“¿Te contaría sobre ella?, la princesa sin voz. O quizás solo te advertiría la verdad de estos hechos y la historia de amor y pérdida. Y el monstruo, que trató de destruirlo todo”, dice el narrador de La forma del agua, el largometraje más nominado a los premios Óscar de este año, con 13 menciones que incluyen mejor película y mejor director.

A pesar de que la película es protagonizada por una extraña criatura de algún lugar recóndito del Amazonas, en donde por sus habilidades se le tenía por un dios, ese no es el monstruo del que habla. La verdadera monstruosidad a la que se refiere es el abuso de la humanidad sobre lo diferente, sobre los desahuciados y marginados. La cinta está arraigada en la solidaridad con quienes no solo no tienen poder, sino que sufren la máxima crueldad de un sistema injusto: un silencio exigido por quienes los abusan.

“Desde la infancia he sido fiel a los monstruos. Me han salvado y me han absuelto, porque los monstruos, creo yo, son los santos patronos de nuestras maravillosas imperfecciones”, explicó, a comienzos de año, Guillermo del Toro en su discurso de aceptación del Globo de Oro a mejor director por La forma del agua.

Criaturas extrañas, fantásticas, grotescas y a menudo entrañables siempre han caracterizado la obra del director mexicano desde su primer largometraje: Cronos (1993), una atípica historia de vampiros protagonizada por el argentino Federico Luppi. Desde entonces ha explorado insectos avanzados que pueden hacerse pasar por humanos, demonios determinados a salvar la humanidad, enormes alienígenas que salen del fondo del mar, fantasmas sangrientos y deformes que solo quieren poder contar su historia y hasta adorables hadas que arrancan dientes de las cabezas de los seres vivos.

No es difícil entender por qué Del Toro escogió los monstruos para comunicarse. En su adultez ha usado las criaturas para hablar de la experiencia de ser un inmigrante, de ser “el otro” y, por ende, rechazado simplemente por ser distinto. Pero desde niño se identificaba con el sufrimiento de los monstruos, repudiados por ser diferentes, al igual que él: su abuela lo intento exorcizar dos veces en su infancia por sus intereses extraños. Por ejemplo, cuando vio, de unos 6 o 7 años, El monstruo de la laguna negra (1954), deseó que la criatura amazónica y la joven hermosa de la que se enamora acabaran juntos. No vio una historia terrorífica, como la plantearon los creadores del largometraje, sino un romance. La película no acaba así, naturalmente, pero sembró la semilla de lo que se convertiría en La forma del agua.

Del Toro quiso que en su película no fuera solo la protagonista quien se enamorara perdidamente del monstruo, sino también su audiencia. Doug Jones, el asiduo colaborador de Del Toro que interpreta a la criatura, explica que el director insistió desde el principio en que fuera sexy. “Esta vez el monstruo va a tener sexo con la mujer”, le dijo el mexicano al proponerle el papel. Y, conociendo su audiencia, hay una breve escena en la que un personaje le explica a otro cómo, exactamente, lograron que funcionara. La película retoma, con sangre y sexo, el espíritu original de los cuentos de hadas. Eran historias para adultos que narraban las preocupaciones de la realidad por medio de heroínas astutas y bestias que se convertían en esposos. O viceversa.

Sexies  o no, con diálogo o no, del lado del bien o no, los monstruos siempre serán la herramienta favorita de Del Toro. Porque debajo de las alas, garras, colmillos y baba, sienten miedo, soledad, marginación y la angustia existencial de sentirse los únicos de su naturaleza en todo el universo. ¿Qué es más humano que eso?