se reconocía en ese país. Pero lentamente se fue dando cuenta de que en cualquier lugar hay gente al límite, en el margen, a punto de irse a la mierda, como le había pasado a ella. De esta manera terminó contando la vida de inmigrantes en Melbourne.

—Australia fue un gran entrenamiento para lo que se venía con Matar a Jesús. Al regreso a Colombia hice un corto, Salomé, que fue la primera vez que rodé en Medellín, después de haber hecho en la adolescencia todos los videoclips de mis amigos. Fue una oportunidad de explorar la ciudad y el universo femenino, todo enmarcado en un contexto social que afecta a los personajes.

Con aquellos cortos comenzó su búsqueda visual. Al principio creyó que su futuro en el cine iba a centrarse en el documental, pero comprendió que su neurosis controladora no iba a poder disponer de la realidad como ella quería. Y encontró el neorrealismo para decir: “Esto es lo que quiero hacer”. Historias simples, pero profundas. Historias con personajes comunes y complejos que cuestionan la realidad y se vuelven artefactos políticos.

Pero todavía faltarían algunos trabajos para llegar a su celebrada película. La coodirección de la serie televisiva Escobar, el patrón del mal, invitada por el director Carlos Moreno, trabajo que repitieron en la miniserie No sos vos, soy yo. Además, una cinta por encargo, Antes del fuego, basada en la toma del Palacio de Justicia. Sin olvidar Entre panas, una serie digital de Cerveza Poker, de la que dirigió dos temporadas. Lo que mostró su versatilidad, su capacidad de entender el lenguaje audiovisual según los formatos. Aunque su primera obra en sí, como ella lo acepta, es Matar a Jesús. Y su destino irremplazable, el cine. Y no está equivocada, porque en esta se ve el ojo de una artista, en la que la fuerza de la creación permite que todo se mezcle para crear algo conmovedor: secuencias llenas de una excelente fotografía, con un guion consistente, sincero, con personajes que se levantan como el polvo por el viento, y como el polvo animado por el viento golpean los ojos desprevenidos del espectador. Secuencias como la del viaje inicial de la protagonista y el asesino de su padre, la misma que provoca comentarios como este —tomado de Instagram tras la publicación de un video del detrás de cámaras—: “Esta es mi secuencia favorita no solo de Matar a Jesús sino del cine colombiano, es impecable, los tiempos, el audio, el lugar de Medellín, los planos, la velocidad, las expresiones, las motos entrecruzándose, sincronismos perfectos, tan coreográfico pero tan natural, en el teatro quería darle pause y verla de nuevo 10 veces”.

Matar a Jesús se puede definir como una danza: alguien que quiere vengarse pero se niega, danza alrededor de la idea de hacerlo, porque conoce al asesino y ese asesino es más que eso: un simple matón. Es una víctima de un mundo excluyente y absurdo:

—Nuestra sociedad es en extremo elitista, piramidal y racista, que desde el mismo diseño de las ciudades está hecha para que estemos separados, excluyendo constantemente. La exclusión en general es una manera brutal y sutil de violencia. Todos sabemos que existe un árbol en nuestra sociedad para saber si eres una persona de bien o no: en qué barrio vives, qué hace tu papá, cuál es tu apellido y en qué colegio estudiaste. Y que uno esté condenado toda su vida por lo único que me parece absolutamente azaroso, la existencia misma y dónde sucede, es violencia.

Lo dice una mujer no religiosa, y que con frecuencia critica los conceptos heredados por la presencia amplia y perversa de la religión cristiana en nuestra sociedad. Una mujer que con Matar a Jesús pudo liberarse de un hecho que la acechaba y que comprendió cómo enfrentarlo cinematográficamente después de un sueño en el que tuvo una conversación con el asesino de su padre, a quien ella, a diferencia de la protagonista de la película, no conoció.

Por este fuerte componente biográfico, la película tiende a confundirse con la vida de la directora, una razón por la que ella da pocas pistas sobre la vida de su padre. Además, para proteger la intimidad del evento que cambió la vida de ella, su madre y su hermano.

Sin embargo, hay huellas reales regadas en los 100 minutos: el Land Rover viejo en el que la protagonista va con su padre en el instante del asesinato es igual al que tenía el padre de Laura, el mismo en el que ella tuvo momentos y conversaciones inolvidables, felices. También que el padre real siempre declaró que quería terminar su vida como un académico, dedicado a la docencia. Y, de alguna manera, Laura le cumplió su sueño, como le dicen muchos amigos, pues el padre de la película es profesor de tiempo completo. Como también le cumplió el sueño de vivir en Prado Centro, el barrio medellinense de casas enormes de comienzos de siglo XX, ahora venido a menos.

—Era un hombre muy cálido, pero con cierta timidez —dice Laura del padre real—. Con un gran sentido del humor, con el que podía hablar de todo, incluso de que estaba fumando marihuana. Esa conversación de la película es totalmente real. Y también la clase que él da citando a Foucault, una escena que mi hermano me ayudó a escribir.

Una escena magistral, que logra decirnos todo de la relación de esa hija y su padre. La de la ficción. Pero también la real.

—¿A tu padre le gustaba el cine?

—No era el arte que más le emocionaba, pero le emocionaba mucho que yo quisiera estudiar cine.

Al padre de Laura, un anarquista de fondo, como ella lo define, le emocionaba la literatura, el Deportivo Independiente Medellín y la vida en el campo. Eso sí, aunque el cine no era una de sus grandes pasiones, tenía películas que amaba, como Casablanca, Lo que el viento se llevó, El padrino, El paciente inglés. Y se creía, como lo define su hija entre risas, la reencarnación de Humphrey Bogart.

—¿Por qué?

—No sé —dice Laura, con una risa salvaje—: amaba todas sus películas y se montaba en el papel y se creía igual de pinta. Por eso una vez un amigo me dijo: “Yo ya sé vos por qué estudiás cine. Porque en tu familia todo es como una película, como una gran puesta en escena”..