A portas de cumplir 60 años, María Fernanda Cabal dejó atrás las ataduras de la política, las expectativas ajenas y el miedo al qué dirán. En esta conversación con SoHo habla del amor, la belleza, el deseo, las redes sociales y hasta de los futbolistas de la Selección Colombia que le echan los perros por Instagram.
Por Karla Arcila
Como si desconociera el efecto que genera cuando llega a un lugar, María Fernanda Cabal entra de puntitas al estudio. Saluda uno a uno al equipo. Lo hace con una voz suave, casi cercana al susurro. La estridencia que recuerda a la exsenadora que no logran callar en un debate no se ha asomado. Me cuestiono si la Cabal privada es tan brava como la pública. En algunos recuerdos hay escenas diferentes. Está aquella en la que, encolerizada, les grita a unos manifestantes que la insultaban en medio de la plaza de Bolívar «Estudien, vagos», una frase que desde 2017 se convirtió en una marca provocadora que plasmaron en agendas y camisetas. Una icónica expresión que llegó hasta el universo de los stickers de WhatsApp.
Hay un nuevo aire en su apariencia que se nota en el primer golpe de vista, de inmediato. Le luce dejar en libertad sus pecas y admite que le cuesta en público mostrar su lienzo en blanco, sin maquillaje. Tampoco se da crédito, lo endilga sin pena a la cirujana plástica de Cali, Mónica Restrepo: «Ella me devolvió mi juventud. Es como si hubiera usado una varita mágica para retroceder veinte años en lozanía», confiesa Cabal sobre la ayuda del bisturí en su rostro. «Una cirugía que es imperceptible. No como esas que uno dice: “Uy, algo le templaron”. Lo que impresiona a la gente es que soy yo, más joven».
La María Fernanda, que el 8 de agosto cumplirá sesenta años y que, operada, parece de cuarenta, es la menor de las tres hermanas Cabal. Le decían la «Gordita», apelativo del cual hoy no hay rastro. Creció en plena década sesentera en el sector de lo que hoy se conoce como el barrio Ciudad Jardín, en la Cali que se expandía hacia el sur, un barrio que ha sido espejo perfecto del auge del dinero de los noventa y la decadencia de comienzos de este siglo. Jugó en el monte, rodeada de vacas, lagartijas, cucarachas y con las singulares orugas peluche que ocultan pequeñas espinas venenosas en su pelaje, bichos que nunca le hicieron nada. Le gustaba andar a toda velocidad a bordo de una monareta o en sus patines metálicos de amarres de cuero que se ajustaban a la talla del zapato. Desafiar la física en un monopatín le produjo costras que luego fueron cicatrices en las rodillas, pero eso jamás la amilanó porque lo suyo siempre ha sido el vértigo.
La hija de Santiago Cabal y Amparo Molina, primos entre sí —porque en la Buga de entonces casarse entre familiares no era ninguna rareza— también se partió un diente. Nadaba al estilo mariposa en las piscinas olímpicas de la ciudad donde hasta el diablo se sofoca. En básquetbol era todo un poste de 1.72 metros para rebotar, defender el aro y encestar en campeonatos regionales. A Mafe, como le llaman sus cercanos, más que gustarle, le apasionaba el deporte. Tal vez por eso, cuando alentaba a La Mechita en la tribuna del estadio Pascual Guerrero, sembró las bases en el arte de arengar desde una curul en el Senado. Con su papá se convirtió en un ritual sagrado ir los miércoles en la noche y los domingos por la tarde a acompañar los clásicos del América de Cali. Entre conservadores del lado paterno y liberales por el otro, enciclopedias de historia del arte y libros de la Primera Guerra Mundial con fotos en blanco y negro, se formó esta líder política que años más tarde se posicionaría en titulares incendiarios.
Tantos años en Bogotá, desde que migró a los 17 años para estudiar Ciencias Políticas en la Universidad de los Andes, no borraron en ella el ritmo musical y cadencioso de alargada entonación que distingue el acento valluno. En ella es perceptible el rasgo en el que la s final de sus palabras muda a una j tenue pegada a la siguiente frase. Vosea con mayor sabrosura cuando se recuerda como una caleña parrandera y celosa que ponía cachos antes de ser víctima de ellos. Fue una titulada noviera de aguas internacionales, de hecho, en su palmarés amoroso figura un novio gringo, uno suizo y otro alemán, hasta que el ganadero José Félix Lafaurie la conquistó a sus 26 años. Ella todavía se saborea con su mejor piropo. Cuando aún eran novios, Pepe —lector voraz— recurrió a Mario Vargas Llosa: «Esto es como para vos, Gordita: “Hay siempre de más, de sobra, para hartarse y hasta para regalar”». En la novela ¿Quién mató a Palomino Molero?, mientras el teniente Silva y el guardia Lituma comen en una fonda, en el camino hacia Amotape, Silva describe con dicha expresión y de forma lasciva el cuerpo exuberante de la dueña de otra fonda que lo obsesionaba. Así la veía José Félix, como Silva a doña Adriana: imponente y atractiva. A ella, en principio, el líder gremial le pareció muy atractivo porque era rico. «Chequera mata galán», dice el dicho, y la Cabal lo explica sin pudor alguno: «Es el viejo feo y millonario, pero que tiene a todas las mujercitas alrededor. La que diga que no, está diciendo mentiras. Me gustaba que tuviera plata, eso me daba seguridad y tranquilidad».
Al mes de casados, la estabilidad económica que tanto le gustaba de su marido se esfumó como mota de algodón al viento. Lafaurie, que era viceministro de Agricultura del presidente César Gaviria, quebró. Su esposo estaba sembrando algodón en Cesar y, como él, cayeron muchos empresarios en toda la costa Caribe y en Valle del Cauca. Lo describe como un momento horrible para su familia y Colombia, por cuenta de una política acelerada de apertura económica, muchos sectores sufrieron y no tuvieron ningún alivio del Estado. El país pasó de la era dorada algodonera, que generaba más de un millón de empleos, a cifras ínfimas cercanas a la extinción de los cultivos. «La gente pasó del estrato seis al dos, debiendo todo a los bancos, porque se abrió la economía y entró algodón barato de la India. Se reventó todo el mundo y vino ya después el desierto de regiones que se volvieron prácticamente ciudades fantasma». De esa manera resume Cabal los nueve años que duraron, superando una quiebra brutal, ya con hijos en el panorama. Esa fue la temporada en la que se probó como compañera y mujer trabajadora, y también donde se afianzó un matrimonio en el que la convivencia no ha sido fácil. Una obviedad, dirían quienes conocen solo al personaje notorio que es la Cabal. Uno capaz de llamar «mamertos» y cantarles verdades en altos decibeles a las afueras del salón elíptico a senadores del Pacto Histórico, partido al que le hace una inflexible oposición. Su vida en la intimidad controvierte al mito construido por la gente. Y tal vez no sea culpa de sus opositores o seguidores, porque ellos solo han tenido acceso a episodios como aquel en el que describió a Gustavo Bolívar como un «libretista resentido y fracasado» y no a los momentos de su vida privada como en los que se le quiebra la voz por alguna traición. «Soy muy tranquila, así la gente no lo crea, yo utilizo mucho más la inteligencia emocional para enfrentar ciertos desafíos de temperamento».
La Cabal y Pepe encontraron en los viajes una afinidad mutua por las culturas y su gastronomía. También son aves nocturnas que disfrutan de estar despiertas hasta altas horas de la noche. Él se trasnochaba leyendo hasta que su esposa lo contagió de su placer culposo por las telenovelas. «Vi todas las novelas venezolanas y las mexicanas. Fue muy chistoso porque yo, recién casada, lo ponía a ver Rosa salvaje con Verónica Castro. Sigo conservando mi amor por las novelas. Y si son ridículas, más me fascinan, entonces me monto en mi máquina de hacer ejercicios y pongo Valle Salvaje, que ya lleva como 400 capítulos», lo revela como parte de su faceta más personal.
En 34 años de matrimonio aprendieron a respetar lo que no comparten. A ella no le gusta ir a corridas de toros, mientras que él es un taurino consumado. Mafe es futbolera; a Pepe le da pereza. Él es un guajiro que no bebe; en cambio, ella, igual que a su papá, de vez en cuando le encanta tomarse sus traguitos. «Como caleña soy aguardientera. Acá en Bogotá fue que aprendí con los rolos a tomar whisky». Ahora su maridaje favorito es el whisky y el chicharrón. Cuando el marido tenga la revista SoHo en sus manos y lea este perfil, se enterará de que en su cava hace falta una Dom Pérignon Vintage. Por favor, Pepe, perdónala. Se te robó la botella de champaña que te regalaron y que tenías guardada hace dos años para celebrar con don Santiago su cumpleaños 92.
«¿De dónde salieron tantos?», se pregunta en broma María Fernanda sobre sus cuatro hijos: Juan José, Santiago, Luisa y Denisse. El mayor de los hombres se pelea el podio de hijo favorito, de todos es el más cercano a su mundo político, aunque varias fuentes confirman que hace un año, en el matrimonio del otro varón, la mamá lloró a mares conmovida por el amor que su hijo le profesa a su esposa. La menor, como coach, ayuda a otras madres en el desafío de cuidar a sus recién nacidos. Luisa le cocina y es apasionada por comer rico como la madre, son tan cercanas que la Cabal, con esa autenticidad tan suya, es capaz de llamarla «LuisaPostres», recordando aquel episodio viral en el que la funaron por su emprendimiento. Pero hay dudas razonables en el veredicto de quién se queda con la pole position de su predilección. A María Fernanda sus cinco nietos la derriten. Muestra de ello es el orgullo con el que enseña los videos de algunas de sus pilatunas; no obstante, el sustantivo la aterra: «Les prohíbo que me digan abuela. Me dicen Mafe, abuela no, me siento “ancianática”. Si me dicen así, me espantan todos los admiradores».
A una mujer punzante como la Cabal le han dicho muchas cosas, pero pocas tan precisas como rockstar. Y es que ella provoca un tipo de reflejo exagerado: la aplauden, la insultan, la comparten, la desean, la caricaturizan, la vuelven sticker, meme y discusión de sobremesa. En redes, donde se premia ser espontáneo, ella encontró una segunda tarima. Más de dos millones de personas la siguen en sus plataformas, pero la cifra dice menos que el fenómeno porque cada argumento, sentencia, comentario mordaz y brutalmente honesto suyo acumula audiencia y produce reacción.
Desde que salió de la carrera presidencial y comenzó su despedida del Congreso, la mujer detrás de la ideóloga se ha dejado conocer a través de sus contenidos digitales. Y está funcionando. Hay videos suyos que cruzan los quince millones de visualizaciones, reels que superan los ocho y diez millones de impresiones, publicaciones que viajan más rápido que cualquier boletín de prensa. En un mundo que ahora se mueve bajo esos parámetros, es presa de marcas que la quieren como embajadora. «Me liberé de ataduras, de yugos, de estructuras. Entendí que debía volver a ser yo, que me tenían completamente apagada. Si decía algo, Uribe me mandaba a regañar o alguien del partido».
Los números, en su caso, más allá de la vanidad, son una pista de una comunidad un tanto extraña. Dentro de sus fans hay gente que jamás votaría por ella, pero que no pueden dejar de seguirla. Un joven de 25 años me lo resume sin culpa: detesta a María Fernanda Cabal como política, pero la ama en redes. No es una frase menor. Viene de alguien que marchó en 2021 con la bandera al pecho, que desde que puede votar lo ha hecho por Sergio Fajardo y que, en teoría, debería tenerla bloqueada. No le votaría, pero la sigue, no le compra el discurso, pero le da like. No quiere que gobierne, pero ve sus videos hasta el final. Ese es, quizá, el lugar más raro y poderoso al que llegó la Cabal, el de la enemiga interesante.
«Vi el cambio en las redes sociales de personas completamente contradictorias que decían: “Yo a usted la he detestado, pero ahora la amo”. La política tiene ese defecto, es blanco o negro, la gente te compra o te deja, te vota o no. Hoy soy mucho más consciente del efecto que está produciendo esa imagen mucho más cercana al público».
Esta encrucijada del alma —que le pone sabor político a la contradicción— no es una casualidad, la repiten cientos de internautas. Los contenidos de la Cabal despiertan pasiones y no solo los que contienen mensajes electoreros o proselitistas. Un video luciendo su cuerpo en un vestido de baño comprado en una tienda en Silvania (Caldas) se viralizó, pero además provocó una oleada de mensajes cercanos al enamoramiento que producen los artistas en sus fans: «Soy petrista, pero ahora esta mujer me encanta, está bellísima», «No comparto sus ideas políticas, pero hay que reconocer que es muy hermosa, preciosa, es toda una mamasota», «Auxilio me está pareciendo linda», son algunos de los comentarios de reacción al post. Opiniones por el estilo que se repiten además en otras publicaciones en las que se abre a su cotidianidad. A su hijo Juan José le escriben elogios para ella y él bromea contestando que le va a borrar la cuenta de Instagram.
«Ahora con mi jefe de prensa, Luisa Gómez, lo que hemos hecho es dar una imagen fresca y más lo que soy yo, que le llega a un público que no le interesa la política per se o que tenía una imagen completamente desconfigurada y le generaba una percepción negativa mía, y siento que lo estamos haciendo muy bien».
La fascinación de algunos por la Cabal, incluso, se ha trasladado del muro al mensaje privado. No deja en evidencia a ninguno de sus enamorados, aunque reconoce que varios jugadores de la Selección Colombia y de diferentes equipos, hasta de la sub-17 son sus hinchas.
«Uno de Cali me escribió que me quería conocer y yo, toda ingenua, me metí a ver quién era. Era un peladito chiquito y yo le dije: “Sí, claro, yo tengo mi equipo de trabajo, qué quieres hacer”, y me dice: “De todo”, obviamente no le volví a contestar». El gusto también trasciende al género. «He tenido la admiración de mujeres por las ideas, desde las luchas políticas, pero también admiradoras que van mucho más allá. Me han dicho de todo». Cuenta que han llegado al punto de preguntarle si no está cansada de lo mismo, haciendo referencia a abandonar la heterosexualidad.
Fuera de las redes sociales también le ha tocado poner en su sitio a más de uno. Reconoce que en repetidas ocasiones ha enfrentado el acoso de hombres maduros que por su posición de poder creen que pueden tener este tipo de actitudes o aproximaciones. «Eso sí me ofende terriblemente, que saludan pero miran hacia abajo y te echan un piropo feo o algo de tu físico que les gusta lo vuelven morboso, entonces hacen alusión a los labios. Ese tipo de piropos me parecen desastrosos, agresivos. A mí me espantan». Ahora sí habla sin susurrar. Entonces también cuenta que cuando se ha visto inmersa en situaciones incómodas como esas, lo maneja con altura, sin hacer escándalo por su exposición y su estrategia es marcar una distancia inmediata para que no se repita.
En la Cabal pública que ha cuestionado a algunas feministas por quemar iglesias y vandalizar Transmilenio para conmemorar su día llamándolas «Locas, feas, horrorosas y empelotas» convive también la Cabal privada que no cuenta cómo aplica ese versículo de Mateo que reza: «Pero tú, cuando le des a alguien que pasa necesidad, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha». Pocos lo saben, pero ha donado buena parte de su sueldo como congresista a familiares de soldados y policías heridos o asesinados en el ejercicio de su deber. Mucha gente se ha educado de su bolsillo. Regala sillas de ruedas, medicamentos a personas urgidas y ayuda a construir lo que falta de una casa. Para ella ese es su otro oxígeno vital: «Soy feliz ayudando a la gente a vivir mejor. Se han formado una idea de que soy un ogro que de pronto quiero usar la espada contra todo el mundo y cuando me conocen se dan cuenta de que no es así».
Lo comprobamos. En la sesión no conocimos a una nueva María Fernanda Cabal, sino a la que siempre ha estado ahí pero nunca se había desnudado como lo hizo para SoHo. Ignoró su pudor, el miedo al escote o al exhibicionismo. Por unas horas se alejó de su estilo conservador y se vistió de pieles, guantes, animal print, medias de malla y corsés. Luchó contra su perfeccionismo y contra esa preocupación abrumadora por el defecto físico percibido cuando se enfrentó a su reflejo en el espejo.
«Yo estaba absolutamente tímida con las vestimentas, que no hubiera un exceso de escote, que no me viera mal. Como no soy una mujer delgada, soy grande, exuberante. Tengo busto, cadera y eso no es fácil para unas fotografías, y terminé absolutamente cómoda. Disfrutándolo, porque además escogieron vestidos hermosos, que me sientan».
Un amigo publicista me dijo sobre la Cabal que ella es esa mujer de éxito que todo hombre quiere ser. «Qué berraca mujer tan interesante», dice, tal vez por su carácter y tenacidad. No frágil, menos débil. Y eso es algo que cada vez tiene más claro la excandidata presidencial: «Yo no tengo por qué seguir pidiendo permiso para hacer cosas que me gusta hacer y poderlas disfrutar como esta que hice hoy. A eso hay que ponerle un título como la top model de los 60 años. Eso tiene que ser genial».
Un análisis de una agencia de Estados Unidos le reveló que en el espectro de América Latina una posición de autoridad y firmeza no se le escucha igual a un hombre que a una mujer. Lo vivió en su propia carne. Aunque el asesor internacional le dijo que su discurso es igual al de Abelardo de la Espriella —de hecho, hubo frases suyas que esa campaña incorporó como «la extrema coherencia» o «yo no prometo, yo me comprometo»— para ella el abogado fue quien ocupó el espacio que no le permitieron ocupar. «Imagínese ese hallazgo tan brutal, todavía en el imaginario de nuestra cultura a la mujer se le ve más como protectora y cuidadora que como comandante y directora», dijo en una entrevista radial refiriéndose a la derrota de Paloma Valencia en la primera vuelta de las elecciones. También agregó que le recomendaron no repetir en campaña que por ser mujer debe llegar. «No diga que va a ser la primera mujer presidente porque eso no le ayuda ni le sirve», le dijeron. Pero la Cabal no está dispuesta a repetir el mismo error. No se rinde. Su propósito de ser la presidenta de Colombia solo está en pausa por ahora, entretanto anda feliz, hablando sin la lengua amarrada, proponiendo de frente lo que piensa que es bueno para el país, incluso, celebrando que la piropeen por la belleza física de la que poco se encargó durante tanto tiempo por mantener tranquilos a algunos gallos de pelea. La Cabal, la nueva María Fernanda Cabal Molina, ahora anda libre y engallada.