Para millones, están grabados en su memoria los fines de semana de Fórmula 1 y un sonriente Michael Schumacher en el podio. Tiene sentido. Aunque su retirada fue forzosa, conserva la corona del piloto más exitoso del automovilismo, con siete títulos del Campeonato Mundial de la F1, 91 Grand Prix, el récord a las vueltas más rápidas (77) y la mayor cantidad de carreras ganadas en una sola temporada (13).

En 1984 empezó a ganar casi todos los torneos de karts en que participaba. Tres años después, era el campeón de Europa y dejó el colegio por la mecánica. 

Es una trayectoria insuperable a la fecha que, para algunos, terminó antes de tiempo, en 2012. Pero alejarse de los circuitos no era lo peor que le podía pasar a Schumacher. El 29 de diciembre del año siguiente el mundo se conmovió con una trágica noticia: había sufrido un grave accidente mientras esquiaba con su hijo Mick, en los Alpes franceses.

En su recorrido, se salió de la pista y cayó en una zona rocosa cubierta por una leve capa de nieve. Su cabeza chocó con una piedra y sufrió una herida severa. De inmediato, fue trasladado en helicóptero a un hospital de Grenoble, cuyos médicos le practicaron dos cirugías cerebrales y fue puesto en coma inducido. Irónicamente, el hombre que salió incólume de su constante desafío a las velocidades más vertiginosas en las pistas, iba apenas a 16 kilómetros por hora en esta fatalidad que le cambió por completo la vida.

Si en su época más gloriosa él protegió con mucho celo su privacidad de la prensa, el hermetismo ha sido mayor desde su incidente. Ya se cumplieron cinco años de la tragedia y su estado aún es incierto. Pocos lo han visto desde entonces y son menos los que han hablado públicamente de su condición, al tiempo que la prensa ha desatado una labor casi detectivesca para rastrear sus movimientos.

Según informes de la revista suiza L’Illustré, el piloto y su familia estuvieron la pasada Navidad en Andratx, isla de Mallorca, España, en la casa que compró Corinna Betsch, su esposa, por más de 35 millones de dólares y que perteneció a Florentino Pérez, presidente del Real Madrid. Según los rumores, reforzados por la alcaldesa del lugar, pero negados por sus parientes, el piloto tendría planes de radicarse allí. También se especula que pronto viajará a Estados Unidos para continuar su tratamiento en un centro especializado en traumas cerebrales.

Según su familia, a propósito de su cumpleaños 50, el 3 de enero pasado, “está en las mejores manos y hacemos todo lo humanamente posible para ayudarlo. Comprendan si seguimos los deseos de Michael y mantenemos en privado algo tan delicado como la salud”.

Desde que se despertó del coma, en junio de 2014, Schumacher reside en su mansión en Gland, Suiza, a orillas del lago de Ginebra. Allí un equipo de 15 personas le brindan la mejor atención médica por 61.000 dólares semanales. Una cifra que puede costear sin problema, pues durante su carrera acumuló una fortuna de 1000 millones de dólares, según Forbes, debido a lo cual es el quinto atleta mejor pagado de la historia. Como ya no puede disfrutar de los lujos que se dio, su esposa ha comenzado a venderlos: el avión Falcon 2000EX, por 23 millones de dólares; el Mercedes E55 AMG, por 130.000 dólares; y el Rolls-Royce Phantom Coupé, por 400.000 dólares.

A Schumi solo lo visitan sus familiares y amigos más cercanos con la promesa de mantener la mayor confidencialidad, pero no ha faltado quien se haya atrevido a describir su encuentro con el campeón. Así sucedió con el arzobispo Georg Gänswein, mano derecha del papa Francisco y conocido como “el Clooney del Vaticano”, quien lo vio en 2016: “Me presenté, le dije que era su fan y que veía sus carreras con frecuencia. Tomé sus manos, estaban calientes. Hay cosas que las palabras no pueden transmitir, pero una caricia sí”. También reveló que su cara era la misma de siempre, “solo un poco más rellena”.

Jean Todt, quien fue su jefe en Ferrari y su gran amigo, lo visita dos veces al mes para ver carreras de F1 y no puede esconder su dolor. En ocasiones ha dicho que no tiene buenas noticias y se le escapan las lágrimas ante la nostalgia por sus mejores años al lado del Káiser.

De resto, pocas declaraciones han sido genuinas. Cuando Schumacher despertó del coma, lo poco que se conoció sobre su enfermedad enloqueció a los medios. Se comentó que estaba entubado, en estado vegetal y postrado en una cama. En cambio, en 2015, la revista alemana Bunte aseguró que estaba tan recuperado que hasta podía caminar. La familia lo desmintió, demandó a la publicación y retomó su silencio, para avivar el misterio, que ha provocado otros dramas y trucos.

En Grenoble, poco después del accidente, un periodista se disfrazó de cura para intentar filtrarse en su cuarto. El escándalo mayor estalló cuando un empleado de Rega, la empresa que lo transportó en helicóptero desde el hospital de la misma ciudad a su hogar, fue capturado porque trató de vender el historial médico del corredor por unos 67.000 dólares. Esa misma noche, se suicidó en su celda. Al año siguiente, otra persona buscó negociar una presunta foto del piloto en un balcón, pero no salió a la luz.

Todo parece indicar que el secretismo de los Schumacher no solo se debe al deseo de conservar su intimidad, sino a que no quieren que se generen ilusiones infundadas entre sus millones de seguidores, pues su condición no es la más esperanzadora. Puede oír, responder al tacto y mostrar emociones, pero no puede andar y se sabe que su recuperación será muy lenta.

Uno de sus grandes rivales fue el colombiano Juan Pablo Montoya, quien dijo que si no pudo llegar a ser su compañero en Ferrari fue porque el alemán lo odiaba.

Corinna siempre ha sido una figura clave en la vida de Schumacher y ahora surge como una verdadera heroína. El piloto la consideraba su “ángel guardián” y ha demostrado serlo tras el siniestro. Además de velar por sus hijos, Gina-Marie, de 22 años, y Mark, de 20, se esfuerza por exaltar el legado de su esposo.

Una de sus primeras acciones fue crear la fundación Keep Fighting (Sigue Luchando), inspirada en una frase que Michael solía decir sobre no rendirse nunca. Este año, para celebrar sus 50 años, la organización lanzó una aplicación que funciona como un museo virtual sobre su gran carrera. Esto se suma a la exhibición Michael Schumacher Private Collection, en Colonia, cuyos 1000 metros cuadrados de espacio acogen piezas tan preciadas como los siete carros con que ganó sus títulos, trofeos, cascos y fotos, entre otras. Además, el Festival de la Velocidad de Goodwood, uno de los mayores en su género, le rendirá tributo este año, en muestra de que la devoción por Schumi no muere.

Por lo pronto, en medio de la incertidumbre, un Schumacher volverá a la F1. Su hijo Mick debutó hace unas semanas como piloto de pruebas de Ferrari, luego de un recorrido prometedor, pues el año pasado ganó el Campeonato Europeo de Fórmula 3. Así mismo, cuenta con el respaldo, nada menos, que del piloto Lewis Hamilton, el más cercano a romper los récords de su padre, pues tiene cinco títulos del Campeonato Mundial de F1 y el récord a la mayor cantidad de pole positions, con 84, en lo cual ya superó a Schumacher que logró 68. De todos modos, igualar su impresionante palmarés todavía pinta lejos tanto para el inglés como para Sebastian Vettel, el otro candidato.

El campeón vive hoy con su familia en La Réserve, su mansión de 70 millones de dólares en Gland, a orillas del lago Ginebra, Suiza. 

En fin, el advenimiento de Mick a los pits surge como mandado a hacer en este 2019 que parece ser un año especial para su “jefe”, quien no solo alcanzó el medio siglo, sino que se cumplieron los 25 años de su primer triunfo en la F1. Aquel fue el comienzo de jornadas épicas, como la que tuvo lugar diez años después, el 29 de agosto de 2004, cuando logró su séptimo título. Nadie dudó que podía hacerlo. Siempre fue ambicioso, hábil, valiente y listo para ganar sin importar cómo, por lo cual no se eximía a veces de cometer una que otra falta que quedaba impune. Ni siquiera por eso sus rivales podían odiarlo. Ahora, todos los que lo aman y veneran sus hazañas esperan que esas agallas le sirvan para ganarle la carrera a la fatalidad, quizá la más importante de su vida.