“Little Rocket Man”, como le dice Donald Trump al obsesivo dictador comunista de Corea del Norte, desafía al mundo con el dedo puesto en sus armas atómicas. Es bajito, fumador, de sonrisa contagiosa y obeso. Dicen que ha engordado tanto por comer compulsivamente queso suizo, que no puede verse los genitales, y que usa remedios tan excéntricos como el veneno de culebra para la impotencia.

Ningún dato sobre la vida del heredero de la última monarquía absoluta pura del planeta es ciento por ciento verificable. Según el escritor colombiano Andrés Felipe Solano, que vive en Corea del Sur, hablar sobre él es como escribir de Banksy, el famoso artista callejero, anónimo e inglés: “Todo es especulación. No hay información confiable”.

Se dice que tiene 35, 36 o 37 años, que es un borracho, adicto al porno bondage y que asesinó a una exnovia y a varios parientes. Cuanto más indignantes los cuentos, mejor. Por ejemplo, la historia del asesinato de su tío Jang Song-thaek y otros miembros de esta rama de su familia, en las fauces de perros hambrientos, fue inventada por un periódico satírico chino. Lo cierto y no menos tétrico es que al tío lo ejecutó, por traición, con una ametralladora antiaérea, en 2013.

Está visto que su apego al poder es más fuerte que los lazos de sangre, pues ordenó el asesinato de su medio hermano, Kim Jong-nam, en Malasia, con el agente nervioso VX, por considerarlo una amenaza.

Su abuelo subió al poder después de la Segunda Guerra Mundial con el apoyo soviético. Consolidó su poder en la década de 1950, durante la Guerra de Corea, y el pueblo lo adoró como a un dios. Cuando murió, en 1994, su hijo, Kim Jong-il, se convirtió en el segundo dictador de la nación. Era tan apasionado por películas como El padrino, que secuestró a una pareja de realizadores surcoreanos para obligarlos a mejorar la mediocre cinematografía de su país, hasta que los desapareció. Nadie sabe qué pasó con ellos.

Kim Jong-un, claro está, ha continuado el régimen policiaco y cruel de sus mayores. Los brutales campos de trabajos forzados, de corte estalinista, están dispersos por todo el país y pueden ser del tamaño de pequeñas ciudades. Según reportes, en uno de ellos hay hasta 50.000 personas que, en su mayoría, entran y no salen vivas. Un guardia desertor afirmó que ellos son educados con la idea de que los prisioneros no son seres humanos.

De día emociona a los niños de colegio con su presencia. De noche, somete a sus jóvenes esclavas sexuales a horribles vejámenes.

El resto de los 25 millones de norcoreanos no están presos, pero tampoco se escapan del control absoluto que él tiene sobre sus vidas: lo tienen prohibido casi todo. No pueden viajar fuera del país y el acceso a Internet y a las noticias del exterior bordea lo imposible. Cualquier cosa puede significar una sentencia de muerte con métodos brutales, como sucedió en 2015, cuando mandó a fusilar con un cañón antiaéreo ZPU-4 al ministro de Defensa, Hyon Yong-chol, por quedarse dormido en un desfile militar.

Así, el pueblo no pasa de ser una masa aduladora que le profesa un extravagante culto a su autoridad, que llora con solo verlo sonreír y lo aplaude hasta que se le queman las manos. La sumisión llega al extremo de que deben aceptar que el gobierno les controle hasta cómo llevar el pelo. Así, las mujeres tienen 18 cortes para elegir, y los hombres, 10.

Lo que se cuenta sobre su lado más íntimo no es mejor. Desde niño era agresivo, impulsivo, caprichoso y competitivo. El “pequeño tigre”, como lo llamaban, estudió en un exclusivo colegio de Suiza, donde estuvo protegido y aislado por seguridad. Sus compañeros lo recuerdan tímido, callado y que solo se veía animado cuando jugaba baloncesto.

Con menos de 30 años, empezó a dirigir la nación tras el deceso de su padre, Kim Il-Sung, en 2011. Desde entonces, además de mantener vivo el mito y el legado familiar de siete décadas, reforzó el programa nuclear iniciado por su progenitor. Además, con una imagen de líder carismático y moderno, controla cada mensaje de su poderosa propaganda, que incluye mostrarse en público con su linda y elegante esposa Ri Sol-ju.

Como a toda la familia del dictador, a la primera dama la cubre un velo de misterio, pues se conoce poco de su vida. Se cree que tiene más de 30 años, incluso, es probable que ese no sea su verdadero nombre, sino el que su marido le escogió para borrar su pasado de pop star y cantante de la Unhasu Orchestra. Es hija de un profesor y de una ginecóloga, provenientes de la élite política, con quienes Kim Il-sung habría arreglado el matrimonio. Lo más aceptado, de otra parte, es que tiene tres hijos, el último de los cuales nació hace poco, lo que justificó su desaparición de la mirada pública por largos meses. Al respecto, el rumor es que Kim la obligó a tener ese bebé, en busca de un varón que asegure su linaje, pues tenían dos niñas. Otras versiones apuntan a que el gobernante la confinó en castigo porque algo en su comportamiento lo molestó.

Tampoco es que ella se deje ver mucho y cuando lo hace es con un objetivo muy definido, según Business Insider: mostrar el lado joven, suave, moderno y sofisticado de Kim, si la ocasión lo requiere. Ello explica, en parte, el muy comentado glamour de Ri Sol-ju, dueña de una colección de carteras de Dior y Chanel, muestra de su gran aprecio por la moda occidental, que la llevó a convertirse en un ícono del estilo en China.

Cuando la propaganda desea proyectar la importancia que el trabajo duro tiene para él, se exhibe con su hermana menor, Kim Yo-jong, quien se viste más conservadora y se destaca como la persona de su género que ha ocupado el rango más alto en el Partido Comunista.

Para bien o para mal, Ri Sol-ju tiene un destino muy diferente al de sus antecesoras. De hecho, cuando en su perfil oficial fue llamada “la muy respetable primera dama”, hubo sorpresa, pues hacía cuatro decenios que ese apelativo no era usado para la esposa de un líder del país.

Kim Il-sung tuvo tres, que vivieron prácticamente en el anonimato, y se cree que una de ellas, Kim Jong-suk, fue asesinada por orden de él. Su sucesor, Kim Jong-il, solo mencionó a su primera mujer, Hong Il-chon, cuando murió, y de la segunda, Kim Young-sook, solo se supo a los quince años de la boda. Kim Jong-un es hijo de su concubina, Ko Yong-hui, a quien hoy se le rinde culto en el país.

Kim sentado junto a su padre, el dictador Kim Il-sung, en los años 1990. De pie, su madrastra Kim Ok, su hermana Kim Kyong-hui y el esposo de esta Jang-Song-Thaek.

El déspota tiene fama de depravado sexual. Hee Yeon Lim, hija de un militar desertor que pertenecía a su círculo cercano, le contó al Daily Mirror que él tiene esclavas sexuales adolescentes a su servicio en sus diferentes casas.

En Pyongyang, ella vio cómo sus hombres llegaban a su colegio y elegían a las más bonitas, quienes luego eran entrenadas para hacerle masajes, alimentarlo con caviar y complacerlo en la cama.

Otra desertora, Lee So-yeon, le aseguró a Bloomberg News que algo similar viven las integrantes del equipo de cheerleaders de Corea del Norte, pero con militares de alto rango. Son llamadas “el escuadrón del placer” y, conforme con el relato de Lee Il-nam, un primo del dictador que también huyó, en su libro La familia real de Kim Jong-il, son coaccionadas a asistir a juergas del politburó central del Partido Comunista, para participar en juegos perversos que incluyen penitencias como desnudarse y afeitarse el vello púbico. Todo termina en actos carnales con los funcionarios.

Según la prensa de Corea del Sur, Kim mandó a ejecutar a Hyon, su novia antes de casarse con Ri Sol-su, junto a otras diez jóvenes artistas, por grabar un video pornográfico. Ese día, afirmó Hee Yeon Lim, ella y otras alumnas del colegio fueron llevadas por militares a un estadio, donde vieron cómo las partes de los cuerpos de las condenadas volaban por el aire a medida que eran fulminadas por ametralladoras. La sofisticación de la maldad fue tal, que luego entraron tanques y pasaron una y otra vez sobre los restos hasta reducirlos casi a nada, ante unos 10.000 espectadores.

Para completar esa aparente relación bipolar con el género femenino, Kim Jong-un fundó su propio grupo de trot o pop coreano, la Moranbong Band, conformada solo por mujeres seleccionadas por él. Son un éxito en Pyongyang y sus conciertos son dignos del régimen: las diez jóvenes, con vestidos cortos y tacones, tocan violines y guitarras eléctricas, mientras que a sus espaldas se proyectan imágenes del tirano y de los lanzamientos de misiles que tanto le fascinan.

Como lo asegura David Sanger, corresponsal de The New York Times, lo único que se sabe de Kim Jong-un es que nada se sabe a ciencia cierta, solo que su régimen es un negocio familiar corrupto, una mafia con asiento en las Naciones Unidas”.